Segundo encierro de los Sanferminies de 1933. Los toros de Manuel Blanco entran por la puerta de la plaza
Segundo encierro de los Sanferminies de 1933. Los toros de Manuel Blanco entran por la puerta de la plaza - Roldán

Encierros sin corredores y el 10 de octubre: el verdadero origen de los Sanfermines

Te contamos estas y otras curiosidades de la historia de las famosas fiestas de Pamplona en honor a San Fermín

MadridActualizado:

«Siete de julio... ¡ San Fermín!», dice la tradicional canción de los pamploneses. Pero no se engañen, porque no es esa la fecha en la que se celebraban en su origen las fiestas del santo de la capital navarra durante la Edad Media, sino el 10 de octubre. Vayamos desde el principio...

Antes de que comenzaran a celebrarse los Sanfermines, ya se rendía culto a al que fue el primer obispo de Pamplona. Cuenta la tradición que este fue bautizado en el siglo III por el misionero Saturnino de Tolosa en un lugar hoy conocido como «pocico de San Cernin». Al contrario de lo que se piensa, San Saturnino es el verdadero patrón de Pamplona y no San Fermín, quien ostenta el copatronazgo de la Comunidad Foral junto a San Francisco Javier.

Fermín se ordenó sacerdote en Toulouse (Francia), antes de volver a la capital navarra ya como obispo. Sin embargo, murió decapitado en Amiens a principio del siglo IV. Se cree que en el años 303. Sin embargo, su culto no consta documentalmente hasta el siglo XII, importado de Amiens en cuyas letanías figuraba desde el siglo VIII.

Los encierros

Fue en 1591 cuando los pamploneses, cansados de que los Sanfermines estuvieran siempre pasadas por agua, decidieron trasladarlos al mes de julio, haciéndolas coincidir con las ferias de ganado. El primer programa del que hay constancia data precisamente de ese año y constó de un pregón, un torneo con lanzas, un teatro en honor al santo, un festival de danzas, una procesión y, al día siguiente, una corrida de toros. En aquellos primeros momentos, los Sanfermines no duraban una semana, sino dos días.

El origen del encierro viene precisamente del trayecto por el que los pastores llevaban a los toros de lidia desde las dehesas de La Ribera de Navarra hasta la plaza mayor, que hasta 1843 fue la plaza del Castillo y también estuvo de forma provisional en la plaza del Vínculo. Un abanderado a caballo iniciaba la marcha y los pastores cerraban el recorrido. No se conoce con exactitud cuándo comenzaron los mozos a correr delante de los toros. Luis del Campo Jesús (1912-1995), un médico forense pamplonés considerado como «el historiador del encierro», compartía la opinión de los regidores de 1787, cuando afirmaban, que «la función de correrse toros es tan antigua en Pamplona, que no se le descubre principio».

Otras teorías dicen que no fue hasta finales del siglo XIX cuando se instauró esta costumbre. De lo que sí hay constancia es que, desde 1852, el recorrido es prácticamente el mismo de hoy. Desde ese momento, tan solo hubo un cambio en la curva final que se produjo en 1922. Desde ese año en que se inauguró la plaza de toros donde hoy se celebran las corridas de toros por la tarde, el trayecto es el mismo. Y con respecto a la hora de comienzo, hasta 1924 fue a las seis de la mañana. Ese año se retrasó a las siete y, en 1974, a las ocho actuales.

Del «Riau-Riau» al «A San Fermín pedimos...»

El componente religioso se ha diluido y muestra de ello es la procesión hacia la iglesia de San Lorenzo para celebrar en misa las Vísperas de los Sanfermines, que fue convertida en un acto oficioso de protesta alegre bajo el nombre de « Riau-Riau», que se incorporó en el siglo XX, al igual que el Chupinazo.

