Cultura - Libros

José Emilio Pacheco, el orgullo de una lengua

Recordamos la última conversación del escritor mexicano con ABC, hace apenas diez días

JESÚS GARCÍA CALERO - Actualizado: Guardado en: Cultura Libros

Hace apenas diez días que José Emilio Pacheco habló por última vez con ABC. Acaba de fallecer Juan Gelman, también premio Cervantes y, según nos recordaba, vecino suyo desde hacía 30 años.

Al dolor de la pérdida de una persona a la que trataba habitualmente, se sumaba la admiración que, como lector desde los años sesenta, tenía el poeta mexicano por el hombre que, además, había vivido una tragedia familiar insondable causada por la dictadura argentina, puesto que Gelman había visto morir a su hijo y desaparecer a su nuera embarazada, aunque muchos años después, pudo localizar a la nieta.

De todo ello hablamos con Pacheco el pasado 15 de enero, hace un suspiro. El poeta estaba preocupado por su salud, más quebradiza de lo normal en los últimos meses. Nos contaba con una serenidad doliente que estaba casi ciego y que no tenía, por tanto, ni siquiera el consuelo de la lectura.

También nos habló de la situación mexicana: se quejaba de la violencia que se vive actualmente con una impotencia paralizante, que para él representaba un problema cada día más difícil de resolver y una preocupación porque podría socavar para siempre la convivencia de los mexicanos.

Pero Pacheco era un hombre de enorme humanidad y de esas preocupaciones pasaba enseguida a buscar algún elemento positivo. Estaba escribiendo, nos decía, algunos poemas y prosas a los que no concedía apenas valor, centrados en la violencia y los problemas de la actualidad. No estaba ni un ápice despegado del mundo que le rodeaba.

Y volviendo a Gelman, nos dictó algunas reflexiones sobre el valor de su obra, que publicábamos el pasado día 16. Para sorpresa nuestra, como lectores de ambos, más allá de la obra maravillosa de Gelman y del análisis de los manantiales de su dolor personal, como perseguido y represaliado, Pacheco nos iluminó con sus palabras sobre dos elementos que, recordados hoy, cobran más relevancia.

El primero, que Gelman todo lo convirtió en poesía, lo celebrado y lo sufrido fueron para él un elemento que la literatura sublimaba con gran humanidad, la de sus versos. El segundo, más profundo, que debíamos celebrar, cada vez que hablamos y leemos, la suerte que tenemos por estar unidos en un lenguaje en el que cabemos todos, en el que las obras y las voces a ambos lados del Atlántico parecen infinitos pero inteligibles.

Donde reside el futuro

Nos confesó que a él le parecía un orgullo el español, una lengua y un lugar para encontrarnos que no debíamos infravalorar porque ahí estaba el futuro. De hecho nos relató que el gran poeta Joan Margarit le corrigió un día en el que compartía con él una lectura comentada de sus obras. «No diga español, que es castellano», le espetó Margarit, sin duda influido por los debates regionales que nos gastamos en España.

Pacheco nos dijo que aquella corrección le causó una desagradable sorpresa, de la que se repuso inmediatamente: «Mire Joan -le dijo- no tiene usted razón. Es español lo que hablamos, para mí lo es y fíjese por qué: nosotros tenemos un lenguaje más allá de la modalidad castellana, en México hemos bebido de todas las diferentes hablas españolas. Para ilustrarle con un ejemplo, le diré que la tiza en mi tierra natal es Gis, y esa palabra no se usa en Castilla, sino en Cataluña».

Pacheco lo comentaba sin un ápice de soberbia, con preocupación por la irracionalidad que ocultan estos debates de los españoles. Le dijimos que tenemos que aprender a convivir con ellos y que su forma de rebatirlos era toda una lección para nosotros, una lección de realidad incontestable.

Por eso terminó diciéndonos de Gelman y de la grandeza del español: «Era argentino y acabó siendo también mexicano. Es maravilloso, un orgullo, saber todo lo que compartimos gracias a la lengua con ustedes y ustedes con nosotros».

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