De uñas

Los primeros fríos se llevan las últimas chanclas. La temporada del hombre de chancla coincide en Madrid con la temporada del toro de lidia

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Los primeros fríos se llevan las últimas chanclas. La temporada del hombre de chancla coincide en Madrid con la temporada del toro de lidia. La chancla nos permite clasificar a los hombres por sus uñas en brochos, bizcos, capachos, veletos, gachos, playeros…, como a los toros por sus cuernos. Al cambiar el tiempo…

-Ahora es el inicio de un nuevo clima en las prisiones —interrumpe un tal Caamaño, que al parecer es ministro, y que tiene pinta de baldear percebes de veinticinco uñas, como los que Olano llevaba a Picasso, que los tomaba con té.

¿Y en los cementerios? Ahora que vienen los Santos, ¿no es el momento de iniciar una nueva vida en los cementerios?

Al cambiar el tiempo, el hombre de chancla se pasa a la deportiva, que viene a ser como la funda con que el ganadero de bravo protege en el campo el cuerno del toro de lidia. Un «afeitado encubierto», pues el animal acostumbra su acometida a unas distancias que luego, en la plaza, sin funda, cambian. Es lo que en verano, de alterne en la terraza, le sucede al caballero que cambia la deportiva por la chancla: no mide igual y, en un tropiezo, puede rebañarte con la uña el tendón de Aquiles, que yo he visto en caballeros de apariencia discreta uñas como las del papá de Juan Soriano:

-Lo que sí envidio de mi padre es que tenía unas uñas de animal salvaje... Su madre no lo quería. Yo dormía de niño con ella, con mi abuela. Y menos mal, porque los abuelos eran todos putos…

Hasta lo de Gadafi, uno tenía la esperanza de Francia, el país que, si tuviese leones, los cazaría para peinarles la melena, limarles las uñas y enseñarles a rugir por los métodos del Conservatorio. Pero es otro país de chanclas.