Ciencia

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Dentro de un vuelo en gravedad cero: 22 segundos de infarto

ABC participa en una misión científica de la Agencia Espacial Europea (ESA) para conocer de primera mano la increíble sensación de flotar en el espacio

Día 18/06/2011 - 10.22h
Anneke Le Floc'h
A. Le Floc'h
A. Le Floc'H
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La sensación no es de este planeta. Y realmente no lo es, ya que rompe una regla básica de la Física que rige el mundo. Todo cambia. Mi forma de percibir lo que me rodea, mi propio cuerpo. Ya no estoy segura de nada, qué está arriba y qué abajo. Primero, tumbada en el suelo del avión con los ojos clavados en un punto fijo del techo, siento que alguien ha colocado un yunque sobre mi estómago y una fuerza invisible me empuja el corazón hacia dentro como si quisiera encajarlo entre las costillas. Las mejillas se desparraman por los dos lados de la cara y el cuerpo parece pesar el doble. Pero solo unos segundos después salgo disparada hacia arriba como en un truco de levitación. El techo está al alcance de mi mano. Me he convertido en un globo de helio en una habitación cerrada. Mi cerebro lucha por asimilar la experiencia y, al mismo tiempo, encontrar un punto de referencia, unas coordenadas. No puedo evitar patalear tontamente, lo que hace que me descontrole aún más y esté a punto de girar sobre mi misma. Es lo más onírico que me ha pasado nunca. No se parece a nada, pero es real, es un vuelo en gravedad cero. "Pull out", el grito del capitán rompe el embrujo de 22 segundos. Me agarro a lo primero que encuentro e intento que mis pies apunten al lugar adecuado antes de estamparme contra el suelo.

Esta es la experiencia de uno de los vuelos parabólicos organizados por la Agencia Espacial Europea (ESA) hace unos días para probar trece experimentos científicos realizados por investigadores y estudiantes de seis países europeos y que sirve de entrenamiento para dos astronautas, la italiana Samantha Cristoforetti y el francés Thomas Pesquet. Durante nuestro vuelo, el avión, un impresionante Airbus 300 Zero-G que despega de las instalaciones en Burdeos de la empresa Novespace, propietaria en aparato, realiza treinta y una parábolas en el aire, es decir, sube y baja en picado en ángulos de hasta 47 grados, para conseguir que desaparezca la gravedad. Así, los científicos pueden poner a prueba sus investigaciones en unas condiciones excepcionales.

«¿Tienes algún lunar?»

El primer peldaño de la escalerilla del avión se presentó en realidad meses antes, cuando tuve que superar un reconocimiento médico de clase II, el que se exige a los pilotos deportivos, y que incluye una prueba de custodia para descartar el consumo de drogas. "¿Alguna cicatriz, algún lunar destacado en el cuerpo por el que se te pueda identificar....?", me interroga más tarde el médico. En caso de accidente, quiere decir. No fue una pregunta muy alentadora. Con el visto bueno del doctor y la pertinente burocracia cumplida, puedo por fin volar.

Llegado el día, cuarenta pasajeros, ataviados con los monos azules de trabajo que visten los astronautas, ocupamos nuestros asientos en la parte delantera y trasera del avión. En medio, una amplia zona completamente acolchada está dedicada a los experimentos, bien sujetos al suelo y pertrechados contra los golpes. En una de las urnas de cristal se mueven 22 ratoncillos, protagonistas de un estudio sobre la capacidad de orientación. Enfrente se encuentra un área acotada donde los astronautas pueden entrenar sus movimientos y al lado el "parque de recreo", una zona de libre flotación donde hacer cabriolas si uno lo desea y tiene el estómago a prueba de una centrifugadora. Antes de empezar, el equipo de seguridad deja claras dos advertencias: "No muevas la cabeza al comienzo de la parábola y, si te mareas, pide una bolsa y, por favor..., ábrela". Dos buenos consejos, según pude comprobar más tarde.

