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Críticas de los estrenos del 28 de octubre

ABC te desvela las claves de los estrenos de la cartelera

Día 28/10/2011 - 02.18h

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«Las aventuras de Tintín: el secreto del unicornio»

POR FEDERICO MARÍN BELLÓN

Los títulos de crédito de Tintín no son el habitual vestíbulo de entrada a una película. Como empresario a la vieja usanza, Spielberg sale a la puerta, te agarra por las solapas y te lanza de cabeza a un carrusel desenfrenado. La cinta entera es una demostración de músculo. No caben ni las comparaciones con otros intentos por filmar al héroe de Hergé. Porque puede, porque no repara en gastos y porque tiene un director de la segunda unidad que se llama Peter Jackson (se supone que en la próxima cambiarán las tornas), Spielberg llega a abusar en su alarde, con Zemeckis mordiéndose las uñas. Nuestro protagonista no tiene tacha, los secundarios están inmensos y el villano es poderoso, con una mascota casi humana y, desde luego, más despierta que ninguno. Se echa de menos, en cambio, algún personaje femenino. Ahora que le buscan las cosquillas a Hergé por sus incorrecciones de la época, sorprende que Spielberg no le apañe una novia al muchacho. En fin, todo es tan perfecto que apenas queda espacio para nuestra imaginación lectora (lo dice un paleto en tintinología). Spielberg pasa las páginas como un poseso, sin dejarnos tiempo para reparar en detalles. Y no es por esconder defectos, que no los tiene. Otro minúsculo pero: resulta imposible bajarse de la montaña rusa de sus escenas de acción superlativas. Con el tebeo en las manos uno puede marcar el ritmo, recuperar el resuello; aquí tiene que aceptar el que nos impone el genio. Spielberg, en definitiva, es como el dueño de la pelota en el patio del colegio, solo que aquí la escuela entera es suya y el balón es teledirigido. El 3D, por otro lado, no aporta gran cosa ni en las manos de quien sabe usarlo, aunque lo mismo decían los listillos del sonido y del color. Respecto a la técnica esa de enterrar a los actores en plastidecor, es cierto que queda vistosa, pero le sigue costando transmitir emociones. Le pasó a Nicole Kidman, con las operaciones.

«Criadas y señoras»

POR F. MARÍN BELLÓN

En inglés se titula literalmente «La ayuda», con diversas connotaciones y matices, aunque en España hemos aplicado el habitual astigmatismo televisivo para que los tontos se enteren de qué va la fiesta. «Criadas y señoras» retrata la rebelión sureña de una generación de mammies o niñeras negras que se atrevieron a contar en un libro, con ayuda de una joven blanca, las intolerables discriminaciones a las que eran sometidas hasta hace cuatro días. O medio siglo. Chata desde el punto de vista de la dirección, lo contrario que el Tintín de Spielberg, la película acierta sin embargo en su pegada emocional, pese a que Tate Taylor tiene el sorprendente buen gusto de no apurar el melodrama con fáciles escenas de sufrimiento. A cambio, cuenta con una Viola Davis portentosa, y muy bien acompañada. No es casualidad que la cinta liderara la taquilla estadounidense durante varias semanas, como ya hizo la novela. Parece que el público está en el momento justo de maduración para contemplar con benevolente distanciamiento histórico los pecados raciales de sus padres. Entre las contradicciones de estos, chocan los prejuicios sanitarios de las adineradas amas de casa blancas con unas mujeres que se pasaban el día abrazando y vistiendo a sus rubios bebés. Como es obvio, se trata de una película de actrices y de mujeres, en el mejor sentido de la expresión, una obra de sentimientos y corazones indomables que también triunfará en España, aunque llegue algo tarde. El director, que tendrá poca experiencia pero no es tonto, no pisa ni un charco en el que quepa media oportunidad de ahogarse. Steven Spielberg, por seguir siendo odiosos, habría pintado el drama de color púrpura, pero estas criadas y señoras se bastan para diversificar la cartelera, que no es poco.

