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El falso príncipe que estafó al cardenal Sancha

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Entre los años 1898 y 1909, el cardenal Ciriaco María Sancha ostentó la sede arzobispal de Toledo y primada de la Iglesia española. Su curriculum era impresionante: patriarca de las Indias Occidentales, capellán mayor de Su Majestad, vicario general de los Ejércitos, comisario general apostólico de la Santa Cruzada, caballero del Collar de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, Gran Cruz de Isabel la Católica e Hijo Adoptivo de Toledo. Todos esos méritos no fueron suficientes para que en 1906 Emilio Sampedro Bienes, uno de los estafadores más famosos de la época le diera un sonoro timo, que el paso del tiempo convirtió en leyenda entre la picaresca española.

El prestigio de un estafador se cimenta en lo atrevido de sus golpes, la cuantía de sus botines y la notoriedad de sus víctimas. Por ello quienes cultivan este ramo de la delincuencia suelen acompañar sus hazañas de un halo de fantasía e imaginación que a veces dificulta conocer su alcance real. En ello les va la admiración o desprecio de sus colegas. La historia que hoy traigo a estas páginas es paradigmática y, tras haber seguido su rastro, aún no sé cuanto hay de cierto o incierto en ella.

El protagonista es Emilio Sampedro Bienes o Emilio Gómez Díaz, porque el primer mandamiento de un buen timador es no descubrir nunca su verdadera identidad y él actuó con varias. Parece ser que había nacido en La Habana en el año 1879, pasando su niñez en Gibraltar, lo que le facilitó un perfecto conocimiento del inglés, idioma que le sería de gran utilidad para sus fechorías posteriores. Trabajó como piloto de marina mercante y en uno de sus viajes le advirtieron de que tenía gran parecido con el príncipe inglés Alejandro Alberto de Battenberg. A principios de siglo comenzó a frecuentar la amistad de dos conocidos estafadores Mariano Conde y Eduardo Rubio «El Chiquitó». Y cuando se anunció el compromiso matrimonial del rey Alfonso XIII con la princesa Victoria Eugenia, hermana de Alejandro, la banda vislumbró una oportunidad para conseguir un buen pellizco ante la próxima llegada a España de nobles británicos.

En los primeros días de febrero de 1906 recorrieron numerosas ciudades españolas suplantando la personalidad del príncipe y sus ayudantes. Dice la leyenda que se les rendían honores militares, se alojaban en las suites más lujosas, bebían el mejor champán, entregaban generosas limosnas y… también daban sablazos alegando no disponer en esos momentos liquidez monetaria.

Para relatar lo acontecido en nuestra capital cedo la palabra a su protagonista: «De Valladolid –recordaba años después en una entrevista concedida a El Heraldo de Aragón- a Toledo. Recibimiento entusiasta por demás. Nos hospedamos en el palacio del cardenal primado. En la Academia Militar fui obsequiado con un almuerzo y los alumnos me entregaron un sable de honor. Por cierto me hizo entrega del regalo el cadete galonista Ramón Franco». Preguntado por el periodista sobre la estafa a monseñor Sancha decía: «Fue durante una comida en el Palacio. Yo sabía que el cardenal conocía el inglés y preparé el truco hábilmente. Le dije a uno de mis ayudantes que durante la comida me advirtiese en inglés, naturalmente, que no había recibido los fondos que necesitábamos para continuar viaje de la Intendencia de Palacio». Al oír estas lamentaciones, el primado preguntó qué cantidad precisaban, respondiéndole que unas 20.000 pesetas, «cantidad –continúa relatando Emilio- que el cardenal se apresuró a satisfacer». En su descargo, nuestro protagonista añadía que en todas las poblaciones solía entregar donativos para los pobres, «de modo que si bien estafaba, con mi delito se beneficiaban muchos».

¿Ocurrió esto realmente en Toledo o el relato forma parte de la leyenda con que este singular personaje envolvió su vida?

En la prensa de la época nada se dice de tan fastuoso recibimiento. Las crónicas hablan de un timo de poca monta a monseñor Sancha. La visita tuvo lugar el sábado diez de febrero y, según El Imparcial, tras presentarse al coronel de la Guardia Civil, el estafador, caracterizado como oficial de la marina británica, se entrevistó con el alcalde y fue invitado a almorzar por el cardenal Sancha. En el transcurso de la comida comunicó al prelado su intención de continuar camino a Ciudad Real, pero no encontraba un lugar donde cambiar sus libras estarlinas, por lo que debería prolongar su estancia en Toledo. Ante el contratiempo el primado le ofreció quinientas pesetas, conformándose Emilio con la mitad.

