Carles Puigdemont, en Bruselas, donde esta fugado - REUTERS

La gran mentira de la secesión: el independentismo confiesa ahora que maquilló la realidad

Como si todo hubiese cambiado tras un chasquido de dedos, el independentismo acomoda ahora su discurso a una nueva realidad

BarcelonaActualizado:

Antes la épica que la realidad. Como un castillo de naipes, el mito de la independencia «low cost» se está desmoronando: de manera encadenada, en una suerte de confesión tardía, los líderes independentistas están reconociendo que nada de lo que prometieron es realidad: no habrá fuga de empresas, las potencias extranjeras reconocerán la nueva república, las estructuras de estado están a punto, hay una mayoría social independentista, la DUI es efectiva...

Sea por necesidad de modular el discurso antes de las elecciones de diciembre, sea por el cambio en la estrategia de defensa de los políticos encausados, Cataluña parece estar despertando tras una larga noche de borrachera. La resaca está siendo histórica.

Unos alimentaron el discurso, otros, tan cándidos como ilusionados, se creyeron la patraña. Desde su «exilio» belga, uno de los que mejor lo ha resumido ha sido el exconsejero de Salud Toni Comín, que ayer reconocía que los líderes y los partidos independentistas insistieron «poco en la parte más inquietante del relato, y demasiado en la parte más épica y más bonita porque sonaba mejor y así tenías a la gente más cohesionada». Así de claro. En Rac1, en la misma línea que otros colegas suyos tratando ahora de recular, Comín llamó al independentismo a ser consciente de que la secesión requiere «un camino más largo que requerirá esfuerzos mayores» y tendrá «curvas más complicadas de las que la gente podía prever». Lo que no ha cambiado es la asombrosa capacidad del secesionismo para trasladar a otros las responsabilidades. Ellos dibujaron un camino a la ruptura que era cuesta abajo, con lo que no contaban era con la respuesta «represiva».

Lo que sí han reconocido todos es que el Govern no estaba preparado para la independencia. Lo afirmó quien saltó del barco justo antes del hundimiento, Santi Vila, pero también quienes desde posiciones más aguerridas siguen fieles a un Puigdemont que admite ahora que la independencia no es la única salida. Es el caso de la exconsejera de Enseñanza, Clara Ponsatí, que admitía que «no estábamos preparados». Frente a esta versión, aunque a modo de excusa, el exconsejero de Cultura, Lluís Puig, aseguraba que los pasos dados, la DUIen concreto, se hicieron de manera «consciente»: «Quizás lo único que podemos decir es que no sabíamos la maquinaria monstruosa que teníamos delante».

«Acompasar el ritmo»

La catarata de declaraciones a modo de confesión llegaba también desde el Congreso de los Diputados, donde el portavoz de ERC, Joan Tardà, se atrevía con el que ha sido uno de los «dogmas» del proceso, el de la mayoría social: «No somos independientes porque no ha habido todavía una mayoría de catalanes» que se hayan declarado a favor de ella en las urnas. Ello, no obstante, no significa que renuncien al independentismo sino que asumen que no es posible en este momento.

En la misma línea se pronunciaba el portavoz del PDECat en el Congreso, Carles Campuzano: «Nadie renuncia al horizonte de la independencia y la aspiración al Estado propio en Cataluña ha llegado para quedarse, pero vamos a necesitar más tiempo para reforzar las mayorías sociales y las fuerzas soberanistas deberán acompasar su ritmo».

Como si todo hubiese cambiado tras un chasquido de dedos, el independentismo acomoda ahora su discurso a una nueva realidad. Como explicaba hace pocos días la coordinadora general del PDECat, quizás pensaron que esto era «bufar i fer ampolles», como dice la expresión catalana. Ante tanta sinceridad, el secesionismo más «hiperventilado» se preguntaba ayer por la necesidad de tanta autocrítica; en definitiva, por qué confesar que, en realidad, todo fue una patraña.