Los tóxicos errores históricos de Colau sobre la monarquía y los héroes españoles

La alcaldesa de Barcelona eliminará la avenida «Príncipe de Asturias» para «desborbonizar» el callejero catalán... Se olvida que el título fue creado en 1388 por los Trastámara

El fallo se suma a otros como afirmar que el almirante Cervera era un «facha» a pesar de que falleció décadas antes de que Franco se alzara con el poder

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Ada Colau ha vuelto a enarbolar la bandera del populismo para acercarse al extremismo más rancio. El problema es que, por enésima vez, lo ha hecho basándose en un error histórico tan grande como la Sagrada Familia. Esta misma semana, la alcaldesa de Barcelona ha confirmado que cambiará el nombre de avenida «Príncipe de Asturias» por el de «Riera de Cassoles» con un único objetivo: «desborbonizar» el callejero de la Ciudad Condal. La modificación, que se hará pública el próximo 24 de marzo y que ha sido impulsada por una iniciativa ciudadana, parece olvidarse de que el título hunde sus raíces en el año 1388, y que nació de la mano de los Trastámara.

¿Desconocimiento o utilitarismo? Difícil saberlo. Lo que sí podemos tener claro es que este error histórico se suma al que cometió el pasado abril de 2018; fecha en la que afirmó que el almirante Pascual Cervera y Topete, héroe español que odiaba la política y marchó hacia una batalla que tenía perdida de antemano porque su gobierno así lo quería, era un «facha». Por entonces, la alcaldesa pareció olvidarse también de que, allá por 1898 (cuando el marino, con seis décadas a sus espaldas, libró la batalla por la que sería recordado), el fascismo no había nacido como tal.

Así lo afirma a ABC el escritor y divulgador histórico Javier Santamarta del Pozo (autor de « Siempre tuvimos héroes» y «Siempre estuvieron ellas» -ambas editadas por Edaf-), uno de los expertos que cargó contra esta aberración histórica en las redes sociales: «Es increíble cómo nada menos que toda una alcaldesa de Barcelona, se dedica, no ya a hacer política con la Historia, sino en convertirla en ideología sectaria, utilizando un presentismo absurdo. No desconocer la figura del almirante Cervera fue grave. Adjudicar a los Borbones un título de mas de seis siglos, es ya mala fe. Se puede ser republicano, por supuesto. Pero también se ha de ser respetuoso con la Historia común de todos».

Seis siglos de historia

Entender el gran error histórico de Colau requiere retrotraernos en el tiempo hasta el siglo XIV, época en la que nació como tal el título de Príncipe de Asturias. Por entonces Castilla andaba en armas tras la muerte de Pedro I, más conocido como «el Cruel». Su fallecimiento provocó un enfrentamiento a cuchillo entre sus familiares del que, en principio, se benefició su hermano Enrique (quien subió a la poltrona, con el nombre de Enrique II de Trastámara, allá por 1366). Merece la pena detenerse en un pequeño detalle, y es que el propio Enrique fue conocido como «el Fraticida» por causas obvias...

La muerte de Enrique II en 1379 dejó en manos de su hijo, Juan I, un trono envenenado para el que abundaban los pretendientes. Y lo más llamativo es que entre los mismos había un inglés, Juan de Gante (Duque de Lancaster). Un sujeto que, con la excusa de estar casado con la hija de Pedro I, no dudó en optar al trono. El británico, ansioso de sentar sus reales en la poltrona, desembarcó con un contingente de miles de hombres en la Península allá por 1387 y, cual rayo, arribó hasta La Coruña apoyado por los portugueses (siempre ávidos de dar guerra para obtener territorios en su favor). Los vientos de guerra soplaban de nuevo en la meseta.

Pedro el Cruel
Pedro el Cruel

El inglés, en la creencia de que no sería difícil hacerse con el poder, llegó a Palencia con sueños de conquista. Por suerte, fue vencido (se vio obligado a retirarse, más bien) de improviso por las defensoras de la ciudad. Aquel fue un punto de inflexión. A partir de entonces no logró recuperarse y las derrotas comenzaron a sucederse una tras otra. La situación, en definitiva, pintaba muy negra. Sabedor de que caminaba hacia el desastre, el «british» prefirió firmar la paz con Juan I. Aunque, eso sí, logró que su hija se casara con el retoño del monarca a cambio de renunciar a sus pretensiones al trono.

