Lope de Vega y Micaela de Luján en una escena de la película «Lope», protagonizada por Alberto Ammann
Lope de Vega y Micaela de Luján en una escena de la película «Lope», protagonizada por Alberto Ammann - abc
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La manchega que enamoró a Lope de Vega

Las composiciones que el escritor dedicó a su amante se cuentan entre las mejores de la lírica española

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La amante que inspiró los más encendidos versos de amor al Fénix de los Ingenios, la que enseñoreó su corazón durante una década y le dio siete hijos, fue una bella actriz nacida probablemente en un «lugar pequeño» de las estribaciones manchegas de Sierra Morena.

Se llamaba Micaela de Luján y ha pasado a la Literatura como «Camila Lucinda» o simplemente «Lucinda», sobrenombres poéticos con los que Lope de Vega la convirtió en musa de su inspiración cuando él contaba unos treinta y siete años de edad y ella alrededor de treinta.

Las composiciones que Lope dedicó a «Lucinda» se cuentan entre las mejores de la lírica española, y su amorosa evocación fue la que más intensa huella dejó en la obra del poeta.

A sus encantos, Lope ofrendó los epítetos más ardorosos: «Belleza singular», «Etna de amor», «sol de hermosura», «estrella celestial», «hermosura inmortal»…, si bien los documentos notariales, en su implacable prosaísmo, nos informan de un dato que reduce su figura a dimensiones más humanas: Micaela no sabía firmar con su nombre.

De su analfabetismo se ha deducido que Micaela de Luján debió de ser una mujer ignorante e incluso una actriz mediocre, lo que seguramente es una apreciación injusta que merece revisión. Así, un autor contemporáneo, el doctor Cristóbal Suárez de Figueroa, en su libro «Plaza universal de todas ciencias y artes», menciona a Micaela Luján entre los «prodigiosos» actores y actrices de su tiempo. Por su parte, Lope no solo exaltó su belleza sino que también ponderó su inteligencia con epítetos como «ingenio raro» y «entendimiento claro», además de ensalzar su elocuencia refiriendo que hablaba «con palabras tan graves y prudentes / que es gloria oíllas, (…) / con vivo ingenio y tono regalado».

Signo de su ferviente amor, Lope anteponía en la firma de sus escritos una «M» mayúscula, «porque es uso en corte usado,/ cuando la carta se firma,/ poner antes de la firma/ la letra del nombre amado».

El origen manchego de Micaela se ha sostenido en base a un poema titulado «Serrana hermosa», escrito por Lope de Vega a modo de epístola autobiográfica con ocasión de un viaje que el poeta hizo de Sevilla a Toledo en 1602: «Llegué, Lucinda, al fin, sin verme el sueño / en tres veces que el sol me vio tan triste, / a la aspereza de un lugar pequeño / a quien de murtas y peñascos viste / Sierra Morena, que se pone en medio / del dichoso lugar en que naciste».

De estos versos se ha inferido que Micaela de Luján pudo nacer en un lugar al norte de Sierra Morena, más concretamente en el entorno del Viso del Marqués por situarse éste en la antesala del puerto de Despeñaperros. Pero, a decir verdad, dicho puerto se abrió en el siglo XVIII, por lo que Lope, en nuestra opinión, debió de utilizar el clásico Camino Real de Sevilla a Madrid que pasaba por Almodóvar del Campo y atravesaba Sierra Morena por la zona de Fuencaliente.

Por su parte, José María de Cossío conjeturó en 1928 que la patria de Micaela pudo ser Espinosa de los Monteros, en la sierra norte de Burgos, basándose en un pasaje de la obra de Lope «Los esclavos libres»: «Belaida: ¿De dónde eres? Lucinda: Española. / Bel.: (…) ¿De qué parte? Luc.: De Castilla. / Bel.: ¿De qué lugar? Luc.: De Espinosa / de los Monteros. / Zarte: Es villa / por sus hidalgos famosa. / (…) Bel.: ¿Tienes padre? Luc.; Un capitán. / Bel.: ¿De qué apellido? Luc.: Luján».

La alusión es explícita, pero resulta obvio que se halla incardinada en un contexto de ficción, donde el personaje de «Lucinda» encarna la hidalguía castellana y, por lo tanto, se le adorna con la raigambre de la villa hidalga por excelencia. El mismo texto lo subraya: «Es villa / por sus hidalgos famosa».

Sin que ninguno de los textos sirva para cerrar definitivamente el debate, por nuestra parte pensamos que se debe conceder mayor cuota de veracidad al que tiene entidad autobiográfica por encima del que presenta un carácter de invención literaria.

