H.B.
ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Diario de un jubilado en Nueva York (57): Sacristán del dolor

«La víctima semidesnuda espera las agujas, que caen como una lluvia metálica»

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La habitación es como la celda de un eremita: paredes blancas, olor a incienso, música sin palabras, luz tenue y en el centro, el lecho, que es al mismo tiempo altar y pira. La víctima semidesnuda espera las agujas, que caen como una lluvia metálica: mínimos picotazos de pájaros delicados. El oficiante, revestido de azul, con el hisopo en mano rocía la espalda del reo con alcohol y ungüentos que huelen a tierra mojada, hierba recién segada y a mañana de mayo. De los pies a la cabeza el oficiante clava agujas como quien va dejando señales para que el dolor sepa por dónde escapar.

El reo se queda solo por veinte minutos, abandonado en una tenue oscuridad, meditando, escribiendo en su mente una crónica en blanco y respirando hondo. La música y el silencio de los cristales rotos lo acompañan. El oficiante vuelve y habla de un fuego que sale por las agujas que se han convierten en chimeneas por donde sale el dolor: humo con lava, plomo fundido. Terminada la ceremonia el reo es rociado, de nuevo, con bálsamos y calmantes que siente florecer en su piel. Mientras se viste tiene miedo de que el oficiante haya olvidado alguna aguja enhebrada en el paño arrugado y con manchas del acartonado y viejo sacristán del dolor.