Desde 1901, en concreto, se lanzaban cohetes desde la plaza del Castillo de Pamplona para avisar del inicio de las fiestas de San Fermín, pero nadie otorgaba ningún valor al acto. Larrión y Pimoulier recogen el testimonio de su amigo Javier Alonso, que dice que «recuerda perfectamente cómo un conocido republicano y gran pamplonés llamado Etxepare fue el encargado de encender la llama desde 1931, fecha en la que se proclamó la República, hasta el año 1936 inclusive. Él fue testigo de ese primer chupinazo y recuerda que iba vestido a la moda de la época con su pajarita y su sombrero de paja». Terminada la Guerra Civil, en 1939, Joaquín Ilundáin y José María Pérez Salazar retomaron la costumbre. Desde 1941 se lanza el Chupinazo oficial desde el Ayuntamiento.

Y en lo que respecta al canto «A San Fermín pedimos...», que por tres veces se entona frente a la hornacina de San Fermín en la cuesta de Santo Domingo, data de 1962. Es un fragmento del himno de la peña La Única, con letra de Joaquín Zabalza, miembro de Los Iruñako, y música del maestro Turrillas.

Ernest Hemingway

Si hubo un personaje que contribuyó a la inmortalización de los Sanfermines, ese fue Ernest Hemingway. Genio controvertido y aventurero donde los haya, hizo de «Fiesta» de 1926, la mejor carta de presentación de estas celebraciones de cara al extranjero. El escritor fue conocido por los locales más populares de la ciudad, donde contaba sus increíbles historias de viajes alrededor del mundo que eran recibidas con escepticismo pero con humor por parte de los lugareños.

Valió su testimonio para que desde entonces y hasta hoy, manadas de turistas acudan a Pamplona a vivir una fiesta de la que no dan crédito, haciendo de ella una de las citas masivas más importantes del mundo. Por ello, una vez fallecida la figura, en 1967, el Ayutamiento decidió ponerle su nombre al paseo que va desde la entrada de los toros en el encierro hasta el parque de bomberos y adornarlo con un busto del escritor. En la placa se le distingue como «amigo de este pueblo y admirador de sus fiestas que supo propagar la ciudad de Pamplona».

El autor de «Por quién doblan las campanas» (1940) y «El viejo y el mar» (1952) no solía vestir de blanco, con faja roja a la cintura y pañuelo rojo al cuello, a diferencia del resto de asistentes desde, sobre todo, los años 60. Una tradición que no se sabe exactamente cuándo se instauró. Unos apuntan a los socios de la Peña La Veleta como sus creadores en 1931, otros la relacionan con los pelotaris o los joteros. Sí se sabe que la tradición del pañuelo rojo es anterior a la indumentaria blanca. Según la tradición, el color rojo recordaría el martirio de San Fermín, que murió decapitado. Otro teoría evoca al año 1599, cuando una epidemia azotó la ciudad. Como remedio se colocaba en el pecho de los enfermos un sello con la representación de las Cinco Llagas de Cristo. Cuentan que el pañuelo rojo simboliza esas llagas que, al parecer de algunos, habrían surtido efecto contra la peste. Pamplona sigue celebrando el Voto de las Cinco Llagas cada jueves santo en recuerdo de aquello.

«Pobre de mí»

En lo que respecta a los gigantes y cabezudos, existe constancia de su existencia desde el siglo XVI, aunque en el XVIII cayeran en el olvido. La corte de reyes actual data del siglo XIX y es obra del escultor Tadeo Amorena, a quien en 1860 el Ayuntamiento de Pamplona encargó ocho gigantes que representaran cuatro continentes o razas. Una comparsa que actualmente forman 25 figuras de cartón piedra.

El «pobre de mí, pobre de mí, que se han acabado las fiestas de San Fermín», que se canta la medianoche del 14 de julio y al que sigue el esperanzador «Ya falta menos...», da origen al último acto oficial de las fiestas, desde que en la década de los años 20 un pamplonés llamado Julián Valencia y sus amigos improvisaran este fin de fiesta. El alcalde despide las fiestas desde el balcón consistorial y convoca a todo el mundo a participar en las del año próximo, mientras la gente enciende una vela y se quita el pañuelo.