«El acuerdo se sancionó a través del Tratado de Bayona (1388). Quedó, así, solucionado el conflicto dinástico, a través de un matrimonio en el que se unieron los descendientes de Pedro I y Enrique II», explica Maria del Pilar Rábade Obradó en su obra « La dinámica política». Además, y entre otras tantas clausulas, se estableció que los pretendientes ostentarían el título de... ¡Príncipes de Asturias! Valgan para corroborar esta afirmación las palabras escritas por el humanista y pedagogo del siglo XIX Juan Cayetano Losada: «Los primogénitos de la Corona de España llevan el título de Príncipes de Asturias desde el año 1338, en que el infante don Enrique, hijo y heredero de Don Juan el I, casó con Doña Catalina».

José Luis Sampedro Escolar, Numerario de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, lo explica también de forma cristalina en su dossier « La numeración de los príncipes de Asturias»: «La dignidad de Príncipe de Asturias fue creada, como es bien sabido, en 1388, a imitación del principado de Gales, propio del sucesor del trono inglés, cuando contrajeron matrimonio el futuro Rey Enrique III de Castilla, heredero de los usurpadores Trastámara, y Catalina de Lancaster, nieta del Rey Pedro I. Esta alianza matrimonial era un símbolo de reconciliación nacional en el reino castellano, pues la heredera del Rey destronado y asesinado por la rama bastarda en 1369, habría de dar continuidad al linaje Real, que de esta manera quedaba legitimado en la persona de su hijo, Juan II».

Juan I
Juan I

Lo mismo señala la Real Academia de la Historia a través de su Diccionario Biográfico. En el mismo, la doctora en historia Isabel Pastor Bodmer define a Catalina de Lancaster como la primera princesa de Asturas («desde 1388 a 1390»). Y otro tanto hace el catedrático en historia Santos M. Coronas González en su dossier « Príncipe y Principado de Asturias». Texto en el que afirma que el título se concedió en 1388 «por parte de Juan I a su hijo primogénito Enrique (III), con ocasión de su boda con Catalina de Lancaster, nieta de Pedro I».

Poco Borbón es, por tanto, en su origen. De hecho, estos arribaron a España tras la muerte sin descendencia de Carlos II, allá por el año 1700. Fue el fallecido quien, antes de abandonar este mundo, decidió que su sucesor fuera Felipe V (nieto de Luis XIV), a la postre el encargado de inaugurar en nuestro país esta dinastía. En todo caso, el uso del título cuenta con muchas primaveras a sus espaldas, como bien señala Coronas González en su dossier: «El titulo de Príncipe de Asturias, como dignidad de los inmediatos sucesores de la Corona de Castilla primero y de España después, cuenta con una historia de mas de seis siglos de tradición».

Un falso «facha»

El error sobre este título se suma al que cometió en abril de 2018, cuando tildó de «facha» al almirante Cervera y eliminó su nombre de una calle de Barcelona. Ya entonces, el bisnieto del militar, Guillermo Cervera., señaló a ABC que la afirmación de la alcaldesa era absurda: «Esta señora ha hecho las declaraciones con animo de insultar, dividir a la población y herir a la gente. Debería dar un repaso a la historia y saber que es imposible que Cervera militase en esas facciones que ha nombrado. Es cuestión de fechas. La ideología a la que ella se refiere fue inventada en los años 20 de este siglo por los italianos».

No le falta razón ya que, según se explica el historiador y sociólogo Santos Juliá en su dossier «Contra la burguesía», las raíces del fascismo se remontan «a la rebelión contra el racionalismo, el liberalismo y la democracia que afloró a la superficie a finales del siglo XIX en diversas corrientes culturales franco-italianas que le sirvieron de cuna». De hecho, y en palabras de este experto, la mencionad tendencia política no se empezó a generalizar hasta principios del siglo XX y no sufrió su gran explosión hasta la aparición de Benito Mussolini. Por entonces, todavía faltaban muchas lunas para que se alzara en España Francisco Franco.

La verdadera historia de Cervera es bien diferente a la que cree Colau. Nació el 18 de febrero de 1839 en Medina Sidonia (Cádiz). Hijo de un militar que se enfrentó a Napoleón, ya desde su más tierna infancia demostró ser un gran interesado en el mar. De hecho, cuando apenas sumaba 13 años de edad, ingresó en el Colegio Naval. Por aquel entonces, cuando España todavía atesoraba territorios en medio mundo, nuestro protagonista visitó a lomos de varios bajeles La Habana o Filipinas. Posteriormente, regresó a la Península en 1865, poco antes de que Isabel II fuese destronada.