Mientras esto sucedía, el verdadero Alberto de Battenberg había llegado a Gibraltar para participar en unas maniobras de la escuadra inglesa. El tinglado de la estafa comenzó a tambalearse. Un par de días después, Emilio fue detenido en Reus. Interrogado por la guardia civil, dijo llamarse José Cougee y ser hijo del rabino de la sinagoga gibraltareña. Conocida su captura los semanarios toledanos La Idea y El Día de Toledo lo relacionaron con el supuesto militar inglés que había visitado unos días antes la capital y dieron a conocer a sus lectores la estafa acontecida en el Palacio Arzobispal, con versión similar a la recogida por El Imparcial.

Con este tropiezo, por el que fue condenado a presidio, Emilio comenzó una larga cadena delictiva. En febrero de 1936 se produjo su última detención documentada. Fue en Santander, donde se hacía pasar por Eduardo Fanó capitán de un vapor de la compañía Trasatlántica, estando reclamado por estafa al comisario superior de Marruecos. Al dar cuenta de la noticia, ABC detallaba su fabuloso historial delictivo:

«La vida de este hombre es larga y pintoresca, y culminó con la suplantación que hizo del príncipe de Battenberg […] engañando a las autoridades de París, Burdeos, San Sebastián, Valladolid, Toledo y Zaragoza. […] En Toledo estafó al cardenal primado, monseñor Sancha, 40.000 pesetas […] Por las estafas cometidas en el viaje y por el engaño de que hizo víctima a las autoridades civiles y militares, distintos Consejos de guerra le condenaron a ciento quince años de presidio, que comenzó a cumplir en San Miguel de los Reyes [prisión de Valencia]; pero los indultos correspondientes al casamiento de Alfonso XIII y del nacimiento del príncipe de Asturias, le redujeron la pena a diez años. En San Miguel de los Reyes se enamoró de la hija de un oficial del penal y se escapó con ella, llevándose 3.500 pesetas. Detenido en Vigo, ingresó de nuevo en el penal. Cuando cumplió la condena marchó a Cádiz […] obtuvo el mando del vapor Baracaldo hundiéndolo en alta mar. Comprobado que había sido hecho de propósito, fue condenado a algunos años de presidio en el Dueso; con condena condicional, salió y se marchó a África, donde ingresó en la sexta bandera del Tercio, llegando a ser oficial. Terminada la lucha de Marruecos, ingresó nuevamente en presidio por otras estafas, y al salir se fingió coronel del ejército peruano, marchando a Tetuán, donde engañó al comisario superior, que hizo desfilar ante él a las tropas españolas y jerifianas. Desde Algeciras, telegrafió al comisario superior diciéndole que le habían robado la cartera y pidiéndole 2.500 pesetas para continuar viaje a Madrid».

Las revistas ilustradas de la época dedicaron amplios reportajes a sus andanzas. En La Linterna, especializada en crónica negra, Emilio relató desde la prisión de Santander otro de sus fabulosos engaños: el intento de vender el penal de Ocaña, como si fuese una granja, a la empresa inglesa Wickers, fabricante de armamento, por la nada despreciable cantidad de 400.000 pesetas. Lo impactante del timo era que en esos momentos Sampedro junto a sus compinches se encontraban internos en la prisión toledana tras su suplantación del príncipe de Battenberg.

Llegado a este punto, fueran 250, 20.000 ó 40.000 las pesetas que este «príncipe de los estafadores» timó al cardenal Sancha, es bueno recordar las palabras del doctor Marañón sobre las leyendas de Toledo: «Todo lo que se cuenta que ocurre en los recodos de las callejuelas toledanas, en sus cobertizos, en sus claustros, en sus subterráneos mitológicos, en sus palacios, en las orillas de su río, todo pasó o no pasó, pero todo pudo pasar». Pues eso, sea cierta o no esta historia, todo pudo ocurrir en aquel encuentro entre el primado y el osado estafador Sampedro un lejano día de 1906.

Emilio Sampedro (izquierda) entrevistado por el periodista Juan Montaña en la cárcel de Santander en 1936 (Foto, Quintana)
Emilio Sampedro (izquierda) entrevistado por el periodista Juan Montaña en la cárcel de Santander en 1936 (Foto, Quintana)