Lope y Micaela se conocieron en Toledo o, al menos, ahí comenzaron sus amores, como parece confirmarlo el propio Lope en unos versos de la epístola Serrana Hermosa: «Bajé a los llanos de esta humilde tierra, / adonde me prendiste y cautivaste, / y yo fui esclavo de tu dulce guerra. / No estaba el Tajo con el verde engaste / de su florida margen cual solía, / cuando con esos pies su orilla honraste».

El mismo poema refleja que Toledo era para Lope el escenario evocador de sus amores con Lucinda: «Del tropel acudieron las memorias, / los asientos, los gustos, los favores; / que a veces los lugares son historias; / y en más de dos que yo te dije amores / parece que escuchaba tus respuestas, / y que estaban allí las mismas flores».

Conocemos felizmente, gracias a unos versos autobiográficos de «Rimas Humanas», que fue la víspera de la Asunción, el 14 de agosto (de 1599, según Américo Castro), «cuando Amor me enseñó la vez primera / de Lucinda en su sol los ojos bellos, / y me abrasó como si rayo fuera».

El encuentro pudo producirse con motivo de alguna representación que la compañía en que actuaba Micaela de Luján realizara en el Mercado de la Fruta de Toledo. No era, ciertamente, la primera vez que Lope se enamoraba, pero, según su confesión, el flechazo de Micaela excedió a todos los anteriores: «Que otras veces amé negar no puedo (…) / Mas esta vez (…) al pasado amor amando excedo». («Rimas humanas»)

Micaela de Luján estaba casada con un comediante llamado Diego Díaz de Castro, del que ya tenía por entonces dos hijos. Sin que sepamos la causa, el marido embarcó al Perú en 1596 y allí murió siete años después. En este tiempo, al parecer desde 1599, Micaela y Lope se entregaron a una relación de la que les fueron naciendo siete hijos en los cerca de diez años que duraron sus amores.

Poco antes, en 1598, Lope -viudo a la sazón- se había casado por segunda vez, en un matrimonio de conveniencia, con Juana de Guardo, hija de un rico abastecedor de la corte madrileña. Mientras Juana residía en la capital del reino, Micaela permanecía en Sevilla, a donde Lope la visitaba y convivía con ella durante largas temporadas.

Cuando en 1603 muere el marido de Micaela, Lope reúne a sus dos familias en Toledo. Con este motivo, arrienda, en agosto de 1604, una casa en el barrio de San Justo para su mujer legítima, que está a punto de dar a luz, y otra en el cercano barrio de San Lorenzo para vivienda de Micaela y sus hijos.

En Toledo, Micaela da a luz a Marcela, que fue bautizada el 8 de mayo de 1605 en la iglesia de la Magdalena, si bien se la inscribió como «hija de padres no conocidos», ocultación bastante cínica porque en la pública ceremonia participaron de testigos varios poetas del entorno de Lope y ofició el bautismo su gran amigo José de Valdivielso, capellán mozárabe de la catedral, secretario del cardenal don Bernardo Sandoval y Rojas, y notable literato. ¿Por qué -nos preguntamos- este cínico secreto a voces? Cabe entender que en razón de las «buenas formas» debidas a la cercanía de su mujer legítima. Sólo dos años después, el siguiente de los hijos de Lope y Micaela, Lope-Félix, fue bautizado sin reservas como hijo de Micaela de Luján y Lope de Vega. La diferencia venía marcada por el hecho de que su mujer legítima seguía residiendo en Toledo y el bautizo tuvo lugar en Madrid. Es el caso que Marcela llegó a ser la hija favorita de Lope de Vega e ingresó monja en el convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid, donde demostró poseer una parte del talento literario de su padre.

No mucho después de 1508 debió de producirse la ruptura definitiva entre los amantes porque ya no vuelve a aparecer el nombre de «Lucinda» en la obra de Lope. Es posible que una anotación del Libro de Difuntos de la toledana parroquia de San Miguel se refiera a ella cuando registra que en 1612 vivía en dicho barrio una mujer llamada Micaela Luján. El documento dice: «Micaela Luján, sola, que vive en el callejón de Córdoba…», hoy, supuestamente, el callejón del Horno de los Bizcochos. El documento revela que esta Micaela Luján tenía una criada negra de nombre Elvira, cuya hija muere el 24 de septiembre de 1612, por lo que Micaela hace una donación para la compra de ornamentos fúnebres destinados al sepelio.

¿Sería esta «Micaela Luján» la «Lucinda» que inunda de hipérboles apasionadas los versos de Lope? Hoy por hoy, no puede asegurarse; la muerte de Micaela y gran parte de su vida siguen siendo un enigma, aunque esta supuesta manchega ya tiene su nombre inscrito en la historia de la Literatura, gozando de un puesto de honor en el disputado podio de las musas españolas.