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Río 2016 | Atletismo Usain Bolt, con los inmortales

Más mito aún, seguirá hasta el Mundial’17 pero no volverá a los Juegos, donde «no hay nada más que pueda hacer»

Bolt posando tras conseguir el oro en los relevos
Bolt posando tras conseguir el oro en los relevos - REUTERS
J. Gómez Peña Río De Janeiro - Actualizado: Guardado en: Actualidad Rio-2016

El italiano Pietro Mennea, que aún posee el récord de Europa de los 200 metros (19.72, en 1979), se entrenaba compitiendo contra una Vespa. Solía ganarle a la vieja moto de su entrenador. Mennea falleció en 2013, pero le dio tiempo a ver los dos primeros tripletes olímpicos de Usain Bolt. «Supongo que ese chico se entrenará corriendo contra un Porsche», declaró impresionado por su talento. A Bolt aún le faltaban los oros que ha conseguido en estos Juegos de Río. Su despedida olímpica. «Ya no hay nada más que pueda hacer. Ya he probado que soy el más grande. Vine a eso a Río y lo he hecho», declaró tras su triunfo en los 200 metros. Se siente el mesías del atletismo: «He convertido este deporte en algo excitante. Lo he llevado a otra dimensión». Bolt irá en 2017 al Mundial de Londres, pero no volverá a los Juegos. Tokio 2020 le pilla ya «demasiado viejo» y con los músculos castigados. Por eso quería dejar claro en la cita brasileña que se siente el mejor de la historia.

No es fácil, y suele ser injusto, comparar a deportistas de distintas épocas. «Cuando yo corro deja de haber asesinatos en Kingston (Jamaica)», argumenta Bolt. Su figura, cierto, sobrepasa las costuras del deporte. El 16 de agosto de 2008, en el Nido de Pekín, fue un esplendor. Era un recién llegado a los 100 metros, la prueba más mediática, y ganó el oro con récord del mundo incluido: 9.69. Las cifras de un instante perfecto. En ese momento, el jamaicano empezó a cambiar la historia del atletismo, un deporte asediado por la corrupción de algunos de sus dirigentes y por el dopaje. «Mi misión es convencer a los niños del mundo de que todo es posible, que se puede estudiar, pisar la Luna como astronauta o ser negro y presidente de los Estados Unidos», lanza como mensaje. Siempre ha querido ser más que un atleta.

Tiene un modelo: Muhammad Ali. «Es mi campeón porque él combatió para cambiar la sociedad», repite. Se parecen: los dos son los mejores y también fanfarrones. A Ali le gustaba decir que era tan rápido que cuando apagaba la luz se metía en la cama antes de que se hiciera la oscuridad. Cuando acabó la final de los 200 metros de Río, Bolt comentó que comprendía a los nuevos talentos, su ganas por batirle. «Es normal que quieran ganarle al mejor. Les respeto por eso. Pero siempre les digo que no lo van a lograr, que no les autorizo. Nunca tendrán la oportunidad de vencerme».

Si Bolt tuvo el Nido olímpico de Pekín como mejor escaparate, el de Ali fue el Estadio 20 de Mayo de Kinshasa, el 30 de octubre de 1974. Había sido campeón del mundo de los pesos pesados desde 1964 a 1967. Se había negado a ir a la guerra de Vietnam porque era una pelea de los blancos. Le habían sancionado; arrinconado en aquella América en blanco y negro. Y se presentó en el cuadrilátero africano donde se habían cometido tantas torturas para recuperar su condición de «mejor del mundo» ante una bestia en plenitud, George Foreman. Lo tumbó después de aceptar un combate suicida. Quería ser historia. Falleció el pasado 16 de junio. Su estela continúa. Bolt la sigue.

«Ali, Pelé, hacedme un hueco», soltó nada más ganar en Río su tercera final olímpico en los 100 metros. Está con ellos. Con Pelé y su carrera de 80 metros contra el Fluminense mientras se deshacía de siete rivales. Con el «10» de la gimnasta rumana Nadia Comaneci. Con las 23 medallas de oro del nadador Michael Phelps, los cuatro títulos de Carl Lewiss en Los Ángeles 1984, las largas piernas de Emil Zatopek (ganador de los 5.000, 10.000 y el maratón), los seis anillos en la NBA de Michael Jordan, los cincos Tours de Francia y cinco Giros de Italia del voraz Eddy Merckx, los siete triunfos acuáticos de Mark Spitz en Múnich 1972 o los cinco del remero Steve Redgrave en cinco Juegos distintos. O los 18 grandes torneos del golfista Jack Nicklaus. O la ristra de victorias del tenista Roger Federer. O la bofetada de Jesse Owens a Hitler cuando en sus narices pudo con los atletas blancos en los 100 metros de Berlín 1936.

La biografía del deporte está hecha de momentos únicos. Inolvidables y difícilmente comparables. Bolt está en esa lista con su xx oros y su extraordinaria manera de ganar. Lo que él ha hecho no lo había conseguido nadie y pasará mucho tiempo hasta que pueda repetirse. Claro que es inmortal. Como un restringido grupo de genios.

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