Ángeles Mantero muestra la tarjeta de Costa Concordia
Ángeles Mantero muestra la tarjeta de Costa Concordia - miguel ángel

Marcados por el Costa Concordia

Hay quien volvió a la isla del Giglio en busca del chaleco salvavidas, otros aún toman pastillas para aplacar la ansiedad, los hay que no pueden dormir oliendo agua cerca. Así se encuentran un año después cuatro supervivientes españoles

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A Carlos Carballa un maniquí le recuerda cada día aquella fría noche del 13 de enero de 2012 en la que saltó al agua desde el Costa Concordia. Lo compró meses después en Galicia y lo vistió con las mismas ropas con las que se salvó a nado del naufragio que costó la vida a 32 personas. Su atípica forma de ahuyentar sus fantasmas le ha servido para eludir un tratamiento psiquiátrico al que otros supervivientes se han visto abocados. Incluso lleva un chaleco salvavidas como el que los policías italianos de la aduana le obligaron a dejar en el aeropuerto antes de regresar a España.

Para conseguir ese símbolo volvió a la isla del Giglio tres meses después del hundimiento en su furgoneta. «Necesitaba recordar todo aquello, dar las gracias a la gente de allí y hacer fotos», explica días antes de viajar de nuevo rumbo a Italia para participar en los actos del aniversario. Una ceremonia recordará a las víctimas, se repondrá en el mar la roca que arrastró el barco al encallar y se inaugurará una placa en memoria de los fallecidos y otra en homenaje a los habitantes de la isla que se volcaron con los supervivientes. Carballa acude para reencontrarse con quienes vivieron como él aquel accidente y llevarse las imágenes en una nueva cámara.

La que llevaba con él en el momento del hundimiento se echó a perder al contacto con el agua, pero antes este fotógrafo profesional durante 15 años, hoy propietario de dos empresas de discotecas móviles, tuvo la sangre fría de hacer fotos en el interior del barco en medio del caos. De la tarjeta gráfica se pudieron salvar las imágenes que mostraron al mundo cómo cayó la vajilla del restaurante cuando el buque chocó con las rocas.

El ruido de los platos al caer tras el golpe es el primer recuerdo de la tragedia que conservan muchos de los españoles que viajaban en el Costa Concordia. El choque se produjo en el momento de la cena, que muchos compartían en el «restaurante Milano» situado en la cubierta número 3. Era alrededor de las 21.30 horas. A Carlos José Peñacoba la bebida y la comida que había sobre la mesa le empapó los pantalones. Así subió junto a su padre de 81 años a la cubierta 4, la que albergaba los botes salvavidas. Lo mismo hicieron la cordobesa Ángeles Mantero y su marido, que cada noche salían a fumar bajo los botes.

Manuel García Martos subió andando a su camarote en la cubierta 9 junto a su mujer, con su hijo de 3 años en brazos. «La luz fallaba, a cada rato nos quedábamos a oscuras, agarrados para no perdernos», recuerda este taxista mallorquín que preside la Asociación de Afectados por el Costa Concordia. «He navegado mucho en veleros y sabía que algo grave pasaba. El barco comenzó a escorarse». Al salir de su habitación ya con el chaleco salvavidas escuchó a unos miembros de la tripulación decir «vía de agua», un mensaje muy distinto al que se escuchaba en los altavoces que repetían que se trataba de un fallo en el generador y llamaban a la calma. No sin esfuerzo, entre empujones, la familia bajó a la cubierta 4. «Había gente que te quitaba el chaleco si no lo llevabas puesto», asegura García Martos.

Miedo en el bote

El barco seguía escorándose. Carlos José Peñacoba llevó entonces a su padre al otro lado de la cubierta. «Temía que si el barco nos fuera a arrastrar al fondo del mar o nos atrapara en el interior», recuerda este madrileño acordándose de la película «La aventura del Poseidón». «El mensaje de «mantengan la calma, todo está controlado» dio paso a los 7 pitidos cortos y uno más largo», continúa. Era la orden de evacuar la nave. En aquel lado de la cubierta se encontraban tanto Peñacoba con su padre, como la familia García Martos, Ángeles Mantero con su marido. No se conocían pero ellos, como los cientos de personas que se agolpaban allí, pasaron momentos de pánico cuando embarcaron y sus botes fueron rozando el casco del Costa Concordia, provocando un ruido infernal mientras miembros de la tripulación intentaban separarlos del buque.

