Para empezar el diálogo con el filósofo abordemos esa felicidad obligatoria que tiraniza nuestra sociedad del espectáculo y crea tanta frustración humana. Y el filósofo advierte que no hay que confundirla con el desarrollo personal de los manuales de autoayuda: «Spinoza y Epicuro han envejecido menos que una revista de hace seis meses», ironiza. La felicidad, prosigue, «preocupa a la Filosofía desde sus orígenes pero existe el peligro de priorizarla sobre el sentido de la realidad, la verdad. Y entre felicidad y verdad, el filósofo opta por la verdad».
Filósofo de guardia
Nos encontramos ante un filósofo de guardia, tan capaz de explicarnos los presocráticos como de ayudarnos a sobrellevar el reto existencial de una tarde de domingo: «Esperamos toda la semana el descanso y cuando llega el domingo nos aburrimos y deprimimos. Schopenhauer decía que se desea lo que no se tiene y se sufre; y, cuando ya se tiene, ya no se desea... Es el péndulo entre el sufrimiento y el aburrimiento. Mi consejo sería desear lo que tenemos: el sabio ama lo que es real y no necesita soñar con lo que no tiene, ¡hay que pasar de Schopenhauer a Spinoza!».
En una buena conversación, no todo son acuerdos. Y este cronista pone reparos a un escrito de Comte-Sponville sobre el relativismo de Montaigne, a quien considera «el escritor más singular y universal que ha dado Francia». ¿Montaigne relativista?, inquirimos... «No confundamos», replica el filósofo, consciente del sentido peyorativo del relativismo tras la orgía posmoderna: «Afirmar que todo es relativo se refiere a que los valores morales, según cada civilización, son diversos. Pero la verdad objetiva no es relativa: estamos aquí hablando usted y yo, la tierra es redonda y no plana, eso no está sujeto a ningún relativismo...» Conclusión: relativismo de los valores, no de la verdad demostrada: «Nietzsche era relativista en valores y en verdad y Spinoza sólo respecto a los valores. Por eso, hay que diferenciar relativismo de nihilismo. Lo primero es decir que los valores son relativos; lo segundo, que no hay valores y no hay nada que defender».
El placer de vivir —el título original del libro era «El gusto por la vida»— no equivale a la «ataraxia» de la filosofía griega. La ataraxia, subraya, «excluía el sentido trágico de la vida, una visión, por cierto, muy española y que admiro de Unamuno. El sentido de la Filosofía es amar la vida, y no porque la vida no sea atroz para muchas personas, sino en la medida de que sea buena. Y volvemos al relativismo de Spinoza: No deseamos una cosa porque es buena, la deseamos en la medida en que la juzgamos buena». O sea que el valor de la vida depende del deseo, objetamos: «El valor de la vida depende del amor a la vida», apostilla Comte-Sponville.
Ateo no dogmático
Un filósofo que se declara ateo y mantiene entre sus lecturas de cabecera el «Eclesiastés». «Soy ateo no dogmático» —aclara— «porque el ateísmo es una creencia más, no un saber. Y un ateo fiel, porque asumo valores morales de las tres grandes religiones, sobre todo la judeocristiana». En plena Cuaresma, Comte-Sponville lamenta que en esta sociedad se hable más del Ramadán y muchos cristianos se pasen al budismo... «El islam no será un problema si se integra en la sociedad laica y respeta la separación entre Iglesia y Estado. En cuanto al budismo, me merece mucho respeto. Para un ateo como yo puede resultar atractivo porque no hay Dios, pero no me voy a afeitar la cabeza ni ponerme hábito azafrán... Es mejor profundizar en el surco de la civilización que define Occidente: la judeocristiana». Una tradición que Francia y Bélgica no quisieron incorporar a la Constitución. Comte-Sponville lo ve como una forma «estrecha» de laicidad: «El origen cristiano de Europa es una evidencia histórica. Si Europa ignora sus raíces cristianas dejará de ser una civilización para ser solo un mercado».








