La batalla de Previsa (también conocida por Preveza)
La batalla de Previsa (también conocida por Preveza) - Ohannes Umed Behzad

Previsa, donde la heroicidad de los españoles no pudo vencer a la flota de Barbarroja

En 1538, la «Santa Liga» fue derrotada a pesar de la valerosa actuación de los soldados españoles embarcadas en galeras y galeones

MANUEL P. VILLATORO
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En nombre de Dios y contra el infiel. Con estas premisas combatió el 27 de septiembre de 1538 una flota cristiana formada por más de 400 navíos (250 de ellos menores) contra 150 buques otomanos. Aquel día se enfrentaron además dos leyendas del mar: Andrea Doria y Jeireddin Barbarroja. Sin embargo, el turco supo hacer mejor uso de sus recursos, pues aplastó a los católicos a pesar de su clara desventaja numérica y de la actuación heroica de varios tercios embarcados en las naves de la «Santa Liga».

Corría por entonces una época en la que las aguas del Mediterráneo estaban dominadas por el sultán Solimán I y su Imperio Otomano. No obstante, no andaba tampoco escaso de tierras el turco, quien, herencia por aquí y cimitarrazo por allá, había logrado aunar bajo su turbante un imperio que llegaba hasta Egipto por el sur y hasta Constantinopla por el norte. En los años siguientes, de hecho, este líder se ganó también a golpe de espada el apelativo de «el Magnífico» al seguir expandiendo sus territorios a costa de los católicos.

Lógicamente, estas conquistas no eran del agrado de las regiones cristianas encabezadas por Carlos I de España (V de Alemania y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico), quien veía como los «infieles» cambiaban poco a poco las arenas de Turquía por las verdes praderas europeas. A su vez, el monarca dio un respingo en su trono cuando el condenado otomano asaltó Hungría y situó a sus tropas frente a la misma Austria. Mal asunto, pues los turcos se acercaban cada vez más a sus posesiones.

Por otro lado, tampoco ayudaban a mantener la calma y la paz los continuos ataques orquestados por los piratas turcos al mando de capitanes tan sanguinarios como Jeireddin Barbarroja, toda una leyenda en el Mediterráneo. «Mientras las tropas del sultán Solimán I conquistaban Hungría y llegaban incluso a asediar Viena, los estados berberiscos del norte de África (vasallos del Imperio Otomano) vivían de la piratería saqueando los puertos de España e Italia y asaltando sus barcos en alta mar. En definitiva, la situación llegó a ser tan crítica que se esperaba que, tarde o temprano, los turcos intentarían invadir Italia», explica en declaraciones a ABC el periodista y experto en historia militar española Miguel Renuncio.

Camino a Grecia

Hasta el cetro de oír hablar de otomanos, Carlos ordenó preparar espadas, arcabuces y tercios para salir en busca de los buques de Solimán. «En el siglo XVI, estas dos potencias se disputaban el control del Mare Nostrum: España (dueña de Sicilia, Cerdeña y Nápoles) y el Imperio Otomano (cuyos dominios se extendían desde los Balcanes hasta Egipto). Los intereses contrapuestos de Madrid y Estambul habían desembocado en una guerra continua, que se englobaba en el esfuerzo general de los estados cristianos europeos por frenar el imparable avance turco», añade Renuncio.

Al emperador se unieron en 1538 Venecia, los Estados Pontificios, el archiduque Fernando de Austria y los caballeros de la Orden de San Juan de Malta para crear la «Santa Liga», una coalición dispuesta a mandar a los turcos de vuelta a casa de un puntapié en el trasero. Para cumplir este objetivo, los aliados ordenaron a su almirante más experto (el genovés Andrea Doria) acabar con la principal escuadra otomana presente en el Mediterráneo, la de Barbarroja –quien, tras llegar a un acuerdo con Solimán, había pasado de ser un burdo corsario al máximo oficial de la naviera musulmana-.

Los mejores almirantes del mundo, cara a cara

Viento en popa y remeros dispuestos, Doria estableció que las galeras de los diferentes países aliados se reunirían a finales de verano con el objetivo de atacar Previsa(llamada también Preveza), una bahía ubicada en el golfo de Arta -en el suroeste de Grecia- donde se sabía que había fondeado la flota del antiguo corsario.

