Parte del sistema defensivo francés era este aparatoso ingenio que servía para detectar por el sonido la aproximación de aeronaves enemigas
Parte del sistema defensivo francés era este aparatoso ingenio que servía para detectar por el sonido la aproximación de aeronaves enemigas - ARCHIVO

Las formidables defensas de la Línea Maginot llevaron a Francia a la inacción y a la derrota

Obsesionados con evitar una invasión del país, como la de 1870 o la de 1914, los franceses construyeron un sistema defensivo impresionante, tras el que se resguardaron dejando al enemigo toda la iniciativa estratégica

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Mientras los alemanes reñían en las llanuras polacas la primera de las victoriosas campañas de la blitzkrieg, París, igual que Londres, ordenaba a toda prisa la movilización de su ejército para dar cumplida respuesta a la agresión germana. Considerada una potencia militar, al menos tan poderosa como Alemania, Francia se reforzó, incluso, con tropas llegadas de distintos puntos de su vasto imperio colonial. Pronto desembarcaron también los primeros «tommies», como aún llamaban entonces a los soldados británicos… Pero no hubo más.

Los polacos esperaron en vano una ofensiva de sus aliados en el Oeste que aliviara su más que precaria situación. Pero sólo habría declaraciones y un ligero movimiento de tropas francesas en la frontera con Alsacia y Lorena. Poco más que una escaramuza, que apenas supuso un avance de algunos kilómetros en territorio enemigo. Luego las fuerzas francesas se detuvieron. Pronto hubieron de retroceder a sus puntos de partida. Se perdió así la oportunidad de invadir en fuerza y con éxito el sur de Alemania en unos momentos en que todo parecía favorable para hacerlo. La Wehrmacht tenía comprometida la mayor parte y lo más selecto de sus tropas en el Este y su capacidad de montar una defensa en cualquier otro frente era a todas luces remota, y aún para ello necesitaba tiempo.

Tampoco cuando se acabaron las operaciones en Polonia y el frente se estabilizó por casi medio año, se decidieron los franceses ni sus aliados británicos a atacar. Toda la iniciativa quedó en manos de Hitler y sus generales.

La causa de tal pasividad habría que buscarla en la doctrina militar francesa desarrollada tras la Gran Guerra. Invadida Francia exitosamente por los alemanes en dos ocasiones en menos de cincuenta años (en 1870 y en 1914), los generales galos se obsesionaron en planificar fundamentalmente un sistema defensivo que evitara una tercera invasión. Construyeron para ello una formidable línea fortificada, la Maginot, considerada inexpugnable, y se parapetaron tras ella. Al abrigo de sus fortines, túneles y casamatas, no se les ocurrió en ningún momento recordar el viejo adagio de que «un ataque es la mejor defensa». Y así aguardaron en vano que el enemigo se estrellara contra sus muros y parapetos. Gamelin, sus generales y sus epígonos esperaban una guerra estática, repetición de la que habían vivido en la contienda anterior. Pero 1939 no era 1914 y ni el Estado Mayor francés ni por supuesto el inglés fueron capaces de darse cuenta de las nueva táctica puesta en marcha por la Wehrmacht, una guerra de movimientos rápidos y contundentes, la blitzkrieg, la guerra relámpago, que dejaba obsoletas las tácticas de combate de veinticinco años atrás. Resguardados tras su impresionante sistema defensivo, los ejércitos aliados esperaron pacientemente, meses y meses, su derrota.