VIVIR EN VERDE

Elena Markínez: «La naturaleza es necesaria para la buena vida»

La periodista presenta en ABC Radio el programa «La buena vida», todos los domingos de 12 a 2, sobre gastronomía, psicología y viajes

Día 16/02/2012 - 10.22h

Define la buena vida como una «sabia combinación entre trabajo, relaciones sociales, cuidado de uno mismo y ocio». Y en ese ocio, una parte importante la ocupa el contacto con la naturaleza, a la que se acerca «paseando, porque no soy nada deportista, pero sí que me gusta mucho el senderismo, que practico desde pequeña porque mis padres tenían mucha costumbre de ir al monte, y que ahora, más finamente, llamamos senderismo. Tengo buen fondo, pero no hago nada que roce ni de lejos con el deporte ni con la aventura, todo muy tranquilo», explica mientras nos dirigimos hacia el madrileño parque de la Fuente del Berro.

La mañana luce soleada aunque extremadamente fría, con un viento siberiano capaz de congelar la mejor de las sonrisas. Pocos paseantes se han animado a acercarse al parque en medio de ola de frío polar con que ha arrancado este mes de febrero, haciendo honor a su fama de ser el mes más frío del año.

Elena explica que resiste bien el frío, aunque, eso sí bien pertrechada, porque no en vano ha nacido en Bilbao. Ha elegido el parque de la Fuente del Berro como «El sitio de su recreo» porque lo frecuenta ya que le queda muy cerca de su casa, en una zona tranquila y bien comunicada, y también, porque a diferencia de otros parques madrileños, porque «es un gran desconocido de Madrid. Era el jardín de la quinta de la Fuente del Berro, y tiene un diseño más de jardín que de parque, con una selección de árboles muy especial: un ginkgo biloba maravilloso, un ciprés de buçaco, árbol poco corriente, un tejo fantástico, un acebo con muchos años...».

Tan especiales son estos árboles que nos enumera que algunos de ellos, como el ciprés de buçaco (Cupressus lusitanica), están incluidos desde 1992 en la categoría de árboles singulares de la Comunidad de Madrid, junto con el enebro de Siria (Juniperus drupacea) y los cedros del Atlas (Cedrus atlántica) y del Líbano (Cedrus libani), para muchos dos especies emperentadas.

Como nos explica Elena, el parque es un lugar muy apetecible para pasear, en especial en otoño, por la gama de rojos y ocres que exhibe. Uno de sus lugares favoritos es la zona del tejo, un gran ejemplar bajo el que, al acercarnos, divisamos una curiosa escena. Un apesadumbrado paseante entierra a su hamster. A la vuelta, vemos que ha formado una cruz con pequeñas piedras. Y es que el tejo en la mitología simboliza el paso a la otra vida. Y a Elena este árbol le da una «sensación de serenidad y protección».

Senda botánica

Después nos guía hasta un gran ejemplar de ginkgo. «Los árboles sin hojas, con esa desnudez tan especial, también tienen mucho encanto. Este es un árbol que marca muy bien el paso de las estaciones y además tienen una serie de principios activos muy beneficiosos en medicina», explica. Se nota que le gusta la botánica. Su afición le viene desde la niñez: «Mis padres eran de un pueblo de Álava, y, aunque emigraron a Bilbao por trabajo, tenían mucha querencia por el campo. Y yo distingo bien los árboles, un nogal, un avellano, un frutal, una mimosa».

El parque de la Fuente del Berro da de sí para realizar una senda botánica con gran variedad de árboles, muchos de ellos, además de los tres mencionados, incluidos en el catálogo de especies singulares, pero esta vez del Ayuntamiento de Madrid. Aunque desistimos de la idea, a causa del frío, este agradable lugar sin duda merece una segunda visita con tiempo más favorable. Sin embargo, no nos queda más remedio que esperar con bastante estoicismo a que la fotógrafa, impasible ante las bajas temperaturas que no superan en mucho los cero grados, y nuestras caras de frío tome las medidas de luz necesarias para sus fotos.

Un «inpass» en el que Elena recuerda que llegó a la radio por casualidad: «Fue lo primero que hice, en los Cuarenta Principales, como trabajo en prácticas. Pero me despidieron a los dos meses. Me dijeron que tenía muy mala voz. Aunque a mí me parecía que sonaba bien. Y perseveré porque quería trabajar como periodista y la radio me parecía muy buen soporte. Y me lo sigue pareciendo. Controlas bastante lo que estás haciendo frente a otros medios, como la televisión, que requiere un equipo más amplio. En la radio, aunque dependes mucho de tu equipo, de la idea inicial al resultado final hay un camino más certero. Me parece un medio de comunicación muy diverso y no intimida tanto como la televisión».

Después de una larga trayectoria en prensa, radio y televisión, dirige y presenta en ABC Radio el programa «La buena vida», todos los domingos de 12 a 2. Y también en este espacio deja un hueco para la naturaleza. «Hablamos de gastronomía, calidad de vida, psicología y viajes. El contacto con la naturaleza en los viajes es fundamental. Muchas veces el argumento de nuestras escapadas radiofónicas es ir a conocer determinado paisaje y hacemos divulgación con una persona especializada que es Juanjo Alonso, que ha recorrido el mundo en bicicleta».

A la naturaleza se acerca Elena Markínez en busca de serenidad, aunque no con la frecuencia que le gustaría, por motivos de trabajo. Y es que, reconoce, al final el tiempo siempre se acaba recortando del ocio. Aún así «el contacto con la naturaleza te hace sentir bien y te proporciona momentos de mucha armonía. Hay paisajes que te reconfortan y te recomponen», explica.

El olor de la naturaleza

Y también destaca los olores asociados con el medio natural, tan rico en matices, como la fragancia de las lilas o el azahar en Sevilla. «Tengo un olfato muy acusado y la naturaleza te ofrece fragancias muy reconfortantes, como el estallido del azahar en Sevilla, o las lilas en flor. Es difícil encontrar perfumes que consigan las sensaciones olfativas que te da la naturaleza».

Y los olores guían el recuerdo, como recordaba Marcel Proust en su obra «En busca del tiempo perdido». No en vano el olfato ha guiado el desarrollo de estructuras cerebrales relacionadas con las emociones y la motivación: el sistema límbico. Y de la mano del olfato y del gusto, dos sentidos que se entremezclan, recuerda dos momentos especiales en su infancia: «Descubrir violetas en enero, en el monte de la Reineta, muy cercano a casa. Son flores muy caprichosas, frágiles y delicadas. Necesitan su espacio, su tiempo, su temperatura.... Y florecen cuando quieren. Son como señoras antiguas que hacen lo que quieren y cuando quieren. Y para mí era un momento lleno de magia cuando iba al lugar donde crecían, en un recodo del camino umbrío, bajo unos castaños, y habían florecido. Para mí era emocionante. Porque no había regularidad y estaba a la expectativa. Tienen una fragancia muy leve y hay que tener la nariz entrenada», comenta.

El otro recuerdo está relacionado con el mismo lugar, aunque en otro escenario distinto, el verano: «Descubrir las fresas pequeñas, muy sabrosas, y tibias, frente a las comerciales, grandes y frías». Entre recuerdos llega el momento de posar para la foto, que se convierte en una actividad de riesgo porque el gélido viento no solo congela la sonrisa sino que empieza a entumecer los músculos. Pero Elena lo soporta con paciencia a pesar de estar convaleciente aún de una operación de cervicales. Después de varias instantáneas, nos alejamos, por fin, en busca de un café caliente, para recuperar el calor perdido.

La Fuente del Berro

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