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Un polvorín llamado Lavapiés

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Tres graves amotinamientos de los «indignados» contra la Policía este mismo mes de julio han puesto al barrio en máxima alerta. Imperan el miedo y la ley del silencio

Día 04/08/2011
Nadie en Lavapiés se atreve a hablar de miedo. Prefieren llamarlo prudencia. Un «a mí, ni me va ni me viene» que recorre palmo a palmo la zona, desde la plaza de Tirso de Molina hasta casi la glorieta de Embajadores. Pero aquí, en este barrio madrileño, impera la ley del silencio. Es un silencio ensordecedor, eso sí, impuesto por cientos de «indignados» que han «okupado» muchas viviendas del barrio y que, a la voz de todos a una, ya han protagonizado tres graves enfrentamientos con la Policía este mes de julio. Los pocos vecinos que se atreven a dar su opinión insisten es que «esto es un polvorín a punto de estallar».
Un polvorín llamado Lavapiés
Un nutrido grupo de inmigrantes subsaharianos, en la plaza de Tirso de Molina, lugar habitual de sus reuniones

Manuel y Antonio, dos ancianos que habitan aquí desde su infancia, permanecen sentados en un banco de la mismísima plaza de Lavapiés. Está cayendo la tarde pero todavía hace mucho calor. Ambos presenciaron el altercado del pasado 5 de julio cuando la Policía Nacional retuvo a un inmigrante, de raza negra y sin documentación en regla, que intentó colarse en el Metro sin pagar.

«Fue visto y no visto. Yo pasé miedo», dice Manuel. «Se formó una buena en menos de nada. La Policía trataba de identificar al que no quería pagar en el Metro y, no se sabe cómo, empezó a salir gente de todas partes, de todas las calles, gritando contra los agentes», asegura este anciano. «Eran casi las ocho y media de la tarde. Los había de todos los colores y de todas las pintas. ¡Para qué nos vamos a engañar!», añade.

Antonio, su vecino, es parco en palabras. No quiere contar mucho aunque asiente con la cabeza a lo que dice su compañero de banco. «Lo que yo sé es que están metidos en las casas. Muchos, apelotonados. Españoles y extranjeros. A la mínima de cambio, se plantan aquí y, sin razón, se enfrentan a la Policía», comenta.

Lo que pasó ese 5 de julio quedó en la retina de Antonio y Manuel. Cientos de jóvenes, convocados por el twitter oficial de los Acampados de Sol se enfrentaron en la plaza de Lavapiés a la Policía Nacional que intentaba, como decimos, identificar a un inmigrantes que se había propuesto viajar en el suburbano sin pasar por taquilla. «Redada contra inmigrantes ahora mismo en Lavapiés ... ¡Ayuda! Vamos a impedirlo». Ese fue el mensaje en las redes sociales que se corrió como la pólvora. La muchedumbre insultó a los agentes que, ante la avalancha, desistieron de realizar su cometido y abandonaron el lugar. Al rato, júbilo de los «15-M» y mosqueo entre los vecinos de ley.

«Tenemos que aguantar»

Siete días después, la historia se repite. El martes 12 de julio, los acorralados fueron Policías Municipales. Los «indignados», bastante sobrados y subiditos de tono, protagonizaron otra rebelión. Esta vez trataron de impedir la detención de un senegalés que traficaba con droga. Los vecinos de toda la vida están hartos de que, desde la Delegación del Gobierno, no se ponga coto a las actuaciones ilegales de los «indignados». «Pero nos tenemos que aguantar», dice la dependienta de un comercio textil de la plaza de Lavapiés.

En un «suma y sigue» que el Ministerio del Interior no se atreve a frenar, el miércoles 27 de julio nuevo altercado. De nuevo 300 personas, la mayoría «indignados» y «perro-flautas», se encaran con agentes de Policía Nacional cuando éstos intentan detener a un delincuente —de origen senegalés— acusado de lesiones a otro vecino del barrio. Al «sospechoso» que se intentaba «salvar» era un viejo conocido de la Policía y acumulaba nada menos que 38 antecedentes policiales. Los agentes soportaron agresiones, lanzamiento de objetos, insultos y escupitajos.

Y, ahora, la pregunta del millón: ¿Cómo es posible que acuda tanta gente y en tan poco tiempo a la llamada del amotinamiento? Hay varias pistas. Es un secreto a voces que muchos «indignados» viven por aquí. Algunos «okupan» viviendas e, incluso, edificios enteros. Es el caso, por ejemplo, de uno en la calle de Embajadores, en la acera de los pares, casi enfrente del Mercado de San Fernando y muy cerca del Instituto de Enseñanza Secundaria «Cervantes».

Además, y esta es la segunda pista, también está muy cerca el antiguo edificio de Tabacalera, que ocupa tres portalones en la acera de los impares. Casualidades de la vida, este edificio está cedido por el Ministerio de Cultura a organizaciones «juveniles y culturales» que hacen aquí de su capa un sayo. Decir que este edificio es una de las principales guaridas de los «indignados» podría herir alguna sensibilidad. Lo que sí está claro, porque hay carteles y pasquines pegados en las paredes, es que el «15-M» desarrolla aquí muchas de sus reuniones y «actividades asamblearias». No pagan alquiler del local, por supuesto.

Marginación y trapicheo

Lavapiés vuelve a ser uno de los «puntos calientes» de Madrid. De nuevo, en la palestra informativa. Y por nada bueno, como es habitual. Ahora, por culpa de las algaradas de los «indignados». Este barrio, especie de «Torre de Babel», sigue siendo caldo de cultivo para la marginación y el trapicheo de drogas. Según fuentes policiales, el 80 por ciento de la droga que se mueve entre Lavapiés y Tirso de Molina la llevan extranjeros.

Sí es cierto que ha descendido el número de peleas. Pese a la abundancia de nacionalidades (chinos, senegaleses, turcos, marroquíes, argelinos, indios, y paquistaníes entre otros), las calles, aunque sucias, están más tranquilas. Se ha impuesto ya el «vive y deja vivir». Por eso, los pocos españoles y madrileños castizos que quedan aquí (la mayoría, de avanzada edad), ven con agrado la presencia policial y se ponen de uñas cuando los «indignados» impiden que los agentes cumplan con su cometido. No quieren un Lavapiés más gueto de lo que ya es.

Entre los extranjeros, hay división de opiniones. Comprensible. Están a gusto con el control y la patrullas policiales los que sí tienen su documentación en regla. Les espanta a quienes no la tienen y no dudan en señalar que «eso es ilegal».

«Esos son más malos»

Mohamed —así dijo llamarse—, nos acompañó un buen tramo de nuestro recorrido por Lavapiés lamentándose de que él no tenía papeles. «Tampoco me importa ya. Llevo en España seis años. Si me pillan, me devuelven a Marruecos», repetía una y otra vez mientras señalaba a un grupo de senegaleses. «¡Ves. A esos no les pasa nada. Van tan panchos. No se esconden y son los más malos. A nosotros sí que nos controlan. ¿Es justo?», insistía este joven al que dejamos a punto de entrar en una especie de «casa de juegos» con karaoke.

Y mientras, allí arriba, en Tirso de Molina, persiste la degradación. Prostitutas que hasta se exhiben medio desnudas en los balcones y las que, a pie de calle, charlan con borrachos mugrientos y empapados en su orín. Ni los seis puestos de flores que hay evitan el hedor. Será cosa del calor.

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