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La herencia maldita de Rocío Jurado

Día 12/05/2013 - 11.48h
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La genial tonadillera quiso dejarlo todo bien atado. Pero hoy, siete años después de su muerte, estalla la guerra familiar con su patrimonio como epicentro

Siete años han pasado ya desde que Rocío Jurado falleciera, víctima de un cáncer de páncreas. Tiempo suficiente como para que sus herederos se hayan repartido un legado valorado en cerca de 7 millones de euros y que la artista distribuyó entre todos los suyos. Todos, a excepción de su marido, José Ortega Cano, que se quedó con lo suyo: la finca «La Yerbabuena» y la ganadería que ambos compraron, pero con nada más que no fueran sus propias inversiones.

Rocío era grande en la voz y generosa de bolsillo. Por eso, su herencia no fue a parar únicamente a manos de sus tres hijos, como habría sido lo normal, sino que tuvo en cuenta a sus hermanos e incluso a sus sobrinos, sabiendo como sabía que en esa casa se comía de sus frutos y no era plan de dejar a sus seres queridos en la calle. Gracias a su arte, la chipionera había reunido todo un patrimonio, que repartió meses antes de morir en el despacho de una abogada y con la cabeza perfectamente amueblada. Por aquel entonces, ya sabía que tenía un cáncer. En esas últimas voluntades dejaba a su hija Rocío Carrasco como heredera universal de su patrimonio musical, así como de todas sus pertenencias personales y profesionales (ropa, joyas, derechos musicales, muebles...). También la beneficiaba con el apartamento que tenía en Miami, además de la mitad del otro que compró cuando ya estaba casada con Ortega.

Pero hubo más para la hija que tuvo con Pedro Carrasco. Rociíto heredaba la finca «El Administrador», en Chipiona, donde la cantante vivió sus días de vino y rosas durante su matrimonio con Carrasco. Se trata de una tierra muy rica, ya que en ella hay vino y aceite. Es, sin duda, una de las mejores propiedades que le dejó, así como la casa de La Moraleja donde había fijado su residencia y sobre la que dio orden de que se vendiera en un plazo de dos años tras su muerte. Esa casa se dividió en tres partes, a repartir entre sus tres hijos: Rocío, José Fernando y Gloria Camila.

Los hermanos «colocados»

Para sus hermanos Amador y Gloria Mohedano dejó la finca «Los Naranjos», a repartir entre ambos. Gloria también se quedaba con la casa de Chipiona «Mi abuela»; mientras, Amador recibía una nave industrial en San Sebastián de los Reyes y otra parecida quedaba para su hijo Fernando, ahijado de la cantante. Hasta su secretario personal, Juan de la Rosa, recibía en herencia un dúplex en Chipiona. Está visto que Rocío quiso dejar a toda la familia «colocada» y evitar así que se lanzaran al escándalo.

En eso se equivocó. El espectáculo que desde su muerte están dando algunos de sus familiares es lo que ella nunca habría querido. Rocío, mejor que nadie, sabía cómo eran los suyos y los problemas de esa casa, pero siempre intentó tapar bocas, pagar deudas y mentir, si era necesario, con tal de salvar a la familia. Con su ausencia se ha visto que no todo era tan perfecto como ella deseaba. De entrada, su hija Rocío se ha quitado de en medio y vive alejada de todos junto a su actual pareja, Fidel, y su hijo pequeño. Y es que su hija mayor ha decidido instalarse con su padre, Antonio David Flores, y su nueva mujer. Rocío Carrasco observa muchas veces con indignación las trifulcas que mantienen los suyos en televisión, y cómo cada dos por tres sale el nombre de su madre en medio de esas guerras.

Las deudas de Amador

De nuevo las deudas económicas de Amador Mohedano han saltado a las tertulias, sólo que ahora ya no está su hermana para pagar atrasos o pufos. Hoy es Rosa Benito quien tiene que hacer ese papel. Todo lo que Rocío había intentado ocultar sale ahora con la separación matrimonial de Amador y Rosa, que ya viven su particular «guerra de los Rose» con apariciones televisivas hasta de su hija y llamadas espontáneas de los Mohedano, que ya están en pie de guerra contra Benito. En ese tira y afloja de acusaciones, también han salido a la palestra los problemas matrimoniales que Rocío y Ortega tenían en los últimos tiempos.

Hoy, si Rocío levantara la cabeza y viera cómo está su familia, moriría de nuevo. Nadie se libra de lo que parece una «maldición». Por una parte, está la situación de Ortega Cano, sentenciado por un accidente mortal de tráfico; por otra, el disgusto de Rocío Carrasco tras el abandono de su hija; luego, la separación nada amistosa de su hermano Amador, y las apariciones televisivas de su sobrina Chayo defendiendo a su madre y arremetiendo contra su tía Gloria. Para colmo, las «golfadas» de su hijo José Fernando, gastándose en juergas el millón de euros que ha recibido de la herencia. La incógnita, ahora, es lo que hará Gloria Camila cuando, en cuestión de un año, reciba su parte del legado.

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