El despegue es como el de cualquier otro avión, pero sin revistas ni azafatas. Cuando se enciende la señal luminosa, los científicos se levantan de sus asientos y se afanan en sus investigaciones a la espera de la primera parábola mientras Vladimir Pletser, responsable científico de estos vuelos con más de 5.600 parábolas a sus espaldas, me prepara para lo que viene. No puedo tener mejor profesor. "Aprieta el estómago y respira tranquila", me dice, los dos tumbados en el suelo de la zona de libre flotación. Sobrevolamos el Golfo de Vizcaya a unos 6.000 metros de altitud y el A300 Zero-G comienza a hacer de las suyas.

"Pull up". El capitán Jean Claude Bordenave avisa por megafonía. Llegan 20 segundos de hipergravedad (2G), en los que el suelo parece querer tragarnos. El aparato comienza a elevarse en un ángulo de 47 grados. "Injection", se escucha ahora, y reina la gravedad cero. Durante otros 22 segundos, todo lo que no está atado sale volando, en una de las experiencias más increíbles que haya tenido nunca. El avión se encuentra a unos 8.500 metros sobre la tierra. El morro apunta ahora hacia abajo en un ángulo de 45 grados y de nuevo resuena la megafonía. "Pull out". Es el aviso de que entramos en otra fase de hipergravedad, no tan fuerte como la primera. Dura 20 segundos hasta que volvemos al mundo real.

Como vampiros

El mundo real dura poco. Cuando uno todavía está intentando asimilar lo que acaba de vivir, llega otra nueva parábola y así hasta 31, con pequeños descansos de casi dos minutos entre cada una y otro más largo sobre la mitad. Alrededor, hombres y mujeres trepan por las paredes o permanecen "colgados" del techo como si fueran vampiros en versión ciencia ficción. Al fin y al cabo, hay algo siniestro y fantástico en romper las reglas de la naturaleza.

Los que tienen vértigo no deberían mirar por la ventanilla. El cielo azul que se ve un momento cambia de repente de color y uno se da cuenta de que lo que aparece ahora es el océano. Significa que el avión se está precipitando. La sensación es aún más intensa en la cabina de mandos. El instrumental gira como loco y da tanta angustia mirar por el gran ventanal que, absurdamente, opto por terminar de observar la escena, propia de una película de catástrofes, en la pantalla de mi cámara. Sin embargo, todo marcha como es debido y los dos pilotos y el ingeniero que los acompaña ni siquiera se inmutan cuando, sujetos a sus asientos por los cinturones de seguridad, sus traseros se levantan unos milímetros durante la gravedad cero.

Cabriolas y escopolamina

El resto del vuelo transcurre sin percances. La astronauta se entrena concienzudamente con la ayuda de dos técnicos de la ESA, como si reparara un equipo cabeza abajo en el exterior de la estación espacial internacional. Los más atrevidos prueban mil cabriolas en el aire, seguidos de cerca por los "hombres de naranja", los responsables de seguridad, que a veces tienen que parar los ímpetus de los más apasionados. "Más despacio, más despacio", advierte Alain a un joven estudiante dispuesto a convertirse en un molinillo. Pero intentar grabar todo lo que ocurre, tomar alguna nota y disfrutar al mismo tiempo de poder volar como un pájaro se paga caro. Antes de subir al avión nos pusieron a la mayoría -no era obligatorio- una inyección mañanera de escopolamina, un chute bastante potente, para evitar los mareos, pero soy de las que sienten náuseas hasta cuando tienen que buscar un CD en el coche, así que un final trágico era inevitable. No olvidé abrir la bolsita.

Dos parábolas después estamos de vuelta con un sentimiento encontrado de felicidad por pisar tierra -bendita gravedad- y la pena de saber que, a no ser que el destino dé otra carambola inesperada, será complicado volver a tener alas. Los científicos, satisfechos con cómo han ido sus experimentos, sonríen en la foto de grupo. Se han divertido como niños. Si Newton levantara la cabeza... vería flotar su manzana.

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