Detalle de «Bodegón con jarra, vaso y naranja» (1944), de la muestra del Museo Picasso-Málaga
Detalle de «Bodegón con jarra, vaso y naranja» (1944), de la muestra del Museo Picasso-Málaga
ARTE

Picasso, el sur como norte

Una muestra en el Museo Picasso de Málaga sitúa al artista como parte de una tradición artística andaluza de la cual no quiso huir

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El sur de Picasso. Referencias andaluzas sitúa al artista malagueño como parte de una tradición artística de la cual no quiso huir, aunque, como motor de creación, entrara en constante conflicto con ella, reformulándola como muchos de los maestros que le precedieron y que aquí se hallan. El peso de la herencia, que nunca lo lastró, resulta absolutamente palpable en buena parte de las piezas expuestas, sin duda, reforzado por el diálogo con numerosas obras del patrimonio artístico español que recorren casi tres milenios. Tiene la virtud esta muestra de constituirse en la «puesta en escena» de una serie de referencias, y, por tanto, la posibilidad de transitar entre ellas, asumidas y difundidas por la historiografía desde hace décadas, y que pueblan sistemáticamente los volúmenes de estudio sobre el artista. Cumple, en cierto modo, el recurrente deseo de hacer dialogar «in situ» a Picasso con sus «ancestros», y que, por ejemplo, vimos cumplido en El retrato español. Del Greco a Picasso (2005), en el Museo del Prado.

Poseedor de un inequívoco pensamiento en imágenes, que le permite el rastreo y síntesis de numerosos registros visuales de la Historia del Arte universal, Picasso es profundo conocedor de cómo el préstamo, la cita, la iconotropía o la variación son estrategias propias del proceso creativo.

El conjunto lo conforman 200 obras. Un universo expositivo que viene a ser una suerte de cartografía emocional e identitaria marcada por puntos cardinales para Picasso. En este «territorio», su obra dialoga con las de El Greco, Sánchez Cotán, Juan van der Hamen, Zurbarán, Velázquez, Alonso Cano, Antonio de Pereda, Murillo, Pedro de Mena, Meléndez, Goya, Blanchard, Juan Gris, Moreno Villa, Manuel Ángeles Ortiz o Ismael González de la Serna, entre otros. Junto a estos, numerosísimas piezas arqueológicas iberas, fenicias y grecorromanas, procedentes de museos andaluces, que ayudan a evidenciar con indudable eficacia, la «atadura» de Picasso a una herencia que, nunca mejor dicho, se convierte en yacimiento arqueológico del que, a lo largo de su carrera, se auxilia «acarreando» materiales que recontextualiza en numerosísimas obras y en muy distintos tiempos.

Debemos ver en este acto un ejercicio de reafirmación de la identidad cultural, de su vinculación con un origen, aunque sería erróneo no atender a otros diálogos que mantuvo con maestros de contextos y tradiciones ajenas a la hispana.

Son varias las líneas que ponen en relación la producción «picassiana» con páginas importantes de la Historia del Arte español. Ciertamente, «lo mediterráneo» -y aquí ha de entenderse como una parte fundamental la mitología grecolatina- se constituyó como un modo de invocar el origen, una suerte de regreso a Ítaca. Pero también un viaje sin contemplaciones a la belleza, la alegría de vivir y lo arcádico, al tiempo que una prospección en las zonas más oscuras del alma y comportamiento humanos. Otras son la presencia de la muerte y la construcción simbólica del «memento mori», así como la depuración y ascetismo que presiden algunos acercamientos de Picasso al mundo cotidiano, como sus bodegones de posguerra.