Actualizado Domingo, 04-10-09 a las 01:16
Una sinfonía napoleónica inundó Madrid. De principio a fin. Sebastián Castella se ha consagrado, sería el cable telegráfico. Como figura del toreo, la coda. El verso definitivo a la temporada grande de un francés en tierra extraña. La rima de la izquierda estalló en fuegos profundos, no artificiales ni artificiosos. De verdad. Sinceramente, como uno nunca le había admirado.

Una zurda así rubrica un año pletórico. La tarde completa que ofreció Castella. Cuando por marzo, en Fallas, el arriba firmante apostó —«Le Coq ha vuelto»—, le llovieron palos. Me alegro. De los palos. Su segunda Puerta Grande venteña en cinco meses los deja ahí de cortos para un toreo tan largo. Ayer Castella holló la cumbre y el esplendor con un tercer toro de Núñez del Cuvillo, suelto de los tercios previos, a su aire, con su tranco, y superó todos sus registros artísticos. Bien Curro Molina en un par y desigual en el otro.

El galope del toro volvió a verse en tres pases cambiados por la espalda, tres, librados con un hermoso recuerdo lasernista de flores y Llopis. Y desde entonces fluyó el río al natural, ligado, por abajo, por donde es el toreo, vaciado por donde las embestidas arrastran las babas en el albero. ¡Qué extraordinario binomio! «Ventanero» y Castella. La derecha francesa no igualó pero sí mantuvo el ritmo de una faena precisa, Sébastien que siempre peca de faenas extensas. Las musas valientes iluminaron una espaldina y las lindas, una muñeca cosida en espacios milimétricos para hacer del recuerdo de Ojeda una realidad incluso más sutil: Sebastián Castella desprende un aire de niño frágil al que le arrastran los cojones. No fue la trenza al uso, sino más elegante.

Por las espinillas, una trincherilla; por la cadera, el desprecio; por el pecho, la soberbia. Un rugido de admiración ante el ídolo que no se mueve. Unos pases de costadillo. Un volapié recto. De cartabón para los perfeccionistas de la colocación. La faena de la temporada en Madrid. Dos orejas inapelables. Pero es que en el sexto, que cambió antes de mediar la faena a peor, Le Coq ofreció una dimensión de máxima cotización, de figura. Julio Aparicio había salido a hacer el quite del perdón, por el buen cuarto que se le había escapado; un quite que una mayoría no sabe que le correspondía, escuela de Pepe Luis en las tardes de nubes negras. Y fueron dos verónicas y una media de redención para Aparicio. Castella aguantó los parones en parón de macho. Péndulo y valor para sacar a flote el toro. Si no falla con la espada, hablamos de una tercera oreja de Puerta del Príncipe.
Morante fue todo apuntes con un jabonero descompuesto, vivaz e incómodo. Y hombre breve con el genio del quinto. Como Julito con un flojo ensabanado de apertura de caídas fuerzas y carnes. La carne es débil...

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