Almirante Cervera
Almirante Cervera

En 1876, según desvelan Ángel Luis Cervera Fantoni, Manuel Cervera Fantoni y Wayne A. Lydick en «Apuntes biográficos del almirante Cervera», fue nombrado primer Gobernador del archipiélago de Joló. Aunque volvió de nuevo cuando fue llamado a Madrid por la reinstaurada monarquía.

Fue entonces cuando se empezó a observar su reticencia hacia la política. «Cánovas solicitó a Cervera que aceptara en Madrid un destino en el Ministerio de Marina. Sin embargo, no se sentía cómodo con la idea de quedarse en Madrid, dado que su vocación de hombre de mar se encontraba a bordo de los barcos, y no en tierra», añaden los autores en su dossier. Tras servir como Comandante Militar de Marina en Cartagena, la Reina le volvió a instar a que aceptara un cargo de responsabilidad. Petición que vino acompañada de ser ascendido (nuevamente) a Ministro de Marina. ¿Cómo respondió el futuro almirante? Negándose de forma tajante.

Sin embargo, la monarca estaba convencida de que Cervera debía ser su ministro, y se lo solicitó de una forma tan vehemente que el oficial se vio obligado a aceptar. Pero su aventura política le duró poco. Concretamente, tres meses. «Su carácter libre e independiente no le permitía continuar con una función para la que, de acuerdo con sus propias palabras, “no había sido preparado”», añaden los expertos.

Su vida dio un vuelco el 15 de febrero de 1898 cuando, en mitad de la noche, el buque estadounidense «Maine» -que había llegado a las costas cubanas en misión de paz, aunque sin previo aviso y con algún que otro cañón de más- voló por los aires. Sin mediar palabra, los norteamericanos echaron la culpa del suceso a los españoles y declararon la guerra a la Península. Aunque posteriormente se demostró que todo había sido un desafortunado accidente (o un trabajado montaje), a Estados Unidos le vino como anillo al dedo esta catástrofe, pues gracias a ella pudo iniciar las hostilidades y preparar a sus hombres para tomar las colonias españolas.

Almirante Cervera
Almirante Cervera

A pesar de que Cervera trató de hacer comprender a sus superiores la necedad que suponía enfrentarse a la flota norteamericana, en abril de 1897 (cuando el «Maine» todavía no había hecho su aparición en escena) recibió la orden de partir a toda prisa hasta las Américas. Tras un periplo por los mares, dio con sus huesos en Santiago de Cuba debido a que, según los informes que poseía, este puerto estaba libre de barcos norteamericanos. El almirante entró con su escuadra en la región el 19 de mayo de 1898.

A finales del mes de mayo la escuadra norteamericana a las órdenes de William Thomas Sampson bloqueó el puerto con una decena de bajeles. A partir de entonces se desató la discordia entre Cervera y el gobierno de Madrid. Y es que, mientras el primero abogaba por quedarse a resguardo del puerto y de las minas submarinos ubicadas en la bahía, los políticos peninsulares preferían que la escuadra saliera de su ubicación, diese cuantos más cañonazos pudiera al enemigo, y tratase de buscar un nuevo puerto para reposar. Estas discusiones continuaron hasta principios de julio de 1898. Al final, el supuesto «facha» decidió acatar órdenes y atacar al enemigo.

En la mañana del 3 de julio se dispuso a salir de Santiago de Cuba para plantar batalla al enemigo. En un intento de atraer el fuego contra él, y permitir así huir al resto de la flota, Cervera dirigió el buque en el que él mismo enarbolaba la bandera (el «Infanta María Teresa») contra el insignia americano, el «Brooklyn». El plan le salió bien a medias. Y es que, aunque logró que su enemigo directo y otro bajel norteamericano (el «Iowa») le desjarretaran varios tiros la acometida provocó un incendio en el navío del español que le obligó a virar y embarrancar. Allí, los supervivientes (entre ellos, nuestro protagonista) fueron llevados hasta uno de los buques de las barras y estrellas.

A partir de ese momento, el desastre se cernió sobre la armada española. Los buques rojigualdos, que tenían órdenes de intentar huir pegados a la costa, fueron cayendo uno tras otro. El resultado fue el esperado: más de 250 muertos por nuestro bando, y solo 1 por el norteamericano.