JFK a bordo de la PT-109
JFK a bordo de la PT-109
Segunda Guerra Mundial

Segunda Guerra Mundial: J.F. Kennedy, el joven héroe de guerra que terminó siendo presidente de EE.UU.

El futuro presidente consiguió salvar la vida a 11 de los marinos que servían bajo su mando en una patrullera hundida por los japoneses

MadridActualizado:

Los héroes de guerra gustan mucho en Estados Unidos. O al menos los que tienen suerte. Los que no acaban olvidados. Los que no terminan mendigando en el centro de ciudades como Nueva York, Los Ángeles o Chicago. Pero bueno, la cosa es que, al menos sobre el papel, los héroes de guerra gustan mucho. Así lo demuestra, por ejemplo, la larga lista de veteranos que acabaron accediendo a la presidencia del país norteamericano. Se podría decir, incluso, que se trata de una tradición que comenzó con George Washington. Más tarde continuó con Ulysses S. Grant, y llegó hasta Ike Eissenhower o a George Bush padre. Pasando, obviamente, por John Fitzgerald Kennedy.

El que fuese el 35º presidente de la historia de Estados Unidos participó en Segunda Guerra Mundial al mando de una patrullera estadounidense destinada en las Islas Salomón. Allí sufrió el ataque de un destructor japonés que terminó mandando su nave a pique. Las decisiones que tomó el joven oficial fueron determinantes para que la mayoría de los miembros de la tripulación lograsen sobrevivir. También lo fue para que años después consiguiese llegar al Despacho Oval. Porque, como ya les he dicho, los héroes de guerra gustan. Sobre todo cuando se apellidan Kennedy.

Un joven con achaques

Como muchos de los chicos de su edad, JFK no dudó a la hora de alistarse en el ejército tras el bombardeo de Pearl Harbor. El joven era consciente de que la Segunda Guerra Mundial, la que pasaría a la Historia como la peor de la humanidad -con sus campos de concentración, sus millones de muertos y su bomba atómica- resultaría crucial para el devenir de los Estados Unidos. Además, por entonces, con unos 24 años, el futuro suponía para él una incógnita. No hacía mucho que había finalizado sus estudios universitarios, y como muchos jóvenes de su edad no tenía muy claro hacia donde debía dirigir sus pasos. La vida militar acabó siendo el camino escogido en primera instancia. Sin embargo, no fue fácil recorrerlo.

El futuro presidente fue rechazado tanto por el Ejército del Aire como por el de Tierra. Su espalda, en la que sufría dolores crónicos a causa de una osteoporosis, le convertía automáticamente en no apto para la contienda. Fueron necesarias muchas llamadas telefónicas de su padre, el político Joseph P. Kennedy, para que finalmente fuese aceptado en la Armada, a la que accedió con el rango de subteniente. Sus primeros meses como militar los pasó tras un escritorio rodeado de montones de papeles que le llegaban hasta las cejas. Algo que no le hacía demasiada gracia. Él quería acción, por lo que tuvo que tirar de nuevo de contactos para abandonar los despachos.

En los últimos días de 1942 fue enviado a la escuela de patrulleros. Allí aprendió todo lo necesario para navegar a bordo de un Patrol Torpedo Boat (PT Boat). «Los Patrol Torpedo Boats tienen unos 24 metros de largo, tres motores y cuatro torpedos. Su misión consiste en acercarse al adversario lo máximo posible, digamos que a unos 450 metros, para a continuación lanzar los torpedos y huir», señala el historiador francés André Kaspi en la biografía «Kennedy» (Salvat).

Sin embargo, una vez finalizado el periodo de formación, el futuro dirigente se llevó un nuevo chasco, ya que fue destinado al Canal de Panamá; es decir, a miles de kilómetros del frente. Muy lejos de las minúsculas islas del Pacífico en las que, por entonces, los marines estadounidenses se enfrentaban al ejército japonés.

El futuro presidente seguía empeñado en formar parte de la ofensiva, por lo que trató de convencer a sus superiores para que le acercasen a la acción. Acabó siendo enviado a las Islas Salomón a finales de abril de 1943, donde fue puesto al mando de la patrullera PT-109, embarcación en la que sirven bajo sus órdenes otros 12 hombres.

Los tripulantes de la PT-109. Kennedy se encuentra de pie a la derecha de la imagen
Los tripulantes de la PT-109. Kennedy se encuentra de pie a la derecha de la imagen

Náufrago

El episodio que terminó por definir su paso por el ejército tuvo lugar el 2 de agosto. La PT-109 había sido enviada a las proximidades del estrecho de Blackett, ubicado entre las islas Kolombangara y Arundel, en las Salomón, para evitar que los barcos japoneses destinados al transporte pudiesen operar en la zona. En torno a las dos de la mañana, en medio de la bruma, la patrullera de Kennedy, que en esos momentos se encontraba al timón, fue brutalmente embestida por el destructor «Amagiri». La nave japonesa impactó a 30 nudos partiendo en dos la PT-109.

Los tripulantes de la embarcación estadounidense se encuentran heridos, dos de ellos de gravedad. Kennedy había sufrido daños en su frágil espalda. «Así es como se mata», pensó el futuro presidente mientras se encontraba de espaldas sobre la cubierta, según le reconoció tiempo después al periodista de « The New Yorker» John Hersey. Lo cierto es que tuvo suerte, ya que la otra mitad de la patrullera se fue a pique, y con ella dos de sus tripulantes. El mismo JFK se zambulló en el agua para tratar de dar con todos los marinos que habían caído al agua tras la embestida del «Amagiri».

Durante las siguientes horas, los marinos esperan recibir ayuda de algún navío estadounidense. Sin embargo, nadie se acerca al amasijo de hierros al que ha quedado reducida la patrullera. La marina estadounidense había dado por perdida la embarcación. Según señala Kaspi en su libro, se llegó a celebrar un servicio religioso en memoria de la tripulación. Incluso Joseph Kennedy recibió la noticia de la desaparición de su hijo.

Finalmente, el futuro presidente llega a la conclusión de que ya han esperado suficiente. Los marinos deciden nadar hasta una pequeña isla llamada Plum Pudding, que se encuentra ubicada a unos pocos kilómetros de los restos de la patrullera. El futuro presidente ayudó a un marinero herido llamado Patrick Mahon remolcándolo con su arnés a lo largo de los 6 kilómetros que separaban los restos del naufragio de la isla. Y es que JFK era un contrastado nadador que había formado parte del equipo de nadadores de Harvard.

Una vez en la isla, el futuro presidente se dedica a nadar hacia otros islotes cercanos con el objetivo de buscar provisiones, se hace con varios cocos, y encontrar algún barco estadounidense que les preste ayuda. Sin embargo todo fue en balde. La salvación les llegó de la mano de un grupo de nativos que se acercaron a ellos el día 4 de agosto y trabajaban para los aliados . Estos lograron entrar en contacto con los supervivientes. Kennedy grabó un mensaje en un coco en el que escribió lo siguiente: «Once supervivientes. Indígena conoce posición y arrecife isla Nauru. Kennedy».

Los nativos regresan al día siguiente y llevan con ellos el mensaje de un oficial neozelandés llamado Wincote Leftenante, que les ofrecía su hospitalidad mientras entraban en contacto con las autoridades estadounidenses desplegadas en las Islas Salomón. Los náufragos fueron conducidos por medio de botes fuera de la isla. Unos pocos días después, los supervivientes emprendían la marcha hacia Rendova, donde se encontraba la base norteamericana ubicada en la zona. Para entonces había pasado una semana desde el ataque del «Amagiri».