El día que Sànchez quiso ser Lenin

Los vídeos de la Fiscalía confirman que hubo incitación a la insurrección violenta

Pedro García Cuartango
MadridActualizado:

Hay una imagen histórica de Lenin arengando a los soviets a la sublevación en octubre de 1917. Está captada en San Petersburgo mientras miles de bolcheviques le vitorean y le aclaman. Kerensky sigue siendo formalmente el primer ministro, pero el régimen se ha desmoronado. Ha llegado la hora de hacerse con un poder que ni el Gobierno ni la Duma ejercen.

Ese es el momento que Lenin lleva esperando desde su llegada a la estación de Finlandia. Tras serias vacilaciones y un fuerte debate interno, el líder bolchevique llama a las masas a «la revolución democrática» y justifica abiertamente el uso de la violencia para derribar el sistema que ha sobrevivido unos meses al zarismo.

Resulta casi inevitable evocar esa imagen de Lenin con su gorra en la mano y subido a una tribuna al contemplar a Jordi Sànchez en el vídeo que presentó ayer la Fiscalía, grabado durante la concentración frente a la consejería de Economía el 20 de septiembre de 2017.

En una escenografía muy parecida y rodeado de independentistas que corean esloganes contra el Estado españo, el presidente de ANC emplea las mismas palabras que Lenin y señala: «Es la revolucción democrática que Europa espera». Y luego propugna una insurrección contra la legalidad vigente y pide a los catalanes que vayan a votar el 1 de octubre para declarar la república catalana.

Ante decenas de miles de personas que impiden a la comitiva judicial salir del edificio, Sànchez lanza un devastador ataque contra la Justicia y sostiene que la represión policial jamás podrá parar la voluntad del pueblo catalán. La gente le aplaude y se escucha el grito de «no saldrán». La cámara recorre a un público exaltado que gesticula, insulta y amenaza a los guardias civiles que custodian la entrada.

Este era el ambiente «pacífico, festivo y cívico» que los inculpados y los testigos de la defensa han descrito durante el juicio. Pero las imágenes evidencian que aquel día hubo un clima de intimidación y acoso contra el personal judicial, incluyendo el tremendo destrozo de los dos vehículos de la Guardia Civil y el lanzamiento de objetos.

El independentismo se ha esforzado en construir el relato de la violencia de los cuerpos policiales, pero los vídeos aportados por la Fiscalía sugieren otra cosa: que las personas que ocuparon los colegios electorales estaban organizadas para provocar a las Fuerzas de Seguridad del Estado.

Numerosas grabaciones exhibidas reflejan que la Guardia Civil y la Policía Nacional intentaron dialogar con quienes impedían el acceso a los colegios electorales y la respuesta fueron los insultos, las amenazas y la negativa a tolerar la recogida de las urnas con actitudes violentas. Y ello con la perfecta conciencia de que había un mandato judicial.

Lo que sucedió no fue una movilización espontánea sino una insurrección organizada, como lo demuestra no sólo el discurso de Sànchez sino también otras intervenciones de Cuixart y Forcadell, en las que se incita a impedir la entrada en los colegios electorales y a desobedecer el mandato de los jueces.

La pretendida voluntad popular, el «Volkgeist» del soberanismo, amparaba el quebranto de las leyes y el uso de la violencia -hay que decirlo sin eufemismos- en la jornada del 1 de octubre. E incluso, según el discurso de Sànchez, todo estaba justificado porque Europa esperaba con los brazos abiertos el nacimiento de una nación.

Pero esa vía leninista de los líderes del procés -la vanguardia que agita a las masas- sufrió ayer un inesperado contratiempo en el Tribunal de Estrasburgo, que decidió no admitir a trámite la demanda contra el Constitucional por haber suspendido el pleno del 9 de octubre de 2017 en el que Puigdemont planeaba declarar la independencia. El Alto Tribunal califica de «inadmisible» la acción y subraya que la medida del Constitucional era «necesaria» para preservar la legalidad y la democracia. Un golpe en la línea de flotación del independentismo que siempre había mantenido que Estrasburgo desautorizaría al Estado.

Las imágenes que vimos ayer y esta resolución desmontan el relato de los inculpados por rebelión y corroboran que el Lenin catalán no es un preso político sino un político preso.

Pedro García CuartangoPedro García CuartangoArticulista de OpiniónPedro García Cuartango