Tambores de freno. / Archivo
Tambores de freno. / Archivo
TRÁFICO

Cuando el coche se avería por falta de uso

Tener un vehículo y no ponerlo en marcha puede causar importantes daños a las ruedas, el motor o los elementos mecánicos de la carrocería

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Muchos automovilistas atesoran sus vehículos en el garaje. Los limpian, pulen y admiran, pero de conducirlos poco. El fin de semana y como mucho para ir a por el pan. Así creen que les van a durar más. Grave error. La mecánica y las piezas del coche -o motocicleta- desde las cubiertas a la tapa de la culata se echan a perder si no funcionan con cierta regularidad. Esto se traduce en averías que, en muchos casos, pueden ser más graves que las que el vehículo sufriría si se utilizase todos los días en un trayecto de unos 20 kilómetros.

Cuántas gangas se encuentran en el mercado de ocasión, pero que, a la larga, salen caras. Son coches de personas mayores, con poquísimos kilómetros, sin un 'golpe', que han 'dormido' siempre en garaje. De ellos hay que sospechar, no porque no se trate de un engaño, sino porque a la larga darán problemas y, de ellos, el de la batería será el más barato.

Según recoge la web www.autocasion.com, los problemas del coche parado comienzan por las ruedas. Si el vehículo va a estar mucho tiempo parado hay que ponerlo suspendido en unos tacos para que no se deformen los neumáticos o, en su caso, aumentarles la presión en 1,5 kilos más de lo recomendado. De esta manera, la llanta no quedará plana y se deformará, lo que se traduce en vibraciones en la dirección y puede llegar a la pérdida de la banda de rodadura del neumático.

Otro de los elementos que más sufren por la falta de uso es el aire acondicionado. El gas que contiene el circuito debe moverse con cierta regularidad, como mínimo una vez al mes. Mucha gente solo lo usa en verano, cuando en invierno es el gran aliado para desempañar los cristales.

Los elevalunas eléctricos, ese avance para no tener que darle a la manivela, si no se utilizan corren el riesgo de encaquillarse por el óxido de las poleas o del motor eléctrico, una de las partes más expuestas a la humedad.

Ya dentro del capó, lo que más sufre por falta de funcionamiento son los segmentos de los pistones del motor. Estos son unos aros que aseguran que el émbolo comprima el combustible y reciba el empuje para transmitir el movimiento al cigüeñal. Si no funcionan, no se engrasan, se oxidan y pueden partirse causando importantes daños, siendo uno el gripado del cilindro.

Por su parte, el circuito de refrigeración del motor también necesita moverse, al menos una vez al mes. El líquido puede oxidar desde la bomba del agua, al termostato -el dispositivo que hace que salte el termoventilador-. Además, el óxido puede llega a obstruir los conductos. Esto llevaría a quemar la tapa del cárter, cuando no a averías mayores.

Si el motor no funciona, las juntas de goma, sintéticas o de vulgar cartón que unen las partes del bloque, o los retenes de las válvulas se resecan. Esto hará que se produzcan fugas de aceite que llegarán incluso a la cámara de combustión.

Al igual que el motor, la caja de cambios y los diferenciales necesitan aceite para mantenerse limpios y lubricados. Largos períodos de inactividad hacen que se oxide la parte de los piñones, sincronizadores, horquillas no sumergidas en el aceite y los retenes pierden estanqueidad.

De vuelta a las ruedas, aunque actualmente la mayoría de los sistemas de asistencia a la dirección son eléctricos, antes eran hidráulicos. Lo mismo de siempre: si el aceite no circula con frecuencia por la cremallera de dirección y la bomba, ambos elementos se pueden estropear.

Los elementos del sistema de frenado también se pueden oxidar por no utilizar el coche, no tanto las pinzas de freno sino los grupos hidráulicos de los sistemas de ABS, cuya sustitución es muy cara.