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Los auténticos héroes del caso Odyssey

Están más allá de las fotos oficiales. Han luchado desinteresadamente contra los cazatesoros. Su aportación al caso merece un reconocimiento público que hasta ahora no ha llegado

Día 27/02/2012 - 07.55h

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Ni al azar encontraríamos seis historias tan distintas, seis ciudadanos españoles tan diferentes: desde un duque e historiador insigne hasta un ecologista tenaz, desde un abogado a un almirante o un joven arqueólogo. ¿Qué les une? Dicho desde un punto de vista cívico, los seis han dado la talla.

El regreso de las monedas del caso Odyssey es un éxito colectivo que ellos representan bien. Ciertamente destaca el papel de la UCO de la Guardia Civil, con Antonio Cortés, y el del Servicio Marítimo. Además del esfuerzo sostenido del Gobierno que tardó mucho en coordinarse. Y el abogado americano, tan caro como eficaz.

Hablemos claro: sin estas seis personas la victoria no habría sido igual, tal vez ni habría llegado. Todos habrían vivido más tranquilos sin implicarse en este asunto. Y bastante menos agradable, todos han pagado un precio. Incluso han sentido el desdén por su labor desde la Administración. En este tiempo tan necesitado de ejemplos positivos, olvidar su generosa contribución al caso sería imperdonable.

Así ha sido la batalla en Tampa: los argumentos de España contra las andanadas de los cazatesoros, que tenían en su mano todas las pruebas y mintieron. Las únicas verdades españolas, halladas en los archivos, fueron como balas de cañón. Hugo O’Donnell, historiador y militar, duque de Tetuán y conde de Lucena, autoridad en la campaña de Trafalgar, tiene el honor de haber puesto en manos del abogado James Goold la más letal munición contra Odyssey.

Recibió el encargo de la Real Academia de la Historia, a la que pertenece, para investigar el caso y se sumergió en su archivo. «Todos sabíamos que tantas monedas en esa zona solo se hundieron con la Mercedes. Pero no teníamos pruebas. Y para el tribunal debíamos hallar entre los restos algo incontestable, algo como el DNI de la fragata. Otros buscaron historiales que demostraron más adelante que era un buque de Estado. Pero esas cosas no iban a demostrar que el Black Swan era la Mercedes».

Tras varios meses de trabajo, en mayo de 2008, O’Donnell, publica un artículo en prensa explicando que la fragata portaba dos piezas artilleras singulares, del siglo XVII, «culebrinas excluidas de bronce», que si fueran halladas identificarían el pecio. Ni Cultura ni Defensa le habían pedido nada, pero a los pocos días recibió una llamada de la subdirección general de Patrimonio. Una llamada tensa, displicente. ¿Por qué? «Porque mi artículo señalaba el poco cuidado por el patrimonio de las aletargadas autoridades españolas». Quien le llamó le dijo que «tenía orden de pedirle que atienda» al abogado Goold. A los pocos días, O’Donnell lo recibió en su casa y ocurrió lo que él ya denominará siempre con cierta guasa «la escena del sofá».

Porque Jim Goold y José Arvelo, del despacho Covington & Burling, se sentaron en el sofá azul del imponente salón de Hugo O’Donnell y relataron que habían solicitado al juez una película del yacimiento tomada por Odyssey y en ella se veían piezas de artillería. «Leyeron mi artículo y vinieron rápidamente: me enseñaron las fotos y allí estaba, semienterrada, una de las culebrinas. No cabía duda». El historiador les explicó que era lo más cercano al DNI de la fragata que podrían encontrar, porque nunca aparecería una campana con el nombre del barco, pero esto era casi irrefutable. «Entonces a Jim le dio como un ataque: se puso de rodillas y gritaba con las manos juntas: “¡Lo encontramos! ¡Lo encontramos!” Y esa fue la escena del sofá», remacha O'Donnell.

