Jóvenes arquitectas, en el paro - ABC

No irán a la huelga, se van del país

Mientras España se lamenta por tener la tasa de desempleo juvenil más alta de Europa, en la sombra se empieza a tejer un problema mucho mayor: la emigración de jóvenes preparados

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Son jóvenes, preparados —algunos con hasta cuatro idiomas y varias licenciaturas— y a diferencia de los llamados «ni-nis», no paran de buscar trabajo. Aun así no consiguen empleo. Ninguno asistirá a la huelga general porque no pueden pensar en el futuro ya que, como asegura uno de ellos, ni siquiera tienen presente. El plan de muchos es irse del país. Sienten que aquí no se valora ni su esfuerzo ni su formación.

El sentimiento general de esta generación, a la que algunos ya consideran perdida, se resume en las palabras de Blanca Tirado, de 24 años, licenciada en Filología inglesa y máster de formación a profesorado, título obligatorio para poder opositar. «¿De qué sirve tirarse estudiando en la universidad seis años si luego sales y te das cuenta de que personas con un módulo medio tienen muchas más posibilidades que tú? La formación en este país no se valora». Y no se equivoca. Uno de los problemas para los licenciados en España, como afirma Florentino Felgueroso en el blog de Fedea, «Nada es gratis», «es que los salarios relativos negociados, es decir, la diferencia que debería existir entre, por ejemplo, un peón y un ingeniero o licenciado, es relativamente pequeña (…) Los salarios mínimos de convenio se han ido elevando de forma progresiva, pero manteniendo las diferencias entre categorías profesionales tal como estaban en el tiempo de Barrabás». En otras palabras, el «premio» al estudio es ínfimo, sobre todo al empezar la vida laboral —cuando mayores deberían ser los incentivos—, y esto se convierte en una de las razones principales por la que muchos jóvenes deciden dejar de estudiar para buscar cualquier trabajo. Estudiar no compensa.

Blanca está haciendo un curso para aspirar a una plaza como azafata de tierra o facturando

Actualmente Blanca está haciendo un curso en el aeropuerto para aspirar a una plaza como azafata de tierra o facturando equipajes. «Estoy con mucha gente que no tiene ningún tipo de formación. Se trata de un trabajo de media jornada, que con “pluses” me puede dejar unos 600 euros. Con eso, más unas clases de inglés que he conseguido dar en un colegio, casi llego a los 800. De eso me ha servido la carrera de filología inglesa, pero bueno...¿Qué voy a hacer? ¿Meterme en una tienda? ¿Volver a curros de azafata y teleoperadora?». Blanca se muestra frustrada porque tiene amigos «que han hecho un módulo de electrónica y ganan 1.600 euros. Yo, con una licenciatura y el máster no podría aspirar a eso nunca. No, no pienso seguir estudiando, y si puedo, quiero irme del país».

Las arquitectas Ana Murtic y Carmen Rocafull, ambas de 27 años, y Chiara Dall'Olio, de 30, forman parte de la generación de arquitectos que estudiaba y dormía tranquilamente porque el «boom» inmobiliario les aseguraba un futuro cargado de proyectos. Sin embargo, la burbuja estalló, y de la noche a la mañana tuvieron que cambiar radicalmente su proyecto de vida. «Yo nunca me había planteado hacer un máster o un doctorado nada más terminar la carrera. Quería trabajar, aprender, ganar dinero, y luego, más adelante y con experiencia, seguir estudiando. Pero ahora mismo no hay más opciones», cuenta Ana. Su compañera Carmen dice que «lo que no se puede hacer es quedarse esperando a que te llamen de un trabajo. Esperas y luego, ¿qué?. Tienes un vacío de dos años en el currículo y entonces nadie se va a dar la vuelta a mirarte. Si por lo menos ven estudios se darán cuenta de que me he estado moviendo». Pero Chiara es más tajante y reconoce que aunque está haciendo el máster por vocación, «ahora es cuando deberíamos estar despegando y no podemos. Cuando se acabe la crisis ya seremos “viejas” y no tendremos experiencia suficiente. ¿Cómo justificas eso?». Ana comparte esta opinión y añade que lo que va a pasar es «que nos vamos a quedar en el medio. Llegará gente más joven que podrá justificar su falta de experiencia porque justo habrán acabado la carrera». Las tres han empezado un máster en planificación urbanística gracias a una beca, «a ver si por ahí podemos conseguir algo», comenta Carmen, pero ninguna descarta abandonar el país. «En nuestro círculo la gente cada vez habla más de irse a países menos desarrollados donde puede haber más oportunidades para gente como nosotras,» asegura Chiara. «Mira, si al terminar el máster no puedo conseguir nada, mi siguiente paso es buscar otra beca para hacer un doctorado en Brasil porque en España, la verdad, es que lo veo muy difícil», concluye Ana.

