Papá, quiero ser controlador

Las condiciones laborales de los controladores de tránsito aéreo son, seguramente, las más codiciadas en el mercado de trabajo español. Hasta obtener la anhelada licencia profesional, los aspirantes deben superar un sinfín de rigurosas pruebas

LUIS M. ONTOSO | MADRID
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«¿Tiene novio?». La chica, al principio, duda qué responder. Enfrente, un tribunal de miradas escrutadoras y manos en continuo movimiento que anotan en un cuadernillo cada titubeo de la aspirante a controladora aérea. «¿Trabaja su novio?». «Sí, claro». «Estará contento. Si usted consigue este puesto abandonará su empleo y se convertirá en un mantenido, ¿no?».

La joven, que ha superado con creces todas las pruebas, hace acopio de paciencia. Resopla y se mantiene erguida, como la han enseñado. «No, hombre, no». José Ignacio Serrano, director de la academia Foro Training ilustra con un caso real una de las temibles entrevistas personales que encaran quienes se se presentan al examen de ingreso a Senasa, el centro de formación aeronáutica adscrito al Ministerio de Fomento, la puerta de acceso a la profesión.

«Y los padres de su novio se estarán frotando las manos. Usted es un chollo, claro». La chica estalla. «¡Vale ya!». Serrano, metido en el papel, ensaya una sonrisa beatífica. «Entonces la esperamos en la próxima convocatoria».

Las pruebas para convertirse en controlador aéreo evalúan, sobre todo, el dominio del inglés -tomando como referencia el nivel de «Advanced» o cuarto curso de la Escuela de Idiomas- y la personalidad del candidato, un rasgo determinante.

«Los psicólogos estudian el grado de integración, las cualidades de liderazgo. El piloto del avión es autónomo sólo en las situaciones de emergencia, pero en cualquier otro caso, el controlador actúa como un guardia municipal. Por ello es importante que tenga un determinado carácter», explica Serrano.

En el «ojo del huracán»

Desde que el Gabinete de José Blanco denunció la baja productividad y los desmesurados privilegios de los 2.300 controladores de tránsito aéreo españoles, este colectivo se ha situado en el centro de todas las críticas.

Con un convenio que fija un máximo de 1.200 horas de trabajo anuales, lo que se traduce en turnos de cinco días laborables alternados con diez de descanso, y sueldos en torno a los 200.000 euros anuales, no es de extrañar que esta profesión suscite perplejidad y celos.

Los controladores se defienden y alegan que esos sueldos desorbitados se deben a que, al haber un déficit de al menos 600 controladores, se ven obligados trabajar horas extra, cuya remuneración se eleva a más de 540 euros cada una.

Así que no es de extrañar que en la España del desempleo juvenil generalizado, «ochocientoeurismo» en auge y jornadas laborales eternas las condiciones de trabajo de los controladores atraigan a algunos jóvenes desencantados con el deteriorado mercado laboral . Muchos se lo plantean como una apuesta a cara o cruz. «Hay alguno que abandona su trabajo. Sólo tienen ojos para la prueba», apunta Serrano.

Javier Romo, de 22 años, mira a los ojos fijamente y traza sus gestos con serenidad: lleva más de un año preparándose para las pruebas y afronta con destreza las entrevistas personales. «No voy a negar que el sueldo es atractivo. A cualquier le gusta esa calidad de vida y ese estatus».

Romo espera impaciente la nueva convocatoria. La última se remonta a 2008 y se ofertaron 150 plazas, por lo que ahora se siente en una especie de limbo. Todas las mañanas se dedica a «estudiar sin rumbo». El pasado año terminó la carrera de ingeniería aeronáutica, aunque ahora ni siquiera hace falta disponer de un título universitario. Desde de la publicación del real decreto (octubre de 2009) por el que se regula la licencia comunitaria, tan sólo es necesario tener 18 años cumplidos y disponer de un título de Bachillerato o equivalente y superar un reconocimiento médico. Para los candidatos que su superan el examen de ingreso, el camino al edén profesional pasa por un curso de formación de 15 meses en Senasa, el periodo de mayores estrecheces económicas. A los estudiantes no residentes en Madrid se les asigna una beca de 600 euros al mes en concepto de gastos de residencia. A los de la comunidad de Madrid, menos de 100 euros.

Sin embargo, según matiza Serrano, esas condiciones no resultan tan rigurosas como las que padecen la mayoría de los becarios universitarios, acostumbrados a encadenar contratos leoninos y sueldos inferiores a la media. El cien por cien de sus alumnos que han solicitado un crédito a una entidad bancaria, asegura, lo han obtenido. «Los bancos y las cajas se muestran muy receptivos, porque son potenciales clientes con una capacidad adquisitiva grande e intentan fidelizarlos desde el principio».

«La inmensa mayoría sale» de ese túnel en claroscuro que consituyen los 15 meses en régimen de estudiante. Una vez que se ha dejado atrás, se da paso a la primera tentativa -moderada- de prosperidad económica. Según el puesto que se haya obtenido en la promoción, que depende del rendimiento académico, se asigna un destino para efectuar los preceptivos seis meses de prácticas en los que se cobra el 60% del salario de un controlador.

Un puesto para siempre

Después, la ansiada recompensa se materializa en forma de licencia. «Es personal fijo. Tú eres controlador y mueres controlador. No echan a nadie», asegura Serrano,

Romo tampoco lo observa como un desafío. Y cuestiona las críticas contra los que, espera, se conviertan en futuros colegas. «Es un puesto con mucha responsabilidad y exige un nivel de concentración absoluto. No asumiría un puesto con tantos riesgos por 1.000 euros al mes».