ANÁLISIS

Sekiro: Shadows Die Twice: más que un videojuego es un reto para valientes

El videojuego toma elementos de Dark Souls y Bloodborne para llevar al jugador a una exigente y desafiante Japón feudal

MADRIDActualizado:

En el Japón feudal, los códigos de honor y las relaciones con la aristocracia eran férreas. Un estilo de vida. En la tradición japonesa, el bushido representa «el camino del guerrero». Un código ético estricto al que muchos samuráis entregaban sus vidas. Exigía lealtad hasta la muerte. Bajo esta atmósfera repleta de fantasía se sitúa «Sekiro: Shadow Die Twice». Un videojuego que tiene más de desafío que de entretenimiento.

No es de extrañar a sabiendas de los «padres» de la criatura, From Software. Un estudio de culto que ha estado detrás de exigentes juegos como Dark Souls o Bloodborne, que le permitió llevar su ágil combate a la fantasía medieval y la tradición gótica. La oportunidad era idónea; llevar este planteamiento a otra ambientación. Y la fórmula funciona, le sienta bien y le resulta muy natural.

Pero no es un simple pulso visual, sino que también tiene una correlación narrativa. Transcurre durante el periodo Sengoku de Japón, al albor del siglo XVI. Es capaz de mostrar la grandeza d la lucha que lleva a cabo un solitario y desfigurado shinobi. No en vano, la temática le sirve para presentar muchos recursos dentro de un relato que cobra mucha fuerza en comparación con sus «hermanos». Porque, además, en esta propuesta se ha añadido una mayor verticalidad, llevando al jugador a superar algunos entornos por medio del «parkour», además de apostar por ciertos momentos de sigilo que encajan perfectamente.

Aquí, los señores de la guerra han hecho de las suyas, subyugando a la población y alimentando el miedo bajo el puño de hierro. Enfrente, los jugadores encargan al «lobo de un solo brazo». Un protagonista con empaque y personalidad cuyo cometido es obedecer y proteger a su maestro, el Descendiente Celestial. El objetivo, vivir lo suficiente como para restaurar su honor. De ahí a que se vayan hilando los diferentes códigos y comportamientos propios de la época y su folclore. No sin renunciar a una versatilidad en el planteamiento de los conflictos.

Sacudidos por un plantel de enemigos por doquier, los jugadores deben ahondar en la exploración como vía para progresar. Es un elemento muy poderoso que parece que se trate de una mecánica más dentro del juego a pesar de que se le otorga prioridad a las luchas directas en las que acaban con jefes finales e intermedios de gran fortaleza. Al igual que en Dark Souls, el reto de superar sin perder vitalidad en los primeros combates es habitual, aunque se pueden hacer uso de objetos de recuperación que se encuentran a lo largo del vasto mapa en el que se desarrolla la historia.

Por razones obvias, la fuerza del combate reside en la espada. Los golpes giran en torno a la katana, el principal arma del juego con la que, además de asestar golpes, sirve para bloquear al rival. Una característica que, sin embargo, se suma al comportamiento ágil del personaje en su capacidad para rodar y saltar como vía de escape. En base a un ritmo rápido y pese a su complejidad, el título prima, sobre todo, el acierto. Es un juego muy de reflejos y de aprovechar el momento. Ciertos bloqueos favorecen la potencia de los golpes posteriores, con lo que hay que evitar abalanzarse sin miramientos contra el rival.

Visualmente realista y detallista, el entorno natural en el que se desarrolla la acción se arrastra por la tradición japonesa de noble vegetación y emotivos pasajes atmosféricos. El resultado final es una honda satisfacción a pesar del sufrimiento perpetuo de caer derrotado en innumerables ocasiones. La paciencia tiene un límite, es verdad, pero es una honrosa capacidad para mejorar en este trabajo.