La diputada de la CUP Mireia Vehí (i), junto a otros miembros y simpatizantes de la CUP se concentran en Barcelona en apoyo de los cinco investigados por quemar fotos del Rey
La diputada de la CUP Mireia Vehí (i), junto a otros miembros y simpatizantes de la CUP se concentran en Barcelona en apoyo de los cinco investigados por quemar fotos del Rey - EFE

El futuro político de Cataluña, en manos de diez diputados antisistema

El independentismo «moderado» descubre el verdadero rostro del partido anticapitalista

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Después de las elecciones catalanas de 2012, adelantadas por CiU con el convencimiento de que iban a obtener una «mayoría indestructible» para el «proceso soberanista» -en palabras de Artur Mas-, la federación nacionalista sufrió un calamitoso retroceso. Pisoteando unos carteles electorales en lo que un Mas con ademán mesiánico anunciaba una nueva era de emancipación nacional, CiU quedaba en manos de ERC, que avanzaba en la misma medida en la que retrocedía el histórico partido fundado por Jordi Pujol. Tras un arranque de la anterior legislatura en la que CiU llegó a pactar sus primeros Presupuestos con el PPC, el soberanismo y la consolidación de ERC imponían un giro a la izquierda.

Sin ser conscientes de lo que vendría después -en esos comicios la CUP hizo entrada en el Parlament con solo tres diputados, entonces parecía solo una anécdota pintoresca-, el votante tradicional de CiU ya alertaba de la radicalización que suponía el acuerdo con ERC, con el recuerdo aún fresco de los dos tripartitos.

Visto con perspectiva, y alarmados por el papel predominante que ahora ha logrado la CUP, fuentes empresariales, incluso las más próximas al soberanismo, reconocen a este diario que no imaginaban que el «proceso», y la política catalana, acabarían en manos de un partido como la CUP: antisistema, anticapitalista, importadores a Cataluña de un modo de hacer política propio de la izquierda abertzale, a la que siempre ha tratado de emular.

Amenaza para el «proceso»

En apenas cuatro años de «proceso», Cataluña ha pasado del gobierno «business friendly» con que Mas reconquistó la Generalitat para CiU, al secuestro del Parlament por parte de un grupo que «pretende aniquilar todo lo que tradicionalmente ha defendido la federación nacionalista», señala a ABC el directivo de una pyme con sede en Barcelona. «La principal amenaza para el proceso no es tanto el Estado como la CUP. Muchos apoyamos a Mas, pero esta gente quiere acabar con nosotros».

Con la misma candidez con la que muchos celebraban la oratoria y maneras del candidato Antonio Baños -con el que en 2015 los antisistema pasaron de tres a diez diputados- numerosos independentistas descubren ahora el verdadero rostro de la CUP, socios preferentes de Carles Puigdemont e imprescindibles para la precaria mayoría en escaños en el Parlament.

La CUP que quema fotos del Rey o echa gasolina dialéctica en los altercados «okupas» es la misma que arropó a Arnaldo Otegui en su visita al Parlament, o la que aprovechaba las fiestas del barrio de Gràcia para pedir la libertad de condenadas por terrorismo , como la etarra Dolores López Resino o la mitificada por este movimiento Laura Riera, colaboradora del comando Barcelona. Ninguna novedad. La diferencia, recuerdan PP y C’s, es que la CUP que hace años era una anécdota, es la misma que ahora negocia los Presupuestos. La misma CUP que tiene en el Ayuntamiento de Barcelona a un concejal con las palabra «odio» tatuada en sus nudillos.

Con estos mimbres, el resto de partidos quedan centrados por comparación. Desaparecida CiU, y con el PSC desfondado, emergen con fuerza los «comunes» aglutinados alrededor de Ada Colau, a los que, al igual que le sucede a Oriol Junqueras, la CUP ha logrado el milagro de «moderar», al menos en apariencia. A diferencia del Congreso, donde Podemos aglutina todo el espacio que va de la izquierda a la extrema izquierda antisistema, la existencia de la CUP con su discurso y formas de acento batasuno, hace que, a su lado, el movimiento de los «comunes» pase por moderado.

Del mismo modo que la radicalización de la CUP ha «centrado» políticamente a otros grupos, el discurso extremista de sus dirigentes tiene también sus matices, visibles en la fractura interna (en dos mitades iguales) entre los partidarios de facilitar la investidura de Artur Mas y los contrarios, que acabaron imponiéndose; o posteriormente, entre los partidarios de aprobar los primeros presupuestos de Puigdemont y los contrarios -volvieron a ganar los primeros-, para desesperación del independentismo «moderado» del PDECat y de ERC. Del mismo modo que se habla de un PSC con dos almas, la CUP tampoco es un partido homogéneo, dividido entre quienes creen que para conseguir la independencia primero hay que hacer la revolución, y los que priorizan la secesión al discurso social. Este es el dilema de los aliados de Puigdemont.