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Internacional / La otra historia

Los vástagos de Stalin

La reciente muerte de su hija en Estados Unidos es el epílogo a la relación turbia e inestable del dictador soviético con su familia

Día 03/04/2012 - 09.10h

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Primero. En el campo de concentración de Sachsenhausen, los nazis trasladan a un famélico prisionero. Pese a su mísero aspecto causado por los años de cautiverio se trata de uno de sus rehenes más ilustres: Yakov Stalin. Segundo. El Tribunal emite su veredicto a puerta cerrada mientras el acusado, con rostro serio, escucha la condena a ochos años de prisión por traición. Es Vasili Stalin. Tercero. La embajada de Estados Unidos da su aprobación a una petición de asilo muy especial. Está formulada por Svetlana Stalin. Tres escenas de la vida de los vástagos de uno de los mayores genocidas de la historia: Josef Stalin. La reciente muerte de su hija a los 85 años en EE.UU. es el epílogo a la errática, tensa y desastrosa relación de Stalin con su familia.

La vida privada del dictador soviético está llena de sombras. El mismo carácter despiadado y paranoico que llevó a millones de rusos a la muerte impregnó las relaciones con sus más allegados. Sus hijos y sus dos mujeres tuvieron que convivir y sufrir las déspotas y arbitrarias decisiones tras los habituales accesos de locura. Se habituaron a compaginar momentos de aparente familiaridad con otros de terrible desprecio.

Antes de dirigir la URSS a sangre y fuego, un joven Stalin se casó con Katia Svanidze en 1903. De ese matrimonio nació Yakov. El hecho de ser el primogénito no le supuso ningún favoritismo, sino todo lo contrario. El líder comunista nunca sintió aprecio por su hijo, al que consideraba un pusilánime. La fatalidad quiso que Katia falleciera en 1907, a los pocos meses del alumbramiento. «Ella podía suavizar mi corazón de piedra. Ahora está muerta, y con ella mis últimos sentimientos calurosos par los humanos», aseveró un afectado Stalin. Su premonición se cumplió para desgracia de millones de personas que dieron con sus huesos en los gulags. Stalin repudió a Yakov y cortó todo contacto con él. Le acusaba de inútil e incompetente. El muchacho tuvo que criarse con los familiares de su desaparecida madre.

Stalin sólo vivía por y para el partido y la revolución. Cuando los bolcheviques tomaron el poder, contrajo matrimonio con Nadia Allilúyeva. Fruto de esa relación nacieron Vasili y Svetlana. Esto no hizo sino marginar aun más a un confundido y enfermizo Yakov. Olvidado por su padre y muy dado a las depresiones, intentó suicidarse. Lejos de compadecerse, Stalin reafirmó su desprecio para con él: «Ni para esto sirve». Totalmente desorientado, Yakov se alistó en el Ejército Rojo dispuesto a combatir contra los nazis. Tampoco ahí la suerte le favoreció.

En 1941 fue capturado en la batalla de Smolensko. Sin embargo, los alemanes no le reconocieron y pasó dos años en un campo de trabajo como un prisionero más. En 1943 una delación permitió que los nazis descubrieran su verdadera identidad. Los alemanes trataron de canjearle por el mariscal Friedrich Paulus, capturado por los rusos en la batalla de Stalingrado. Pero Stalin rechazó la oferta: «Qué les diría a los padres de otros soldados si hiciera por mi hijo lo que no he hecho por ellos suyos. Les fallaría como líder». Yakov siguió en el campo. Demasiado para su débil mentalidad. Exhausto y famélico por los años de cautiverio, fue abatido por los centinelas cuando trató de huir.

Un descendiente traidor

La relación con su segundo varón también fue tensa. Vasili, un mal estudiante de vida licenciosa, ingresó en la Escuela de Aviación. Durante la II Guerra Mundial logró derribar dos aviones enemigos. Estas acciones y la elevada mortalidad en las tropas soviéticas le permitieron ascender rápidamente en el escalafón militar. Al finalizar el conflicto ya era general. Sin embargo, estos méritos no le sirvieron para ganarse el cariño de su padre. Además de los problemas afectivos, su dependencia del alcohol era cada vez mayor.

Cuando Stalin falleció, Vasili abusó todavía más de la bebida. En las altas esferas se le consideraba un peligro para la seguridad del país. Fue acusado de traición por revelar secretos oficiales a extranjeros y condenado a ocho años de prisión y trabajos forzados. Poco tiempo después de cumplir su pena su cuerpo no aguantó más los rigores del excesivo alcohol y falleció en 1962.

La relación con su hija fue todavía más enrevesada. A diferencia de sus hermanos, Svetlana pudo conocer al Stalin más cercano y cariñoso. La pequeña era el ojo derecho del dictador. Las escenas fraternales se repetían en las distintas escapadas familiares al campo. Pero la alegría duró sólo los primeros años. A raíz de la muerte de su segunda esposa, la relación se enfrió. Stalin se aisló y encerró en sí mismo. Pagó su odio con terribles purgas y numerosas deportaciones.

Estas prácticas brutales hicieron que hasta sus hijos renegaran de él. Svetlana no dudó en cambiar su apellido por el de su madre tras la muerte del dictador. Sin embargo, fue más allá. Aprovechó un viaje a la India para pedir asilo en la embajada de Estados Unidos. En 1967 la hija del mismísimo Stalin aterrizaba en el país más odiado por la URSS. Svetlana denunció los abusos cometidos por el régimen soviético en un acto que fue convenientemente utilizado por Washington en un contexto de Guerra Fría. Se casó con un arquitecto estadounidense y volvió a cambiarse el apellido para romper totalmente con el pasado. Con su muerte, se cierra el círculo más íntimo de uno de los personajes más nefastos de la historia.

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