Obras Ilustradas Caupolicán - Biblioteca Nacional de Chile | Vídeo: Galvrino, el guerrero que combatió con cuchillos atados a sus muñones

El guerrero indio que reemplazó sus brazos mutilados por cuchillas para luchar contra los españoles

Cuando empezaron a acumularse los fracasos en el sur, el Emperador Carlos V resumió con sátira la última asignatura pendiente de España en Sudamérica: «Chile le cuesta al Imperio la flor de mis guzmanes»

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El 3 de julio Diego Almagro salió de Cuzco al frente de 560 españoles y 15.000 guerreros del extinto imperio inca. Almagro, el viejo socio de Francisco Pizarro, invirtió todos sus ahorros en la aventura de conquistar la parte más al sur del continente y durante más de dos años recorrió junto a sus hombres las regiones de Bolivia, Chile y Argentina, si bien únicamente halló parajes desérticos. En el desierto de Atacama el sol abrasaba por el día y la oscuridad helaba por la noche. Por no mencionar la presencia de los feroces nativos mapuches, uno de los pueblos llamados a ser el enemigo más persistente del Imperio español en las siguientes décadas.

Conquistar Chile no iba a ser fácil. Cuando empezaron a acumularse los fracasos en el sur, el Emperador Carlos V resumió con sátira la última asignatura pendiente de España en Sudamérica: «Chile le cuesta al Imperio la flor de mis guzmanes». Esto es, «la conquista de Chile se ha llevado mis mejores soldados». A la desastrosa expedición de Almagro le tomó el relevo en 1546 Pedro de Valdivia, un militar curtido en Italia, que pobló grandes extensiones hasta el estrecho de Magallanes y, en última instancia, combatió a los temidos indios mapuches. Este pueblo autóctono del sur del continente mostró una belicosidad inédita y una gran capacidad para adaptarse al combate con europeos, una suerte de guerra de Flandes en América.

Pedro de Valdivia, primer gobernador de Chile
Pedro de Valdivia, primer gobernador de Chile

Las sucesivas luchas entre los conquistadores españoles del Perú retrasaron aún más la respuesta contra este dispuesto enemigo. Valdivia contribuyó a la derrota de Gonzalo de Pizarro en la batalla de Xaquixahuana y La Gasca, enviado desde España para poner orden entre los conquistadores, le recompensó con los cargos de gobernador y capitán general de Chile. A mediados del siglo XVI el empuje de Valdivia había hecho que una red de poblaciones y fuertes españoles saltearan Chile, si bien persistía la guerra de guerrillas con los mapuches más allá del río Bio-Bio.

Los mapuches no dieron tregua a los españoles y sus aliados indios durante la fundación de ciudades en esta región. En 1553, el capitán general los combatió en persona y mandó levantar fortificaciones para salvar las comunidades de Arauco, Tucapel y Purén. No en vano, a finales de 1553, el cacique Lautaro lideró una rebelión sin precedentes que arrasó los bastiones más al sur y, el día de Navidad, provocó la muerte del propio Valdivia.

García Hurtado de Mendoza desde Perú se encargó de contener la revuelta en curso de este pueblo especialmente testarudo. Y pocos guerreros encarnaron mejor aquella tenacidad que Galvarino, un indio al que los españoles cortaron las manos para evitar que combatiera más y apareció en las siguientes batallas con cuchillas atadas a los muñones.

La leyenda de Galvarino

Se conocen pocos datos de la vida de Galvarino anteriores a que se uniera a la revuelta de Lautaro. Su primera referencia es que combatió a las fuerzas españolas del gobernador García Hurtado de Mendoza y fue capturado en la batalla de Lagunillas (1557), junto al río Biobío, cuando 600 soldados españoles se defendieron en un campamento angosto y pantanoso de una enorme masa de araucanos al mando del toqui Galvarino. El número de bajas entre los araucanos sobrepasó los 5.000 entre muertos y capturados, entre ellos Galvarino, al que como escarmiento le cortaron las manos. Narra el poeta español Alonso de Ercilla, «con desdén y menosprecio dello alargó la cabeza y tendió el cuello» para que le quitaran la vida, pero fue perdonado y regresó con los suyos, jurando vengarse:

«Galvarino soportó el suplicio sin proferir una queja y conservando en su rostro inmutable serenidad. Pidió, en seguida, que se le matará, sabiéndose ya inútil como guerrero, y en vista que ya no se le oía su ruego, estalló su cólera en insultos a sus verdugos, y cambiando de resolución, corrió a los suyos para exhortarlos a la lucha..»

