Parrish juega en ocasiones a dividir una escena continua en varias viñetas
Parrish juega en ocasiones a dividir una escena continua en varias viñetas
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«La mentira y cómo la contamos»: Las cosas que no nos decimos

A través de una historia cotidiana, la primera novela gráfica de Tommi Parrish nos hace reflexionar sobre las dificultades de comunicarnos con sinceridad

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Dos viejos amigos, Tim y Cleary, se encuentran por casualidad después de muchos años sin verse. Ella le propone quedar para ponerse al día de lo que ha pasado en sus vidas; dan un paseo, toman unas copas en un bar y se terminan despidiendo junto a una boca de metro. Durante esas horas, se irá notando el peso de las cosas que no son capaces de decirse. De las cosas que ni siquiera son capaces de decirse a sí mismos. Tommi Parrish (Melbourne, 1989) construye en « La mentira y cómo la contamos» una historia soterrada, en la que los silencios se van haciendo más incómodos a lo largo de las páginas y las palabras –que nunca sabemos con seguridad si son ciertas– dicen a la vez mucho más y mucho menos de lo que pretenden los interlocutores.

La identidad sexual es el principal foco de tensión: Cleary es abiertamente bisexual y Tim se declara hetero, pero deja traslucir muy obviamente que no tiene las cosas tan claras como querría. Ambos le dan vueltas a pasadas relaciones, dejan confesiones a medias y Tim intenta desesperadamente quitarle hierro a cualquier momento de introspección, mientras que Cleary se frustra por lo que considera una muestra de inmadurez. Así, una vieja amistad que en su momento lo fue todo para ellos se va convirtiendo en el fantasma de algo que ya no existe.

Versatilidad y sensibilidad

Parrish narra con maestría, usando de forma muy efectiva el recurso de la historia dentro de otra historia a través de un libro que Cleary encuentra y que sirve de contrapunto a su situación con Tim. Contrapunto narrativo –ya que también se trata de una historia de intimidad en la que un personaje se miente a sí mismo y otro busca sentirse agusto con sus elecciones vitales–, pero sobre todo visual. Parrish usa para la historia principal dibujos a gouache, en viñetas pequeñas y vivaces, a menudo abigarradas y con pocas palabras; para la segunda historia, en cambio, opta por parear páginas con textos breves en primera persona e ilustraciones en blanco y negro. El contraste –además de demostrar una gran versatilidad artística– ayuda a que la potencia emocional de ambas historias se sume. El resultado es un cómic de una sensibilidad que recuerda a algunos de los mejores autores del momento, como Anders Nilsen. Una novela gráfica que pide (y aguanta) ser releída con detenimiento varias veces seguidas.