Internacional

En la frontera de la nueva Guerra Fría

Día 19/02/2013 - 16.51h
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Tras su ensayo nuclear, ABC entra en la hermética Corea del Norte, que puede detonar bombas atómicas pero no dar electricidad ni comida a su pueblo

A un lado, rascacielos con fachadas de colores y karaokes con luces de neón. Al otro, grises fábricas con los cristales rotos y algún que otro destartalado bloque de estilo soviético. En una orilla, el ruido de las bocinas en medio del tráfico congestionado, donde se distingue hasta un Bentley último modelo. En la otra, el silencio sepulcral de las bicicletas y los carros tirados por bueyes. En un muelle, cruceros para turistas y bares flotantes. En el otro, grúas herrumbrosas y barcos pudriéndose a la espera de ser desguazados. En una margen, restaurantes con peceras llenas de langostas y mesas a rebosar de platos que luego acaban en la basura. En la otra, cartillas de racionamiento y una dieta a base de gachas de maíz y un cuenco de arroz. En una parte, la nueva China del desarrollismo a marchas forzadas. En la otra, la aislada y misteriosa Corea del Norte que dirige el joven caudillo Kim Jong-un.

Menos de un kilómetro, lo que mide el lecho del río Yalu a su paso por la ciudad china de Dandong, separa la frontera entre ambos países. No es que China sea Suiza pero, como si estuvieran a años luz, esa es la distancia insalvable que va del progreso al estancamiento, de la opulencia a la miseria, de la luz a la oscuridad. Al caer la noche, hay más luces en el puente que atraviesa el río desde China que en todo Sinuiju, el primer pueblo norcoreano de la otra orilla. Sumido en las tinieblas, representa la brutal paradoja de un régimen anacrónico que, anclado en un estalinismo trasnochado, puede detonar bombas atómicas y disparar cohetes al espacio, pero no suministrar electricidad ni calefacción, ni mucho menos comida, a su sufrido pueblo.

«Hace treinta años las dos partes eran igual de pobres. Y ahora…», reflexiona Lei, un empresario de Dandong de 52 años, en el Puente Roto sobre el río Yalu, construido en 1911 durante la ocupación japonesa y al que le falta la mitad de sus ocho arcos de hierro desde que fuera bombardeado por los americanos en la Guerra de Corea (1950-53).

Gracias al apoyo prestado a Pyongyang por la China de Mao, que perdió un hijo en combate, la contienda acabó en tablas y con las dos Coreas partidas por el Paralelo 38, la última división que queda de la Guerra Fría.

Pero, desde que China abrazara a su manera el capitalismo, Dandong se ha convertido en la nueva frontera de un planeta globalizado donde, a pesar de la caída del comunismo, Pekín ha relevado a la extinta Unión Soviética en su pugna con Estados Unidos por la hegemonía mundial. En esta nueva Guerra Fría, la frontera china con Corea del Norte, su aliado histórico, es la única que permite sobrevivir a un régimen asfixiado por las sanciones internacionales. Así se aprecia en los camiones chinos que, pese al embargo, cruzan a todas horas el puente sobre el río Yalu y en las mercancías que se descargan en su puerto.

Pero, al mismo tiempo, tanta cercanía supone una peligrosa ventana al mundo que Pyongyang trata de cerrar por las sangrantes diferencias a uno y otro lado del río. A las afueras de Dandong, lanchas con turistas chinos sin visado se cuelan hasta cinco kilómetros en Corea del Norte, donde los soldados hacen la vista gorda a cambio de pequeños sobornos como cigarrillos, alcohol y comida. En lugar de ahuyentar a los furtivos visitantes, algunos militares incluso los llaman para pedirles dinero.

En la frontera de la nueva Guerra Fría
pablo m. díez
Bajo la mirada de un militar armado, varios norcoreanos lavan ropa en el río Yalu

A bordo de una de estas lanchas, pero sin poner pie en tierra, llegamos a menos de diez metros de la orilla, donde los soldados patrullan con «Kalashnikov» al hombro y los pasajeros de una atestada barcaza desembarcan los pesados fardos que acarrean. Dos constantes, soldados armados y humildes campesinos con sacos o leña para calentarse y cocinar, que se repiten por los desolados caminos norcoreanos. Como sólo hay electricidad de cinco a siete de la mañana y de cinco a diez de la noche, justo cuando el agua está cortada, los norcoreanos lavan la ropa en el río y en verano hasta se duchan en él. Un poco más allá, un soldado tiende las mantas con que sus compañeros se han arropado durante la noche en las garitas y una pareja, envuelta en varias capas de ropa, intenta proteger del frío a su bebé, que la madre lleva a sus espaldas.

Hermetismo y opresión

Estamos en el país más hermético y opresivo del mundo, pero nos acercamos al bote de un pescador y le compramos una carpa recién sacada del agua por 100 yuanes (12 euros). Al cambio son 14.000 won norcoreanos, una auténtica fortuna porque el sueldo medio mensual es de 140 won (1,2 euros). Por desgracia para el pescador, este dinero no es para él, ya que el billete de 100 yuanes irá a parar al bolsillo de algún militar. Como propina, le damos dos billetes de 10 yuanes (1,2 euros), que suman el salario de dos meses y puede esconder más fácilmente para permitirse el lujo de comprar dos kilos de arroz en el mercado negro, donde también se aceptan euros y hasta dólares.

«La situación ha mejorado en los últimos tiempos porque ahora se permite a los campesinos vender las verduras que cultiven en los pequeños huertos de sus casas», nos explica, ya de vuelta en Dandong, una norcoreana de 85 años que vive en China desde que tenía 16. Por miedo a los espías y chivatos que abundan en el barrio coreano, oculta su identidad, pero nos cuenta que en diciembre cruzó al otro lado para visitar a su hermano, que vive en Sinuiju y tiene dos hijos que acaban de licenciarse del Ejército tras ocho años de «mili». «Siempre le doy dinero y le mando comida porque la vida allí es muy difícil, pero él nunca se ha quejado ni me ha pedido nada porque le han enseñado a amar profundamente a su país», señala refiriéndose a la propaganda que le lava el cerebro a los norcoreanos desde la infancia.

A pesar de todo ello, otra mujer norcoreana de 35 años que tampoco quiere decir su nombre aclara que «la gente allí sabe los cambios que ha habido en China y en privado se queja del régimen y teme una guerra por el ensayo nuclear, pero tiene miedo a hablar». Sometidos a una brutal represión por delitos políticos, económicos o religiosos, las organizaciones humanitarias calculan que en Corea del Norte hay unos 200.000 presos pudriéndose en sus campos de reeducación mediante el trabajo («kwan li so»). Tras instalarse hace cinco años en Dandong por ser de etnia china, la mujer quiere traerse a su madre porque «las condiciones de vida son muy malas allí». Aunque coincide con la anciana en que «la situación ha mejorado», algo obvio si se compara con la «Gran Hambruna» que diezmó la población a mediados de los 90, advierte de que «Corea del Norte se hundiría sin China». Para que eso no ocurra y sufra una avalancha de hambrientos refugiados, Pekín mantiene la nueva frontera de la Guerra Fría.

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