España / Historia

«Obsesivo compulsivo, indeciso y terco», así era Felipe II según Sigmund Freud

Día 10/03/2016 - 20.43h

Como todas las personas inseguras, cuando el Monarca finalmente tomaba una decisión la llevaba hasta el final aunque sus consejeros trataran de persuadirle

Aunque los intentos por analizar psicológicamente a personajes históricos suelen ser una ciencia arriesgada, los autores que han estudiado la figura del Rey español Felipe II identifican de forma clara una personalidad «obsesiva compulsiva». Así, su visión mesiánica del mundo y su capacidad para sacar fuerzas de los fracasos, como ocurrió tras la Empresa inglesa de 1588, tendría su origen en el carácter obstinado y riguroso que desarrolló desde la infancia.

Criado por la Reina y por sus hermanas mayores, Felipe II creció sin la presencia de su padre Carlos V, un rey que permanecía poco tiempo en un mismo reino, lo que pudo marcar profundamente su carácter. En su libro «Felipe II: la biografía definitiva», el hispanista Geoffrey Parker apunta que para Sigmund Freud la personalidad obsesiva se desarrolla a causa de una educación muy severa que crea mentes inseguras y temerosas. Este fue el caso de la educación de Felipe II, quien era el único heredero varón al trono y fue objeto de muchas presiones. A la Emperatriz Isabel le entraba pánico cada vez que alguno de sus hijos contraía la menor enfermedad, pues ya había perdido a varios niños, y mantuvo un estricto control sobre el pequeño. No obstante, cuando murió la Emperatriz, el ayo Juan de Zúñiga mantuvo el duro régimen donde quedaba estipulado hasta el más mínimo detalle de lo que podía hacer o no el Príncipe.

Mientras el joven crecía en España, desde el extranjero la lejana sombra de su padre proyectaba unas expectativas casi imposibles de cumplir. Carlos V era un hombre de acción, vencedor en múltiples batallas, un viajero cosmopolita que dominaba cinco idiomas, un maestro de la frase y un encantador de víboras políticas. No es difícil imaginar que Felipe II se sintiera abrumado por «la pesada carga, no solo política sino también psicológica y espiritual, de su herencia dinástica», como lo ha descrito el historiador John H. Elliott.

La incapacidad de cumplir estas expectativas –básicamente porque sus talentos eran distintos a los de su padre– le causó una profunda inseguridad y falta de autoestima que arrastró durante toda su vida. La timidez, en ocasiones identificada como frialdad e insensibilidad, sirvió al Rey para ocultar sus inseguridades. En 1566, cuando contaba con 38 años, Felipe II fue avisado de que debía encargarse de presentar a su primera hija en la pila bautismal y, presa de los nervios, dedicó varios días a «pasearse con un gran muñeco en brazos de un lado a otro de la habitación». Como al final no lo consiguió hacer bien, el Rey delegó en su hermano bastardo Juan de Austria para que fuera él quien llevara a la criatura. Paradógicamente, el héroe de Lepanto era todo lo que Felipe II nunca consiguió ser y mucho más parecido a Carlos V en su carácter. Sin ir más lejos, «el Rey prudente» sentía aversión por los escenarios bélicos y prefería ser quien enviaba a los soldados y no el que combatía, al contrario que su padre y su hermano, cuya actividad militar les había situado en la primera línea de múltiples batalla.

Un hombre de naturaleza desconfiada

La relación entre Felipe II y su hermano ha sido motivo de muchos análisis, puesto que finalmente la desconfianza entre ambos forzó el asesinato del secretario que Juan de Austria mandó a la corte para pedir más recursos en Flandes. No es que Felipe II tuviera envidia de su hermano, ni que, como han afirmado algunos autores, nunca le aceptara como hijo del emperador, simplemente es que la personalidad del Monarca, absorto en los detalles e incapaz de delegar, le hacía desconfiar de todo el mundo.

Su excesivo control emocional hacía que pocos pudieran reconocerse amigos suyos, entre ellos destacó Ruy Gómez de Silva desde la infancia, y ninguno gozó completamente de su confianza, como le ocurrió a su propio hermano. A pesar de todo, su trato humano era cordial, rara vez se le recuerdan arranques de ira, y no fue el personaje oscuro y amargado que se ha transmitido en la historia a través de la leyenda negra. Pero tampoco fue un hombre vitalista y alegre, basta decir que vivió la muerte de sus cuatro mujeres y de cinco hijos.

En relación a su fama de prudente, el testimonio de sus secretarios respalda que sus procesos de toma de decisión eran extremadamente lentos. En parte porque quería siempre supervisar hasta el último detalle y, por otro lado, porque solía dispersarse en asuntos de menor urgencia. No obstante, con algunos consejeros de su padre, véase el Gran Duque de Alba, si delegó el mando en ocasiones. En 1571, cuando el Rey se planteó por primera vez si invadir Inglaterra, escribió al duque diciéndole «pongo en vuestras manos la decisión, quedando confiado que vos actuaréis con el celo, cuidado y prudencia que negocio tan grande requiere». Algunos historiadores como Parker han apuntado que la turbulenta relación entre el veterano general y el Rey tenía trazas de las habituales disputas entre padre e hijo. Un sustituto de la figura paternal que Felipe II nunca tuvo cerca.

Pero como todas las personas inseguras, cuando finalmente tomaba una decisión la llevaba hasta el final aunque sus consejeros trataran de persuadirle de que no era la correcta. Esto explica que generales de demostrada incompetencia como el Duque de Medina-Sidoniaalmirante general de «la Armada Invencible»– o Juan Andrea Doria –sobrino del célebre marino– mantuvieran sus puestos después de repetidos fracasos militares. El Rey rara vez rectificaba, y si las cosas salían mal lo achacaba a los designios de Dios.

La religión influía en sus decisiones

Sin ser el fanático religioso que han trazado sus enemigos, su profunda religiosidad y la visión mesiánica de sí mismo costaron al Imperio español varias derrotas, puesto que, como en la Empresa Inglesa, el Monarca dejaba muchos factores a la suerte y a la asistencia divina. Dentro del primer imperio global de la historia, los fracasos solían ser compensados por victorias. Así, por ejemplo, el resurgimiento de la revuelta en los Países Bajos en 1571 fue compensado con la resonante victoria en Lepanto y la matanza de San Bartolomé en Francia, donde la facción católica masacró a buena parte de los líderes hugonotes.

Otro atributo vinculado al tipo de personalidad obsesiva es adorar la rutina, el orden y la puntualidad, así como un celo excesivo en la higiene personal. En un testimonio recogido por Geoffrey Parker en su libro, Jehan Lhermite, gentilhombre de la corte, observó que Felipe II «era por naturaleza el hombre más limpio, aseado, cuidadoso para con su persona que jamás ha habido en la tierra, y lo era en tal extremo que no podía tolerar una sola pequeña mancha en la pared o en el techo de sus habitaciones». Además, Lhermite afirmaba que los relojes controlaban absolutamente la vida del Monarca, que tenía estipulado cuando debía durar cada actividad cotidiana, desde la comida al horario de caza.

En lo respectivo a su sexualidad, aunque el Monarca mantuvo varias relaciones ilícitas en su juventud, después de cumplir los treinta años parece haber mostrado un interés limitado en el sexo y no engendró ningún hijo ilegítimo a diferencia de su hermano Juan de Austria (como mínimo dos), su padre (como mínimo cuatro) o su bisabuelo Maximiliano (como mínimo 12). Sigmund Freud identifica que una de las características de los obsesivos es tener un reducido impulso sexual y sentirse poco atraído por las mujeres.

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