El guerrero mapuche fue condenado a ser colgado de un árbol y cuando algunos defendieron liberarle de nuevo descubrió sus brazos mutilados y afirmó que no quería recibir ayuda y sólo sentía la muerte por no haber podido hacerlos pedazos con los dientes

El cronista Mariño de Lobera afirma que «fue tanto el coraje en que estaba emperrado, que ya que le faltaron las manos, peleó más fuertemente con la lengua, la cual suele ser más eficaz para hacer guerra que las manos de los Hércules y las industrias de los Césares». Una versión fabulada de algo igualmente inverosímil, puesto que a su regreso con los suyos clamó justicia y, no con la lengua, sino con cuchillos amarrados en ambos miembros mutilados reemplazando sus manos. Así lo hizo hasta que fue derrotado otra vez en la batalla de Millarapue.

En aquella fecha, el 30 de noviembre de 1557, los españoles tomaron prisioneros a Galvarino y a otros jefes indígenas. El guerrero mapuche fue condenado a ser colgado de un árbol y cuando algunos defendieron liberarle de nuevo descubrió sus brazos mutilados y afirmó que no quería recibir ayuda y sólo sentía la muerte por no haber podido hacerlos pedazos con los dientes. Galvarino, un precursor del personaje de ficción Lobezno de los X-Men de Marvel, fue finalmente ejecutado.

Tríptico «El joven Lautaro» de Pedro Subercaseaux
Tríptico «El joven Lautaro» de Pedro Subercaseaux

García Hurtado de Mendoza, con el apoyo de su padre, mítico virrey de Perú, logró reconquistar extensas tierras a los mapuches y con victorias como la de Millarapue apagó el incendio de Lautaro. Combinó para ello la mano militar con una política de pactos con las tribus menos belicosas. Cuando en 1560 dio el relevo a Francisco de Villagrá como gobernador, por orden de Felipe II, el panorama era radicalmente distinto, pero Chile seguía siendo un territorio hostil y poco atractivo para los colonos. A los indios se les siguió ganando terreno, pero nunca se dio con una solución definitiva al problema

Un problema nunca resuelto

A finales del siglo XVI se vivieron sendas revueltas que devolvieron a los colonos al otro lado del río Bio-Bio. El 23 de diciembre de 1598, el gobernador Martín Óñez de Loyola, 150 españoles y 300 indios aliados fueron masacrados cuando acudieron a auxiliar a varios fuertes en esta zona más austral de Chile. La silenciosa emboscada al alba sorprendió por completo a los europeos, que en algunos casos acabaron despeñados por un barranco en la huida, y al gobernador que ni siquiera tuvo tiempo de ponerse su armadura antes de que lo cazaran.

El nuevo caudillo enemigo, Pelantaro, sumó el cráneo de Óñez de Loyola a los trofeos macabros de su pueblo, que ya guardaban la cabeza de Pedro de Valdivia como un tesoro. Después de varias décadas de lucha contra los españoles, los mapuches eran diestros en el manejo de la caballería, armas de fuego y maestros del emboscamiento.

Los «Tercios de Arauco», formados por cerca de 3.000 soldados, fueron el primer ejército permanente en América y el responsable de que la guerra con los mapuches entrara en una fase de combates fronterizos

El derrumbe española desencadenó el abandono masivo de varias ciudades y fuertes por todo el territorio sureño, así como una rebelión generalizada que planteó si al Imperio español le merecía la pena tantos quebrantos por un territorio considerado inhóspito. Al borde de la desaparición de la colonia, desembarcó en Valparaíso Alonso García de Ramón, nuevo gobernador de Chile, dotado de un carácter enérgico en el verano de 1600. Se esperaba de él que recuperara algunas de las ciudades arrasadas por los indios y, de paso, algo del prestigio perdido. La operación tuvo éxito e incluso se pudo a rescatar a unas cuantas mujeres españolas secuestradas, sin embargo, el cambio de reinado en España amenazó sus avances.

El problema básico era la falta de una fuerza profesional. A la vista del mal estado de la infantería, Ribera propuso al Rey la creación de un ejército permanente para Chile que se valiera de las tácticas que habían hecho de España una potencia militar en Europa. Los «Tercios de Arauco», formados por cerca de 3.000 soldados, fueron el primer ejército permanente en América y el responsable de que la guerra con los mapuches entrara en una fase de combates fronterizos. Creó talleres para abastecerse de material militar y estableció una serie de fortificaciones para repartir a estos soldados. En cualquier caso, la obra de Ribera se vio interrumpidas por nuevas interferencia desde Madrid. Casado sin licencia real con una tal señora Aguilera, Ribera fue destituido del cargo y destinado a gobernar la Provincia de Tucumán (en Argentina, hoy), un cargo menor que ejerció de forma tan excepcional que, en 1612, recuperó el gobierno de Chile. Lo más curioso del caso es que su antecesor, Alonso García Remón, fue también quien le sucedería luego, en 1605, y al que remplazaría de nuevo años después. Un auténtico galimatías cortesía de Madrid.