La alegría era lógica, entre los hechos probados del caso se incluiría que el pecio era la Mercedes. El juez lo aceptó con un enfático «I agree». El historiador ha aportado mucha más documentación, imposible de relatar aquí, incluso alguna que no llegó a usarse, balas que el abogado mantenía en la recámara.

Capítulo aparte, Odyssey contrató a dos reputados scholars para dañar el prestigio de O’Donnell: Rodney Carlisle y William Flayhart. La batalla fue total, contra sus libros y sus conclusiones. Ese y otros sinsabores —además del esfuerzo— no han sido agradecidos. Por ello, concluye: «Aspiro a un reconocimiento personal».

Gran parte de la documentación que demostró que la Mercedes era un buque de Estado fue hallada por la Armada en sus archivos. El almirante Teodoro de Leste encargó el zafarrancho archivístico, que ha concluido su sucesor en la dirección del Museo Naval, Gonzalo Rodríguez González-Aller. Desde los Archivos de la Armada demostraron que la flotilla partió por encargo de Carlos IV, y aportaron al tribunal la carta de Godoy y un sinfín de documentos desde la descripción de la carga y tripulación hasta los relatos de los supervivientes. Por ello, el sumario de Tampa es también un libro de historia. Pero González-Aller no se limitó a los archivos. Se movilizaron contactos con la Navy a todos los niveles tejiendo una red de interés mutuo: «Hay un valor patrimonial obviado por Odyssey y además son las tumbas de nuestros héroes», subraya el almirante.

Su papel en esta historia tiene mucho más de futuro que de pasado. Vivió con paciencia el nacimiento de un plan nacional, el de César Antonio Molina, el ministro más motivado en la defensa del Patrimonio sumergido, y la impugnación de las autoridades andaluzas a la colaboración con la Armada. Logró superar los problemas y convencer a casi todos de que la Armada debe tener un papel importante en esta historia («un pecio es arqueología pero también historia militar», asevera). Aun así, los arqueólogos de Cultura y las Autonomías dejaron a la Armada fuera de sus planes, definidos en un «Libro verde».

Pero Odyssey también tenía ases en la manga. Se esforzó por demostrar que la Mercedes llevaba fortunas privadas y era en realidad un mercante. De hecho reunió a descendientes de los afectados por el naufragio en una demanda paralela cuyo abogado era David Paul Horan, el «cerebro» jurídico de la industria cazatesoros desde tiempos de Mel Fisher, que pensaba abrir así una nueva veta de futuro al negocio. Pero no se salieron con la suya gracias al empeño de un sencillo abogado español, José María Lancho, que no paró hasta encontrar las pruebas de que España ya había indemnizado a los descendientes. No se lo pidió nadie, pero se las entregó a las autoridades. Los cazatesoros no lo encajaron bien cuando Goold salió con la documentación que, asumida por el tribunal en la sentencia, ha cerrado su acceso a los buques de Estado actuando por encargo de herederos de los naufragios. Lancho se ha convertido en uno de los referentes jurídicos para el patrimonio sumergido y representa en el juzgado de La Línea a los arqueólogos malagueños de la empresa Nerea, acusación popular contra los presuntos expolios de Odyssey. Aun así, ni su esfuerzo ha sido reconocido públicamente hasta hoy, ni su asesoría. Al contrario, la historia se repite, da la impresión de que la sociedad civil molesta.