«Las escuadras se reunieron en Corfú (a 100 kilómetros de Previsa) el 5 de septiembre (sumando) 134 galeras, 72 naos gruesas de combate, 250 navíos menores y 16.000 soldados de desembarco; en total, por encima de los 50.000 hombres y 2.500 cañones», destaca el fallecido historiador y marino Cesáreo Fernández Duro en su obra «Armada española (desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón)». A su vez, y además del inmenso contingente, Doria contaba en muchos de sus buques con los recién creados Tercios españoles al mando de renombrados líderes como Francisco de Sarmiento –burgalés hasta la médula-, Juan Vargas o Álvaro de Sande.

Por su parte, Barbarroja tenía a su disposición una flota mucho más reducida para hacer frente a la «Santa Liga», como bien explica Duro en su obra de referencia: «Contra esta considerable fuerza vino desde el archipiélago Barbarroja a la cabeza de 85 galeras, 30 galeotas, 35 fustas y bergantines, bien reforzados de tropa turca. Informado por los exploradores de la situación de los ligueros, entró en el golfo de Arta». Los musulmanes, para defenderse de una armada tan gigantesca, decidieron esperar al enemigo dentro de la bahía formando una barrera de cañones con la que enviar a los cristianos junto a su Dios.

Primeros y curiosos movimientos

A pesar de que Doria contaba con una ingente cantidad de buques, armamento y soldados, hubo que esperar casi un mes para que se decidiera a mover pieza frente a los turcos. Concretamente, fue el 26 de septiembre cuando el almirante español estableció su plan de batalla: haría desembarcar a 15.000 hombres y algunos cañones ligeros al mando de Francisco de Sarmiento en el flanco derecho de la bahía para que tomaran por la fuerza el fondeadero y obligaran a Barbarroja a separar sus naves de tierra. Buena idea pero, al parecer, imposible para los oficiales, que rechazaron la propuesta. Así pues, sin saber cómo atacar, y mientras cavilaban un nuevo método para asaltar a Barbarroja, el almirante español dio órdenes a sus naves de retirarse hacia el islote cercano de Sessola para estar más protegidos.

Doria tardó demasiado en decidir la forma de atacar a los otomanos

El momentáneo repliegue de la armada de la «Santa Liga» debió enardecer los corazones de los musulmanes ya que, contra todo pronóstico y en lugar de huir, cargaron arcos y arcabuces… ¡y siguieron la estela de los buques católicos para plantarles batalla! «Con el retroceso de los cristianos se exaltó el ánimo de los contrarios, ansiando pelear: nada les hubiera contenido (…). Al amanecer el 27 salía a alta mar con la flota de 150 vasos, dividida en tres grupos, en forma de media luna; la derecha apoyada en la costa; en el centro y a vanguardia, 16 fustas (…). Debían estar alegres en uno y otro lado; iba al fin a decidirse la contienda», añade el experto español.

Este movimiento dejó en una situación extraña a la flota española. Por un lado, Doria había recibido un regalo de cumpleaños anticipado (faltaba poco más de un mes para el aniversario de su nacimiento) con el temerario movimiento de Barbarroja, pues había querido desde el principio combatir en mar abierto. No obstante, durante el repliegue uno de los galeones mejor artillados de la Liga –al mando de Alejandro Condulmiero- quedó separado de la fuerza principal y se convirtió en una presa fácil para los otomanos. Fuera como fuese, ya era tarde para pensar, pues iba a comenzar la contienda.

Comienza la batalla

El primero en iniciar las hostilidades, según se cree, fue Barbarroja al enviar un grupo reducido de sus navíos a combatir contra Condulmiero y su magnífico galeón armado, según las crónicas, con 130 piezas de artillería (algo inusual para la época). El ataque contra aquel gigante veneciano resultó aterrador, pero el bajel no estaba ni mucho menos indefenso y repartió balazos por doquier entre las galeras otomanas que le hostigaban y le impedían moverse.

«A la furiosa acometida opuso Condulmiero admirable serenidad; dejó aproximarse a los turcos a tiro de arcabuz, sin disparar un tiro; envíoles entonces una rociada con todos los cañones y cesó por encanto el bullicio, la galera más próxima, alcanzada de lleno, se fue al fondo en el acto; quedaron otras destrozadas, y ciaron las demás, replegándose para atacar por escalones, esquivando las baterías de los costados. En esta forma lo hostilizaron hasta la puesta de sol», completa Duro.

