Editorial ABC

El eterno polvorín de Oriente Próximo

Benjamín Netanyahu se siente más fortalecido porque ahora cuenta con un respaldo por parte de Washington que no tenía con Barack Obama

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Lo que está sucediendo en Gaza no es nada nuevo. Se trata de la enésima repetición de un enfrentamiento desencadenado en esta ocasión por la conmemoración del primer aniversario de las grandes manifestaciones que reclamaban el regreso de los palestinos a las tierras de las que fueron expulsados tras la creación del Estado de Israel. Pero detrás de este argumento se esconden los intereses no siempre confesables de las distintas facciones árabes y sus aliados en Oriente Medio. El único cambio de envergadura que se ha producido en este tiempo ha sido la decisión controvertida del presidente Donald Trump de llevar su embajada desde Tel-Aviv a Jerusalén, algo que por lo que se ve tampoco ha servido para renovar el ambiente en la zona. De hecho, el único factor que podría poner fin a esta guerra interminable sería que tanto israelíes como palestinos renunciasen de forma creíble al uso de la violencia, que es el principal argumento que se ha utilizado hasta ahora por ambas partes y que no hace sino llevar a una sucesión de venganzas. Si la situación en Gaza es inhumana, tampoco es aceptable que los ciudadanos israelíes vivan permanentemente bajo la amenaza de los cientos de misiles que lanzan los palestinos.

Pero por ahora esa es una opción inalcanzable. Nadie es capaz de convencer a unos y otros de que el camino de la guerra no lleva a ninguna parte, ni siquiera -como sucede en este caso- al más fuerte, que es Israel. El Gobierno nacionalista de Benjamín Netanyahu se siente más fortalecido porque ahora cuenta con un respaldo por parte de Washington que no tenía con Barack Obama, pero hasta ahora esto no le ha servido para dar más seguridad a Israel ni para convencer a los palestinos de que lanzando misiles tampoco sirven a sus intereses, más aún, empeoran su situación en ese eterno polvorín de Oriente Próximo.