«La gente levantaba las lonas para tirarse al agua», cuenta Ángeles Mantero. Eso acabó haciendo Carlos Carballa. Tras intentar sin éxito subirse a varios botes, se lanzó desde el otro lado de la cubierta. «Me rescató el mismo bote en el que estaba el encargado de los españoles, Jairo, que contra lo que dicen algunos, ayudó a muchísima gente», asegura.

Al pequeño puerto pesquero del Giglio llegaban los supervivientes con lo puesto, algunos mojados. Hacía frío, apenas 5º, recuerda García Martos, que buscó cualquier cosa para abrigar a su mujer y a su hijo. «La gente cogía plásticos del agua para usarlos como manta».

Tratamiento y pastillas

Al recordar aquella noche se le corta la voz. «Estamos con pastillas para poder dormir y por ansiedad, tanto mi mujer como yo. Algún día se pasará», alcanza a decir. Era su primer crucero y tiene claro que el último. Autónomo, perdió meses de trabajo por el tiempo que estuvo de baja tras el naufragio. Aún hay días que al oír un fuerte ruido tiene que dejar de conducir el taxi. «Ha sido un verano muy malo», asegura el presidente de la Asociación de Afectados de Costa Concordia que confía en llegar a un acuerdo con Costa Cruceros antes del 30 de enero. «Nos han tratado como si fuéramos una piara de cerdos, marcados con un número y tasados en 11.000 euros. No estamos de acuerdo», añade García Martos para quien «lo que nos ha pasado no se paga con dinero».

A Ángeles Mantero, otra de los miembros de esta asociación que reúne a unos 40 supervivientes y familiares, la ansiedad le invadió después. No podía respirar en sitios cerrados, pasaba días sin dormir y llegaba a ver agua en su habitación. Ha pasado por meses de tratamiento psiquiátrico para superar el estrés postraumático y tuvo que contratar a otra persona para trabajar en su lugar en el mesón de Córdoba que regenta junto a su marido. Aún hoy se siente incapaz de volver a un barco. «No soy capaz de dormir oliendo agua cerca», admite.

También Peñacoba ha sufrido pesadillas y ha estado en tratamiento psiquiátrico aunque es capaz de bromear al relatar que casi se pierde el hundimiento al embarcar con retraso en Sicilia. Él ha confiado en la asociación de consumidores Ceaccu para que le represente frente a Costa Cruceros. Su padre, sin embargo, aceptó la indemnización e incluso se gastó parte de ella en otro crucero y se llevó a Carlos José con él para ayudarle a superar el trance.

Carballa cobró los 11.000 euros y declinó participar en la asociación o apoyar las batallas legales de Ceaccu o del despacho de abogados Fuster&Fabra, los tres grupos que un año después pleitean en España contra Costa Cruceros. «Estamos vivos, eso es lo importante» es su filosofía.

De los 3.050 pasajeros que salieron ilesos del naufragio, el 70% aceptó las indemnizaciones de la compañía naviera, entre ellos la mayoría de los 177 españoles según subraya Bernardo Echevarría, director de Costa Cruceros en España. Solo unos pocos acudieron a los tribunales de Estados Unidos, donde se han presentado la mayor parte de los pleitos. Allí tiene su sede la matriz de Costa, Carnival, y la jurisprudencia estadounidense podría ser más favorable a sus demandas. «Hemos hecho todo lo posible. Incluso hemos ido más allá de lo que se contemplaba en la jurisprudencia y más allá de lo que se había hecho hasta la fecha», asegura Echevarría al tiempo que confía en llegar a acuerdos con los afectados disconformes, que piden hasta 100.000 euros.