Que se lo digan a Javier Noriega, arqueólogo de 38 años, ejemplo de emprendedor que fundó Nerea (spin-off de la Universidad de Málaga) que ha merecido en 2009 el sello europeo de responsabilidad social. Tecnología y arqueología 100 por 100 españolas, y una conciencia cívica a prueba de desdén público que ayudó mucho en el caso. En 2002, un colega británico, George Lambrick, había denunciado los contratos de Londres con Odyssey ante la Unesco y auguraba que acabarían en expolios. Javier recoge el testigo y comienza a denunciar desde 2003 la presencia de los cazatesoros en España. Realizó informes para Cultura, colaboró con la Guardia Civil, y cuando se hartó de la aparente impunidad de Odyssey decidió personarse en el juicio de La Línea, lo cual le ha costado bastante dinero y disgustos. Se demostró que Lambrick tenía razón y por eso quiere que se investigue qué más pasó entre 2001 y 2007, por qué dejamos que estuvieran en nuestras aguas. Y rompe una lanza por la participación de las empresas españolas en la incipiente industria cultural que posibilitaría un plan de patrimonio sumergido ambicioso. Cree tanto en el futuro que preside la Asociación de Jóvenes Empresarios de Málaga.

Aún hay más. Antonio Muñoz es un ecologista algecireño de 53 años que trabaja en el Hospital Punta Europa, en mantenimiento. Lleva desde 2002 los asuntos de tráfico marítimo (cien mil buques al año) en el Estrecho para Ecologistas en Acción/Verdemar. Él también trajo la conciencia al caso Odyssey. Desde su casa utilizaba prismáticos y, junto a Lorenzo Sarmiento, el entonces pionero sistema AIS vía satélite para seguir barcos. Pronto le llamó la atención uno que hacía «cosas muy raras»: el «Odyssey Explorer». Era 2003, los pescadores le avisan de que «bajan máquinas al agua en el Mar de Alborán». El barco operaba en medio de las rutas y por ello Muñoz empieza a poner denuncias en Fomento. No se queda ahí. Ofrece los datos a Cultura y a la Guardia Civil. Un día le pregunta un agente: «¿Y tú qué pintas en esta historia?» Nunca olvidará su respuesta: «Soy un ciudadano y me indigna lo que está pasando sin que nadie haga nada». Él puso una de las primeras denuncias contra Odyssey en La Línea. «He sufrido mucho —confiesa a ABC— No me creían cuando decíamos que se llevaban monedas. Un día me acerqué a Magdalena Álvarez en Algeciras para decírselo. Y me miró… —un silencio— como si yo fuera un loco que no tenía derecho ni a acercarme». Tras el escándalo, «la Junta quiso apuntarse un tanto. Y en Cultura sabían lo que pasaba». Ahí no acaba la cosa: «Me sentí vigilado, perseguido. Dejaron de permitirme el acceso a Gibraltar; a mí, al humilde ecologista que les daba por saco... ¡les hacía bajar en la bolsa!».

Y desde 1998, en el principio de todo, está Lorenzo Sarmiento, Pipe para los amigos. Sin él estaríamos ciegos. Durante años navegó en su velero de recreo, persiguiendo a los barcos de Odyssey junto a su esposa, Magdalena, haciendo fotografías y vídeos de las andanzas de los cazatesoros. Las mejores imágenes que existen de ellos en el Estrecho son suyas y han dado la vuelta al mundo. Él logró que los medios nacionales informaran de lo que pasaba, desde que contó a Santiago Mata la salida del avión con las monedas. Algo que molestó en muchos despachos, más preocupados por cómo salían los políticos en la foto. «Seis años de soledad terrible, nadie nos hacía caso, íbamos muertos de miedo, y la Guardia Civil nos advertía que no nos arrimásemos tanto al barco, pero yo soy curioso: ¿qué estaban haciendo?», se pregunta este abogado maritimista con 35 años de profesión y patrón de barco desde 1981.

«Soy abogado, que nadie crea que me dedico a perseguir barcos —se ríe—. El velero es mi hobby». A pesar del miedo, «ha sido un placer y estoy satisfecho. Lo importante es el futuro, saber que nunca va a volver a pasar». También ha sufrido: «Éramos molestos, yo sentí mi teléfono intervenido».

Ojalá las autoridades sean sensibles con estos hombres que, sin tener obligación, pusieron datos relevantes en manos del Estado que han hecho posible esta gran victoria.

Los seis héroes

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