«Eva»

POR JOSÉ MANUEL CUÉLLAR

Una película española que no trata sobre la guerra civil, lo que es un hecho meritorio per se. Pero, más allá de eso, estamos ante la obra novel de Kike Maíllo, sacada casi de un taller de estudio con la casi totalidad de su equipo. Es posible que sea esa la causa por la que la película desprende una agradable calidez dentro de un trabajo serio y sólido que se sale de la corriente generalizada de los robots transgresores de la vida humana. Aquí todo discurre en una apacible concordia y el desasosiego viene más dado por las relaciones humanas, reflejadas en el personaje de Brühl, que por el cruce de vidas híbridas. En esa compleja relación con la familia de su protagonista, Maíllo traza un círculo de sentimientos paralelos que enriquece el resultado global. Hay mucha ternura en la filmación y una gran complicidad con todos los aspectos de la obra, acompañado de un final sorprendente y emotivo. Un bonito trabajo de Maíllo con gran mérito en su quehacer.

«Tímidos anónimos»

POR OTI RODRÍGUEZ MARCHANTE

Ahí descubrimos, en el título, al personaje protagonista: en una terapia de grupo a la que acuden las personas con problemas de timidez. Se llama Angelique y es experta chocolatera y de una candidez ameliniana. Es una película francesa, dirigida por el veterano Améris con un sentido del humor que destroza cualquier barrera que le ponga el espectador más espinoso, esencialmente por la presencia del otro protagonista, el singularísimo Benôit Poelvoorde, tipo con cara de final de chiste y eficacia cómica deslumbrante. «Tímidos anónimos» es una historia romántica más allá de cualquier tópico, en especial en su presentación y desarrollo, tan fresca y enternecedora como sumamente divertida (hay varias escenas entre ellos que provocan una risa húmeda y una incomodidad crujiente). Tal y como se exponen las leyes del buen chocolate, en su mezcla de dulzura y amargor, Améris aplica aquí una receta similar, como si buscase tanto el paladar como el corazón.

«Dime con cuántos»

POR J. CORTIJO

Anna Faris es una jabata de la comedia, capaz de salvar bodrios con su gracejo elástico, mezcla de Goldie Hawn, Lucille Ball y Tamara Falcó. Un tirabuzón sin red que ejecuta de nuevo en esta comedia blanca y sin corteza a la que se le ve el truco a la primera. Su presunta incorrección testosterónica al servicio de las damas (vuelta de tuerca que ya atufa) queda diluida cual azucarillo al comprobar la obsesión real de la casquivana protagonista: cazar a un buen espécimen masculino para llevarlo al altar como Dios manda. Evidentemente, cuando entra en escena el «macizo next door» de la gachí (un refrescante Chris Evans en escorzo de nalga), la audiencia femenina respira tranquila y empieza a imaginarlo vestidito de chaqué y oro. Pero Faris es mucha Faris, y la tía tropieza, gambea y gambitea, pelea a lo chicazo, juega a los dardos con deje de las islas y sale airosa de gags vaginales e internautas con bastante arte. Mas sí, ya va mereciendo algo mejor la pobre.

«El niño de la bibicleta»

POR OTI RODRÍGUEZ MARCHANTE

La magdalena del argumento sólo podría mojarse en el caldo del melodrama: un niño busca desesperadamente el amor huidizo de su padre, que lo ha abandonado en un hogar de acogida. Y sólo el dedo de hielo de los hermanos Dardenne podía remover ese caldo melodramático hasta convertirlo en un sólido grumo en el que las emociones y los sentimientos flotan puros, sin adulterar, en su justa proporción de drama, rabia, proximidad, desgarro y, sorprendentemente, esperanza, que es una palabra poco usual en el diccionario de estos directores belgas. Y es como si la bicicleta le diera otro ritmo a esta película de los Dardenne, aunque su personaje protagonista, ese niño airado y desairado, tenga tanto que ver con otros anteriores de ellos en películas sin resquicio a la luz, como «Rosetta» o «El hijo» o «El silencio de Lorna». Aquí abren un boquete y dejan pasar la luz, aunque sólo sea a través de ese personaje maravilloso y necesario que interpreta Cécile De France, su ángel de la guarda. Tal vez la idea central sea el inconformismo, la no resignación de ese niño a aceptar sin una pelea a muerte el rechazo de su padre, lo cual es ya una declaración de principios que reniega del principìo y fundamento de los Dardenne: la fatalidad. Pero no todo es novedad y transformación de la esencia de su cine: no hay explicaciones ni justificaciones ni condolencias y te estampan la historia en la cara como un papel mojado. Lo que hay en ella de acogedor y emotivo se lo trabajan por su cuenta el encanto de Cécile De France y la razonable y antipática ira de ese niño que interpreta el asombroso Thomas Doret, que es como el tacón de un bailaor.

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