El cura merino del procés

Jordi Sànchez daba las órdenes el 20-S tras asumir el papel de líder mesiánico de la insurrección independentista contra el Estado español

Pedro García Cuartango
MadridActualizado:

Sus restos descansan en una bella tumba de piedra frente al convento de Santa Clara de Lerma, a unos pocos metros del mirador que domina el valle del Arlanza. Estamos hablando de Jerónimo Merino, sacerdote y líder de la resistencia en la guerra de la Independencia, más conocido como El Cura Merino.

Sus hábitos no fueron impedimento para que este religioso llegara a encabezar una partida de varios miles de hombres que infligieron severas derrotas a los soldados de Napoleón en tierras de Burgos.

El Cura Merino llegó a vestir a los rebeldes bajo su mando con uniforme de húsar, imponiendo una férrea disciplina que nadie osó cuestionar. Cuando los franceses cruzaron la frontera por Irún, el sacerdote abandonó las armas y volvió a su parroquia de Villoviado, un pueblo que tiene hoy 18 habitantes.

La figura del legendario Cura Merino sobrevoló ayer en el Supremo y se encarnó en la figura de Jordi Sànchez, verdadero emulador del espíritu insurrecto que plantó cara a la «Grande Armée» hace dos siglos en la meseta castellana.

Según el testimonio del jefe de la Brigada Móvil de los Mossos, Sànchez se erigió en líder de las masas que acorralaron a la comitiva judicial, protegida por la Guardia Civil, que acudió a registrar la sede de la consejería de Economía el 20 de septiembre de 2017.

El entonces presidente de la ANC era quien disponía y daba las órdenes sobre quién podía salir y entrar en el edificio, dónde tenían que situarse los mossos y cómo se debía organizar el pasillo de voluntarios que se interponía entre los manifestantes y el personal del interior.

El jefe de los Mossos relató que, cuando llegó a la consejería, tuvo que dirigirse a un Sànchez que llevaba las riendas de la movilización con la misma autoridad que El Cura Merino mandaba a sus huestes: «Largaos de aquí», fueron las palabras del presidente de ANC.

«Su actitud fue prepotente, altiva y complicada para mí», declaró el jefe del cuerpo de antidisturbios, que precisó que Sànchez le amenazó con llamar a Puigdemont ante la negativa a obedecer sus ordenes.

Era obvio que quien mandaba allí era el presidente de la ANC, que, dicho en terminos jurídicos, tenía el dominio del acto. Y en lugar de pedir a los manifestantes que se fueran a casa, hizo exactamente lo contrario: azuzarles a que se quedaran para intimidar a la comitiva judicial.

Contra la versión beatífica de algunos testigos de los independentistas, el jefe policial aseguró que «ni con el Séptimo de Caballería hubieramos llegado a la consejería», dada la magnitud de la concentración y la exaltación de los ánimos.

El testimonio fue tan demoledor que el propio Sànchez hacía gestos de incredulidad mientras que los abogados no podían disimular su estupefacción por esta comparecencia solicitada por la defensa y que sirvió para demoler todas las coartadas del líder de la ANC. Pocas o ninguna duda cabe albergar ya de que Jordi Sànchez fue uno de los impulsores de la insurrección contra el Estado que concluyó en la declaración unilateral de independencia. Y ello porque el papel de la ANC fue esencial para movilizar a las masas, acosar a las Fuerzas de Seguridad y presionar a Puigdemont para culminar el procés.

Y nada ha cambiado porque este pasado fin de semana la ANC ha aprobado una nueva hoja de ruta para volver a proclamar la independencia si los soberanistas vueven tener mayoría en el Parlament.

El Cura Merino, premiado con una canonjía por Fernando VII, optó por exiliarse tras el Abrazo de Vergara. No sabemos cuál será el veredicto del Supremo, pero no hay duda de que Sànchez, emulando al cura trabucaire, enardeció a las masas con la fe de una causa que se ha convertido en una religión.

Pedro García CuartangoPedro García CuartangoArticulista de OpiniónPedro García Cuartango