Vía Crucis para un millón de jóvenes
El Papa Francisco asistió al Vía Crucis en la playa de Copacabana - REUTERS

Vía Crucis para un millón de jóvenes

La arena de la playa de Copacabana acoge el emocionante camino de la Cruz en 14 estaciones

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La playa que ha sido teatro de mil conciertos, se convirtió esta noche en escenario de dos tragedias: una de hace dos mil años y otra, con facetas variadas, que afecta a los jóvenes de hoy. «Hemos venido aquí», les dijo el Papa Francisco, «para acompañar a Jesús a lo largo de su camino de dolor y de amor, el camino de la Cruz, que es uno de los momentos fuertes de la Jornada Mundial de la Juventud».

Era un «momento fuerte», y los brasileños lo habían preparado muy bien. Más de 500 jóvenes de varios países representaron las 14 estaciones que reviven la pasión y muerte de Jesús. Tanto el escenario de cada estación –algunos dignos de un museo de arte contemporáneo- como los comentarios al episodio superponían y fundían el drama de Jesús con los múltiples tragedias de nuestros días, pero también con protagonistas de esperanza.

Así fueron interviniendo un joven toxicómano de una comunidad de recuperación, una religiosa que lucha contra el aborto, un disminuido físico en silla de ruedas, un joven recluso, una representante de mujeres maltratadas, un enfermo terminal… Y también un joven converso, una pareja de enamorados, un usuario de redes sociales... Eran jóvenes de todas «las Américas», desde Canadá a Chile, que trabajaban sobre textos compuestos por dos sacerdotes brasileños y bajo la dirección artística de Ulysses Cruz.

El Papa llegó en helicóptero al extremo suroeste de la playa y recorrió el paseo marítimo entero en «papamóvil» descubierto, de modo que pudieran verle los más de un millón de jóvenes que participaban en la ceremonia. Las 26 grandes pantallas extendidas a lo largo de la playa ayudaron a facilitar la intensa oración y reflexión personal durante una hora y cuarto. El Vía Crucis humano de las JMJ, como en Toronto o en Sidney, es sencillamente sobrecogedor.

Al cabo de tres días de lluvia y de los mayores fríos en medio siglo, Río disfrutó ayer de algunos claros, y Copacabana se llenó de repente de bañistas como por arte de magia.

Al atardecer, la playa parecía más bien el escenario de una fiesta. El Papa fue recibido en el palco al son de «Peregrino Incansável», un título que refleja bien el derroche de energía y el ritmo frenético que ha impuesto a una ciudad de cadencia tranquila y “tropical”.

Guitarras eléctricas y «disc jockeys»

A diferencia de la fiesta de bienvenida del jueves, el Vía Crucis de anoche era una ceremonia litúrgica con varios siglos de tradición pero, aun así, la música contemporánea jugó un papel fundamental. La columna sonora, compuesta para la ceremonia, fue interpretada con guitarras eléctricas y dinamizada por varios «disc jockeys».

Las catorce estaciones estaban dispuestas a lo largo de un kilómetro, reservando a la última el escenario donde estaba el Papa, quien pronunció su discurso al final del impresionante ejercicio de piedad.

Como siempre, Francisco fue directamente al grano y lo hizo en torno a tres preguntas: «¿Qué han dejado ustedes en la Cruz, queridos jóvenes? ¿Qué ha dejado la Cruz en ustedes? Y finalmente, ¿Qué nos enseña esa cruz en nuestra vida?».

Tras referirse al recorrido de la gran Cruz de madera de la JMJ por todo el Brasil hasta terminar en el escenario, el Papa hizo una reflexión muy personal centrada en la leyenda romana del «Quo vadis?», cuando Pedro se escapa de la persecución por la Vía Apia y, en su camino de huida, se cruza con Jesús. Pedro le pregunta «Señor, ¿A dónde vas?», y Jesús le responde «Voy a Roma, para ser crucificado de nuevo».

El Papa les dijo que también hoy «Jesús, con su Cruz, recorre nuestras calles para cargar con nuestros miedos, nuestros problemas y nuestros sufrimientos». Jesús «se une a las víctimas de la violencia», a las madres «que lloran la pérdida de sus hijos o que sufren al verlos victimas de paraísos artificiales como la droga».

Jesús se une también «a todas las personas que sufren hambre en un mundo que tira cada día toneladas de alimentos», y «a quien es perseguido por su religión, por sus ideas o, simplemente, por el color de su piel».

Pasando al dolor moral, el Papa mencionó el mal comportamiento que aflora a veces entre las autoridades civiles o los eclesiásticos. «Jesús se une –dijo- a tantos jóvenes que han perdido la confianza en las instituciones políticas porque ven egoísmo y corrupción. O que han perdido la fe en la Iglesia o incluso en Dios por la incoherencia de los cristianos o de los ministros del Evangelio».

Su discurso era dolorosamente realista, pero también esperanzador, enseñando a los jóvenes a «sentir cercano a Cristo que sufre, que comparte nuestro camino hasta el final». Pero además, según les dijo, «la Cruz nos invita a dejarnos contagiar por el amor de Jesús, a mirar siempre al otro con misericordia y amor, sobre todo a quien sufre», nos enseña «a salir de nosotros mismos para salir a su encuentro y tenderles la mano».

Era una llamada a la solidaridad, que el Papa terminó con dos preguntas muy fuertes: «¿Nos comportamos como Pilato, que no tiene el coraje de salvar la vida de Jesús? ¿O nos comportamos como el Cireneo, que le ayuda a llevar el madero, y como María y las mujeres, que no tienen miedo de acompañarle hasta el final?» Y lo remachó: «¿Tú, como quién eres?»