Participantes de un congreso sufí en la ciudad marroquí de Fez
Participantes de un congreso sufí en la ciudad marroquí de Fez - ABC

¿Quiénes son los sufíes?

Su preocupación por la interioridad en la vida religiosa les asimila más al cristianismo que al islam ortodoxo ritualista

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En el islam que practica la inmensa mayoría del mundo musulmán, el sabio es el experto en jurisprudencia, en reglas de conducta y preceptos legales; en el sufismo, en cambio, el sabio es el místico (sufí), el individuo que busca la interioridad por encima de los preceptos de la ley. No es extraño, por tanto, que para los movimientos más fanáticos de la rama principal suní -como Daesh o Al Qaida- la corriente sufí sea un cuerpo extraño, esotérico y casi siempre -pese a su presencia en tierras de «dar-al-islam» desde los primeros tiempos- herético y por consiguiente merecedor de la muerte.

El número de seguidores sufíes es escaso; los más optimistas los cifran en el 5 por ciento de los 1.300 millones aproximados de musulmanes en el mundo. Posiblemente estén muy por debajo de esa cifra. Pero tanto en Egipto, uno de los territorios donde conoció más desarrollo, como en el resto del mundo islámico la influencia de sus sabios o predicadores es grande. Actúan en pequeñas comunidades de fieles, casi siempre en la clandestinidad, y sus libros y mensajes se distribuyen de modo capilar o, actualmente, de modo a veces viral por las redes sociales.

El creyente sufí acepta los cinco grandes pilares del islam, y asume por tanto el legalismo a grandes rasgos, pero aspira a una relación mística y ascética con Alá. En ese sentido, comunica mucho más con el cristiano -que no busca satisfacción en la norma sino en la vida espiritual- que con el musulmán suní preocupado solo por la pureza ritual.

Casi todo en el sabio o seguidor sufí contrasta con la actitud del sunismo radical, ya sea el meramente legal que practica Arabia Saudí, o el de kalashnikov de los yihadistas. No es tanto la tolerancia hacia otras religiones o la vaga atmósfera panteísta del sufismo -que le ha dado aval de entrada en el «New Age», el misticismo de salón de moda en Occidente- como su intolerable pretensión de establecer una relación personal entre el creyente y Dios, salvando la infinita distancia entre los dos dictaminada por la ortodoxia islámica.

Tanto los sufíes, como los chiíes -la segunda corriente del islam, con menos del 10 por ciento del total de musulmanes- dan culto a sus santos, una práctica juzgada idólatra por la mayoría suní. No es de extrañar que esos santuarios sean objetivo favorito del terrorismo yihadista de inspiración suní.