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Apolo besa a Baco

Día 15/12/2010 - 19.49h

Sobre el libro «Prosa esculturales y otros poemas» de Amador Palacios. Almud, ediciones, 2010

Acaba de aparecer el último libro de poemas del poeta, filólogo y ensayista Amador Palacios con el título «Prosas esculturales y otros poemas». Su autor nació en Albacete pero estuvo viviendo muchos años en Toledo (en un piso en el paseo de San Cristóbal que se convirtió en un centro de tertulia y de enlace de artistas y escritores; allí conocí a Ángel Crespo), y ahora reside en Alcázar de San Juan. Este itinerario manchego es importante en su obra porque La Mancha está presente como una especie de orégano que adereza muchos de sus poemas.
ANA PÉREZ HERRERA
Amador Palacios, autor del libro

La principal novedad de este libro es la presencia, en los dos primeros apartados, del empleo de la prosa poética, un género que nada a dos aguas entre la prosa y la poesía. Es un híbrido: proesía o poesa. Algo así. Amador Palacios emplea en esas prosas la descripción narrativa añadiendo la fuerza de las imágenes («las gaviotas ladran posándose en los hongos») y el lirismo de los adjetivos («enormes perros broncíneos, (…), salpican los flancos de las rizadas sendas impregnadas de un fuerte aroma amoniacal»).

En el lenguaje filosófico se suele contraponer lo apolíneo frente a lo dionisíaco. Por ejemplo, en la antigua Grecia lo apolíneo (del dios Apolo) tiene que ver con lo limitado, con lo preciso, con la perfección de lo humano, con lo artístico, mientras que lo dionisíaco (del dios Dioniso, también conocido como Baco) se refiere al dominio de las fuerzas oscuras de la naturaleza, a lo caótico, a lo pasional, a las amenazas que nos sacan de la calma, al éxtasis, al exceso. Pues bien, en la poesía de Amador Palacios se refleja muy bien esta tensión entre estos dos polos. Por un lado el aspecto apolíneo viene cultivado por la admiración hacia la naturaleza (el poeta vierte su pasión por el senderismo sobre todo en la prosa poética), hacia la música clásica (de la que es un devoto), hacia la filología (el juego con las raíces de las palabras y el gusto por la lengua alemana), hacia una religiosidad que no encaja en la propuesta del Dios judeocristiano (piensa que quizá Dios «asumió su destino en la muerte y la nada»). Por otro lado está el lado dionisíaco que aparece plasmado en el empleo del lenguaje coloquial, en la ingesta de vino (la afición al vino «solemne y terapéutico»), en el placer de la intimidad hogareña (estampas de la cotidianeidad características de su poesía), en el disfrute del sexo (como el poema «En el bombo» que termina con estos versos en los que se presenta el goce sexual en su lado más natural: «llegamos al orgasmo debajo del inhóspito/esplendor de la noche./Y en el momento justo/un caballo relincha»).

La naturaleza es utilizada por el poeta desde la óptica de la admiración (que es el origen de la filosofía según Aristóteles), para recordar algún episodio de la niñez, para meditar; en definitiva, para ver reflejada en ella su alma o su adentro al estilo de Machado. A veces el paisaje aparece en un sentido panteísta, como si fuera Dios, o su divinidad hubiera sido construida por la literatura.

En este libro encontramos plasmadas las principales inquietudes de Amador Palacios con la novedad de cultivar ese género tan sui generis de la prosa poética. Sería muy interesante que todas estas reflexiones pudiera desarrollarlas el autor con más profundidad, tal vez en un libro de ensayo. Para disfrute de él y, sobre todo, de sus lectores.

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