Selene junto a dos usuarias de la casa de Pazos de Borbén
Selene junto a dos usuarias de la casa de Pazos de Borbén - MIGUEL MUÑIZ
SOCIEDAD

Envejecer en el rural: «Cuidar a un mayor no es darle un sofá cómodo junto a la tele»

Galicia estrena una red de «casas del mayor» que ofrece cuidados durante el día a los vecinos más veteranos de pueblos con menos de 5.000 habitantes

SantiagoActualizado:

Cada mañana desde hace ya dos meses, Pura, Esperanza, María, Leonor y Concha madrugan para tejer y retejer sus recuerdos. Todas ellas nacieron en Pazos de Borbén, una localidad pontevedresa con menos de tres mil vecinos pionera en albergar la primera casa del mayor de las proyectadas por la Xunta. Inspiradas en las casas nido que ayudan a los padres del rural a conciliar, estos espacios ofrecen un lugar de encuentro para los más mayores en poblaciones que por sus características no disponen de centros de día que presten el servicio. La batuta en Pazos la lleva Selene, cuidadora de estas cinco usuarias. Ella fue la primera en adherirse al plan del Gobierno gallego para abrir su propio centro. Un sueño a su medida que le ha permitido desarrollar su profesión sin abandonar el pueblo donde vive y que en cuestión de pocas semanas la ha convertido en muleta de las veteranas del lugar.

El día arranca temprano, cuando Selene recoge en su casa a las mujeres que más lejos viven. Son poco más de las nueve, pero la conversación fluye como en la sobremesa de un día de fiesta. Hablan de sus nietos, de sus bisnietos, de cómo llevaban a sus hijos en «capachos» al campo para trabajar y de la vida de sacrificios de una que fue madre soltera y de otra que conoció los sinsabores de la emigración y uno de los primeros divorcios de la zona. También cosen trajes a la Pantoja. A través de estas conversaciones, Selene —todo dulzura y sonrisa— trabaja la memoria y la retentiva para frenar el avance del Alzheimer que padece alguna de ellas. Sabe que la enfermedad no tiene cura, pero también que las familias necesitan alguien que las aconseje para encarar el deterioro con el menor sufrimiento posible. «No podemos olvidarnos de cuidar al cuidador» explica la profesional mientras ayuda a Concha a colorear una muñeca que hoy teñirán de rubia. «Cuando llegó pensaba que no sabía pintar y mira qué bien lo hace», la anima. Con este grupo de mujeres, todas próximas a los 80 cumpleaños, Selene ha trabado una relación que va más allá de unos simples cuidados y ante la que las propias compañeras se emocionan y se estrechan las manos.

Hasta 15.000 euros

Para llegar hasta aquí Selene hizo un estudio de mercado de la zona, de sus habitantes, de los posibles usuarios y de los servicios que necesitaban. Los elegidos deben ser mayores de 60 años y tener la Ley de dependencia (en grado 1 o 2) aprobada; son los requisitos que el Gobierno gallego marca para iniciar la actividad. Con una subvención de hasta 15.000 euros la Xunta ayuda a los emprendedores a reformar el local donde se acogerá a los mayores. Después, y de manera anual, les abona 19.600 euros de los que sale su sueldo. El local donde Selene cuida de sus abuelas era, recuerda una de ellas, un antiguo garaje. «Y mira tú, ahora tenemos aquí un manjar» dice Esperanza, la más dicharachera del grupo.

Estantería personalizada para cada usuaria
Estantería personalizada para cada usuaria - MUÑIZ

Ni ella ni ninguna de sus compañeras pagan nada por este servicio. Solo Leonor abona los cinco euros diarios que cuesta la comida que Selena cocina para la dos. «En el rural gallego hay mucha gente que no se puede desplazar a los núcleos urbanos, y este recurso es una manera de atajar ese problema», reflexiona la profesional dos meses después de la apertura de su casa. La idea fue tan bien acogida que ya hay cola de espera, pero solo están permitidas cinco personas por centro. La mayoría de las veintiocho casas que ya están en funcionamiento se ubican en las provincias de Orense y Lugo, las más azotadas por la despoblación, porque la ley exige que se abran en municipios de menos de cinco mil habitantes. Es una forma directa de cuidar a los mayores de la zona y aliviar a sus familias al tiempo que se genera empleo en el rural, sobre todo femenino, y se restauran edificios desocupados.

A otro ritmo

En la casa de Pazos, las amigas cuentan con varios sofás, una gran mesa central donde hacen actividades y porfían y estanterías con herramientas para mejorar sus habilidades. En ellas hay libros y recetas en alemán, un idioma que Leonor aprendió en la emigración y en el que sigue leyendo a sus compañeras. «Mi hijo está todo el día en el colegio [padece una discapacidad] y yo me quedaba sola en casa», reconoce. Ahora, las mañanas discurren a otra velocidad y cada día es distinto. Concha se queja de que su marido, que toca en la banda de música de Redondela, ensaya en casa. Esperanza bromea con que el suyo aún está «de buen ver» y María les dice que ella nunca necesitó hombres. Siempre se apañó bien sola, resuelve convencida tras sacar a dos hijos adelante.

Más allá de los muros de la casa, Selene no tiene problemas a la hora de poner a las mujeres en marcha y llevarlas a obras de teatro, funciones escolares o a un lavadero cercano donde toman el aire y hablan de las verbenas. Cuando el tiempo lo permite también salen a pasear por el pueblo, su actividad favorita. «Lo disfrutan porque recuerdan quién vivía en qué casa y van contando historias», explica la cicerone del grupo, siempre con la cámara de fotos en mano para captar las escapadas que después comentan a la mesa. De todos estos momentos hay fotografías colgadas por las paredes, que dan vida y calor al pequeño local, con cocina, un canario cantando en el alféizar, y un baño totalmente equipado.

Sobre cómo una casa de este tipo puede llegar a mejorar la recta final de la vida de una persona, Selene habla con una mezcla de franqueza y experiencia. «Hay gente que piensa que traer a sus padres aquí es abandonarlos, pero todo lo contrario. Estás haciendo que mantengan un entorno y a sus amigos. Parece que llegados a una edad hay un sillón muy cómodo en casa colocado al lado de la televisión que es donde los sentamos. Le ponemos bien de comer, pero eso no es cuidarlo, es mermarlo» ejemplifica la cuidadora. «No podemos colocar a los mayores en una silla», insiste para alertar del rápido deterioro que una persona de edad avanzada puede sufrir en cuestión de pocos meses si no cuenta con estímulos adecuados.

Aunque se trata de un proyecto que acaba de nacer —apenas dos meses de funcionamiento real— ya son 28 las casas del mayor que están en marcha en Galicia. Sus impulsoras —todas mujeres— comparten un grupo de Whatsapp que Selene se encargó de crear contactando por Facebook, una a una, con el resto de emprendedoras. Ninguna se conocía, pero ahora intercambian consejos sobre la gestión diaria de la casa y también acerca de cómo afrontar los problemas o dudas con algunos usuarios. Entre todas han creado una red que ya sostiene a cerca de 140 personas. El proyecto de la Xunta aspira a que en 2020 sean 60 las casas del mayor que ofrezcan un retiro más ilusionante a quienes resisten en el rural, su verdadero hogar.