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La otra cara de la industrialización catalana

Jordi Tomàs novela en «El mar dels traïdors» el tráfico de esclavos en el siglo XIX

sergi doria - Actualizado: Guardado en: Actualidad

La acumulación de riqueza casi nunca es inocente. La prosperidad de Cataluña en el siglo XIX tuvo su lado sombrío: el tráfico de esclavos. Los barcos zarpaban de Barcelona, recogían su carga humana en las costas africanas, identificada eufemísticamente como “madera de ébano” y la “descargaban” en Cuba y Puerto Rico.

Vaciadas las bodegas de esclavos, se recogían los cargamentos de cacao para las tiendas de ultramarinos en Vilafranca, Barcelona y el Maresme y el algodón que hizo potente a la industria textil. Antropólogo y buen conocedor del África Occidental, con obras como “Un cor aixanti” o “El pescador que volia anar al país dels blancs”, Jordi Tomàs reconstruye en “El mar dels traïdors” (Proa) las rutas clandestinas de unos esclavistas que la posteridad convirtió en prohombres.

A través del diario del médico de a bordo, podemos conocer las duras condiciones de aquellos sórdidos viajes: “Encadenados en las bodegas debían soportar un viaje de dos meses entre África y las Antillas. Para que no perdieran facultades físicas, se les nutría con cereales, legumbres y fruta fresca y se les sacaba cada cuarenta y ocho horas a cubierta para que les diera el sol. Normalmente, los barcos transportaban entre doscientos y cuatrocientos esclavos pero los brasileños llegaron a mil… Cuando subían a cubierta, desnudos, se les ponía música para que bailaran y desentumecieran sus extremidades…” El médico, comenta Tomàs, “constituye una fuente documental de primer orden y sus notas y cartas mantienen el hilo narrativo de la novela”.

Apadrinada por Albert Sánchez Piñol, compañero de Tomàs en el Centro de Estudios Africanos, “El mar dels traïdors” nació hace tres años a partir de una sesión sobre esclavismo. La acción transcurre en 1864, cuando el tráfico de esclavos estaba prohibido. “Oficialmente, explica el autor, eran barcos comerciales que se llegaban a cubrir con una red para que los esclavos no saltaran al mar. Si se oteaba una patrullera, se hacía lo contrario: lanzar el cargamento humano al océano”.

Cataluña, concluye Tomàs, “fue una potencia industrial gracias a la trata de negros: al volver a su tierra natal, los indianos invirtieron su capital en la industria textil y realizaron obras benéficas haciendo olvidar su pasado esclavista”.

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