Hilario Barrero en Nueva York
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ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Diario de un jubilado en Nueva York (58): Entre la espalda y la pared

«Solo me falta que un enemigo me obligue a leer de rodillas cada mañana los tuits del señor Trump»

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Parece ser que la mayoría de mis amistades tienen o han tenido problemas de columna vertebral y todos se sienten en la obligación de aconsejarme, lo que se agradece. Hay consejos que alivian. Para unos las agujas son mano de santo, así que fui a acupuntura, mientras que para otros los masajes son la divina pomada. Algunos creen en terapia, en nadar, montar en bicicleta, hacer gimnasia, saltar a la comba, pasar tiempo en posición fetal, hacer puentes, genuflexiones, adorando a Alá, estirar gomas... Por seguir a este grupo he tenido que comprarme un bañador, recordar si sabía nadar y convertir la sala de casa en un gimnasio. Unos me recomiendan andar, otros estar sentado, otros de pie, otros dormir de lado, bocarriba o bocabajo, con una almohada entre las piernas. Algunos juran por ungüentos con olor a pescado pasado de fecha, en parches que dejan la piel como lija del 15, en duchas frías o ardiendo, creen en el fuego, o en el frío, otros ni en una cosa ni en la otra. Es decir: en el purgatorio. Que ya no existe.

Solo me falta que algún amigo místico me recomiende el uso del cilicio o que me cuelgue de una cruz. O que un enemigo me obligue a leer de rodillas cada mañana los tuits del sr. Trump.

O más difícil todavia. El otro día una vecina, que uno tenía por seria y responsable, educada y demócrata, me vio con cara de perro y al contarle mi vida, vi cómo se le iluminaba el rostro. Mirándome como quien mira a una víctima propiciatoria, a un nuevo adicto a su «religión», con los ojos brillantes, una sonrisa artificial y ademanes de madre superiora me dijo: «Haz lo que hago yo. Yo llevaba casi toda mi vida con problemas cervicales, hasta el punto de no poder salir de casa. El amigo de uno de mis hijos me habló de un remedio infalible: fúmate un porro, tómate unas pastillas o ponte una pomada de marihuana y te sentirás como nuevo. Una bendición». Antes de irse me dio la tarjeta de visita del médico que le receta la droga mágica. Pero el dolor sigue.

Al final, ayer, fui a una clínica a que me pusiseran seis banderillas en la espalda. Me sentí como un San Sebastián a la inversa. A ver si hay suerte. Una amiga que no cree en médicos, al contarle la odisea, (los que me conoceis sabeis lo gallina que soy para estos menesteres) me advierte, caritativamente, que las inyecciones con suerte harán que el dolor desaparezca solamente por algún tiempo, nada definitivo. Y así estamos: entre la espalda y la pared.