El error de Doria

Mientras Condulmiero vendía caro su pellejo, la desesperante pasividad de Doria hizo que el flanco derecho católico se viera pronto superado por la vanguardia de Barbarroja la cual, arrojando bolas metálicas al son de las chirimías, buscaba introducirse entre los buques enemigos y la orilla del islote hacia el que se dirigían los cristianos. Fue entonces cuando el almirante español dio órdenes de maniobrar lo más rápido posible a sus bajeles y poner rumbo, a todo remo y a toda vela, hacia tierra para evitar ser atrapados en un fuego cruzado otomano.

«Doria envió orden a las naos de aproximarse a tierra (…); y aunque segunda y tercera vez se repitió la orden, “porque no la entendieron o porque Dios no quiso que lo entendiera” no hicieron nada para cumplirla. Entonces comisionó Doria al rey de Sicilia, encargándole que en un bergantín fuera él mismo a requerir a los generales que avanzaran hacia el enemigo, lo que no hicieron, contestándole con evasivas. Doria se vio aislado, sin que le siguieran más de nueve galeras que nunca se apartaron del estandarte ni dejaron de tomar las vueltas que él tomó», explica, en este caso, el proveedor de la Armada Francisco Duarte en un informe sobre la batalla entregado al secretario del Emperador días después de la contienda.

Los españoles, en combate

Curiosamente, el destino quiso que dos de las naves que acompañaban a Doria y que se batieron durante los siguientes minutos hasta la extenuación estuvieran cargadas de españoles. Mala noticia para Barbarroja. «En este tiempo, los dos galeones principales, una nave en la que iba el maestre de campo Francisco de Sarmiento, otra vizcaína, hicieron su deber de manera que escarmentaron a los enemigos, sobre todo los dos galeones, de cuyo proceder sería poco e increíble cuanto se dijera», añade el proveedor.

Lo mismo sucedió con el bajel en el que iba embarcado el capitán Villegas de Ulloa con su compañía. Y es que este, después de repartir arcabuzazos y cañonazos por doquier a los hombres de Barbarroja, terminó en el fondo del mar al negarse a rendir el buque. Finalmente, otro de los héroes hispanos que combatió aquella jornada espada en mano fue Machín de Munguía –natural de Vizcaya-, un marino que hizo frente a tres galeras turcas con sus hombres y logró salvarse milagrosamente después de que su buque quedara a la deriva.

Un final aciago

Sin embargo, la suerte ya estaba echada y de poco sirvió la forma heroica en la que se batieron los españoles. Doria, en un último intento de atraer consigo a los bajeles aliados hacia el combate, se paseó frente a la formación con la señal del ataque ondeando. Ninguno le siguió. Sin capacidad para motivar a sus hombres, el almirante católico no pudo más que tocar a retirada sin que ninguna de las decenas y decenas de naves girara su proa para enfrentarse al enemigo y cumplir sus órdenes. Según parece, el veloz ataque de Barbarroja había sorprendido de una forma increíble a los capitanes de la Liga.

Con todo, mientras las velas de la «Santa Liga» se perdían en el horizonte seguidas por algún que otro barco turco, todavía había un combate que se seguía librando: el de Condulmiero. «El galeón quedó acribillado, hecho astillas, muertos trece hombres, heridos cuarenta, por dos veces incendiado y con no pocos balazos bajo la línea del agua. (…) Al anochecer trataron los mahometanos de abordarlo, acudiendo Barbarroja en persona a dirigir el asalto, que al fin no se verificó. Dejaron al coloso hecho una boya, agujereado, inmóvil, manteniendo siempre su gloriosa enseña», completa Duro.

El resultado fue absolutamente funesto para la «Santa Liga», que tuvo que ver con bochorno como miles de sus hombres fueron apresados y como casi 40 de sus naves acabaron hundidas o capturadas (entre ellas, cinco españolas). Mientras, Barbarroja no llenó más que unos pocos centenares de ataúdes y tuvo que despedirse de tres bajeles desfondados y reparar 20 muy dañados. La batalla, decidida desde el principio, había acabado en desastre.