A Celia Manjavacas le vendieron la moto de los idiomas

A Celia Manjavacas, de 24 años, como a muchos estudiantes, le vendieron la moto de los idiomas. Le dijeron que sin inglés no iría a ninguna parte y que en su profesión era indispensable. Después de ahorrar durante meses, trabajando como camarera o vendiendo refrescos durante la feria de San Isidro en Las Ventas, se fue a Nueva York a perfeccionar el idioma. Volvió y se sacó certificados, «porque tienes que demostrar de alguna forma que tienes dominio». Un año después de su regreso a España sigue trabajando como camarera —con contrato temporal—, oficio que compagina con el envío masivo de currículos. Esta licenciada en Periodismo ha tocado todas las puertas y nadie se las ha abierto. No es uno de los casos de jóvenes sobrepreparados, pero en un país donde los idiomas no son el fuerte, a ella, que lo tiene, no le sirve para nada y por eso su próximo paso es abandonar España. «Ya he visto que aquí no valoran mi formación. No he parado de intentarlo, te lo juro, pero es imposible. En un gabinete de comunicación eché un currículo para secretaria y me dijeron que no me cogían porque estaba ''demasiado'' preparada para el puesto de trabajo, que ellos buscaban a alguien con menos formación. Me quedé flipando. Es como si buscaran a alguien sin preparación, que no pueda optar a nada más para tenerlo amarrado toda la vida dándole cualquier cosa. Visto lo visto, si voy a tener que trabajar de camarera prefiero irme a otro país donde por lo menos valoren mi castellano». Su madre, Maria José Guijarro, con contrato indefinido desde los 22 años, tampoco se explica que su hija no encuentre nada. «Como madre es muy doloroso ver a tu hija peor que tú a esa edad, cuando se supone que debía estar mejor».

Celia es otra víctima de las «becas de prácticas» o contratos de formación. A pesar de haber pasado por una radio nacional, un gabinete de prensa y una productora, parece ser que su experiencia no cuenta. «El problema son los famosos convenios. En muchos sitios no te cogen ni para ser becaria. Al no estar matriculado en una universidad te tienen que pagar un sueldo y prefieren vivir a punta de becarios que cobran 300 euros. Me han rechazado de mil sitios por el hecho de no optar a un convenio».

«Después de estar dos años y medio como becario te echan a la calle»

Daniel Viaña, de 26 años, es otro licenciado en periodismo que ha pasado por la misma situación y opina que «el problema de esos contratos de formación es que en ningún caso tienes la posibilidad de quedarte. Sabes que entras y que sales. Y cuando se te van a acabar las prácticas te dicen o que te dejes una asignatura o que te matricules en la UNED para poder seguir siendo becario. Y lo harías si vieras la posibilidad de quedarte, pero conozco gente que después de estar dos años y medio como becario la han echado a la calle. ¿Y el inglés? A mi no me ha servido para nada. Me ha servido más el euskera». Este joven de Eibar dice que esta semana está optimista, «pero si me pillas la semana pasada te hubiese dicho que mandaba todo a la mierda». Y es que al igual que Celia, Daniel ha estado fuera del país, viviendo un año en México, adquiriendo experiencia y formación, y al llegar a España se ha encontrado con que nadie quiere saber de él.

Sus compañeros de piso lo ven más negro. Christian Cacciani, de 25 años, padres argentinos y pasaporte italiano, tiene dos licenciaturas, una en Sociología y otra en Derecho; además habla cuatro idiomas. «Para que te voy a mentir, los sitios donde he estado ha sido por enchufe. Estuve de prácticas en Unicef y este verano en Argentina. Me vine a España buscando una mejor formación y con ganas de quedarme, pero después de mandar currículos y ver que nadie me llama, la mejor opción que tengo es regresarme. No quiero, pero es lo que hay». Carlos Torrent, el tercero en el grupo, está terminando una triple licenciatura en Publicidad, Comunicación y Periodismo y el verano pasado estuvo de prácticas sin cobrar un solo euro. «Me lo pasé muy bien, aprendí mucho, pero nada más. Antes había estado trabajando en otro sitio donde me cogieron por mi inglés, pero no por mi formación. Si no fuera por la ayuda de mis padres sería imposible... y obviamente ahora no pienso en independizarme... Quiero irme a Estados Unidos, aunque por el dinero no lo puedo hacer». De la huelga y la reforma laboral estos jóvenes no se preocupan porque como dice Daniel, «no nos afecta. Ni somos estudiantes, ni somos trabajadores. Estamos en el limbo. ¿Huelga? Nosotros no podemos hacer huelga... no podemos pensar en el futuro porque no tenemos un presente».

Pero en todo este barullo hay un grupo del que nadie habla. Se trata de los jóvenes extranjeros que después de estudiar en España han decido trabajar por y en este país. Sin embargo, al igual que sus colegas españoles, su plan B es dejarlo todo y empezar de nuevo. A diferencia de los españoles, ello necesitan trabajar para poder renovar sus permisos de estancia, de lo contrario tienen que regresar.

René llegó a España hace más de seis años gracias a una beca de la Fundación Carolina. Venía a hacer un máster de Historia y se quedó. «Como antropólogo me gusta aprender nuevas vivencias culturales, y España es un país magnífico para ello. Irme sería muy doloroso».

En 2003 ganó el Premio al Pensamiento Caribeño dentro del área de antropología por una monografía pionera en el área de investigación subacuática. La monografía fue publicada y avalada por la Unesco pero hoy René se gana la vida haciendo inventarios, cuando lo llaman.

Como ellos, son miles los jóvenes que desprenden frustración al hablar de su situación actual. Han perseverado y buscado, pero las opciones se acaban. Y aunque reconocen que no están tan mal como otras personas, se duelen porque tampoco pueden exigir. España se expone a una fuga de cerebros que se presiente inevitable, una enfermedad que priva a la sociedad española de un futuro mejor.