Carlos Ruiz Zafón, autor de «El laberinto de los espíritus»
Carlos Ruiz Zafón, autor de «El laberinto de los espíritus» - Juan Flores
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A Ruiz Zafón le sobran páginas

Tras dos entregas más flojas, Ruiz Zafón demuestra en «El laberinto de los espíritus» que domina como nadie los misterios del folletín

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Quince años después de «La sombra del viento» (2001), que pasará a la Historia como fenómeno editorial sin precedentes por el número de lectores obtenido, Carlos Ruiz Zafón (Barcelona, 1964) ha decidido cerrar el ciclo que ha denominado «El cementerio de los libros olvidados» y que habían continuado entregas de menor éxito y más irregulares, tituladas «El juego del ángel« y «El prisionero del cielo». «El laberinto de los espíritus» me ha parecido, por escritura e inventiva, mejor que las dos últimas. Puede decirse que en cierto modo vuelve a «La sombra del viento», al verse recortadas ciertas truculencias irracionales que se habían ido adhiriendo al ciclo.

Lo que por desgracia no ha recortado es su extensión, a mi juicio desmesurada para lo que cuenta y el peso que en sí misma tiene la historia. Novecientas veinticinco páginas son demasiadas, incluso para un folletín, que es el género desde el que hay que juzgarla.

Capital del «best seller»

Casi todo el mundo, y buena parte de la crítica, enjuician a Ruiz Zafón desde la novela realista, pensando que el parámetro desde el que medirlo debe ser Flaubert y no el autor citado en la página 621, Eugene Sue, creador de «Los misterios de París». Sue era escritor de folletines por entregas, y en ese subgénero cada página pesaba en su sentido más contable.

Es comprensible que Ruiz Zafón se sienta seguro, seguido por millones de lectores, pero acaban siendo tantos los vericuetos e intrigas que se abren, las muertes que parece que van a ser y luego no son, o al contrario, las que son una y otra vez perseguidas y relatadas, que cuanto tiene de intriga, que es casi todo, llega a entorpecer otras cualidades literarias; en este caso, por ejemplo, ciertas atmósferas dickensianas.

Vuelve a «La sombra del viento» y recorta ciertas truculencias irracionales

Tampoco le favorece el énfasis en parecer culto. No es preciso remedar tres veces el comienzo del «Inferno» de la «Comedia» para mostrarse autor más leído de lo que creen quienes le denostan. No creo que el folletín necesite eso. Es más, considero que esta novela es buena en su especie, porque hay que decir que Ruiz Zafón domina como nadie la ingeniería del folletín, y da a los lectores del género todo cuanto pueden esperar. Una Barcelona convertida, por él y por otros, en la capital del best seller moderno, como París lo fue en el del XIX.

Turismo literario

Las calles del Raval, del barrio Gótico, las Ramblas, la Barceloneta, catedral del mar incluida, pensiones, restaurantes famosos, el mercado de la Boquería, etc. Turismo literario, en suma, que sirve una trama truculenta de malos muy malos, como demonios sacados de las cloacas del franquismo en un tráfico de niños robados. Y la familia de libreros que son como ángeles.

Hay novedades muy interesantes, como el personaje de Alicia Gris, o Fernandito (mejor que Fermín Romero de Torres); hay la resurrección de motivos muy suyos, como el de las muñecas maniquíes, o sus homenajes a los libros, además de ramalazos de humor bastante fino que atempera el melodramatismo de algunos pasajes (excesivo en la carta de Isabella).

Al final, decide entretenerse en dar cuenta de todos los personajes del ciclo que salen aquí a saludar como en el teatro al final de una obra. Incluso expone el autor su poética y hace un homenaje a todos cuantos le han acompañado en su aventura libresca. Todo puede hacerse en novecientas veinticinco páginas. Si quedan lectores a los que no les parece demasiado, Ruiz Zafón ha alcanzado el Paraíso literario.