José Luis Garci en un momento de la conversación
José Luis Garci en un momento de la conversación - Óscar del Pozo
ENTREVISTA

Jose Luis Garci: «Siempre he sido independiente. Nunca he sido de nadie»

Tras seis años sin hacer cine, José Luis Garci anuncia para el otoño el rodaje de la tercera parte de su clásica cinta negra, «El Crack». Conversador prodigioso, repasa instantes de su vida «dry martini» en mano: «He tenido mucha suerte»

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El madrileño -madrileñísimo- José Luis Garci tiene 74 años, 22 películas, un Oscar, dos hijas y seis nietos. También una memoria de acero inoxidable y un físico diez años más joven del que le correspondería por DNI. Antes tuvo un padre pintor, al que adoraba, muerto con 97 años en 2008, y una madre que leía novelas de amor. El cineasta García Muñoz, que así nació Garci, es también un escritor de buenos relatos, guionista, crítico de cine, editor y -casi por encima de todo- un portentoso conversador (solo he conocido uno equiparable, el escritor gallego Carlos Casares). Hablamos en el lugar que ha elegido, el bar atemporal y algo inglés del Hotel Fénix, en Colón. Durante las fotos se guasea suavemente del aparataje que portan ahora los fotógrafos. Mientras posa, cuenta ya la primera anécdota: «Una vez en un rodaje le hice una foto a Alfredo Landa con la que pasó algo único. En la imagen ya no era Alfredo, pero tampoco era todavía su personaje de la película. La cámara lo sorprendió en ese instante mágico de la transición. Es una foto curiosa, que su mujer colgó luego en su casa». Garci encarga un peliculero «dry martini» («pídelo siempre con dos aceitunas, por si tienes que darle una a la chica») y arranca a hablar. La conversación trae una noticia: el director ya está buscando localizaciones para «El crack 3», la precuela de sus soberbias películas de serie negra sobre el detective Germán Areta, personaje que encarnó en su día Landa.

«Antes las entrevistas se grababan con magnetofón. Y a veces hasta venía un técnico» [se ríe Garci, que no tiene móvil ni ordenador, al ver que recojo la conversación con el teléfono].

Sí, ya ve. Bueno, vamos a trabajar un poco. Empecemos por algo evidente. Charlando antes de empezar esta entrevista he notado que tiene una memoria prodigiosa.

Tenía.

Tiene.

«Entré con 16 años en el Banco Ibérico y cobraba 1.316 pesetas al mes. ¿Quién me iba a decir que haría películas?»

Ahora me olvido muchos nombres. Cuando estoy escribiendo dejo un espacio en blanco, ¿cómo se llamaba este actor, o este atleta?, pero a los diez minutos me acuerdo. Pero de niño sí tenía muchísima memoria. No creo que el Alzheimer pueda con las alineaciones de fútbol que me han quedado en el disco duro de la infancia. Kopa, Di Stefano, Rial, Puskas y Gento. Eso siempre estará ahí.

¿Cómo se conserva tan bien? ¿Se cuida mucho? O igual es genética, porque su padre murió muy mayor...

Sí, con 97. Yo hice deporte de chaval. Corría los 1.500 en la Universitaria, en la pista de ceniza. Te voy a contar una cosa que te doy mi palabra de honor que es verdad. Yo debía tener 17 años y no lograba bajar de 4.30 en 1.500. Un día, tras una carrera nefasta entrenándome, estaba en las duchas y solo había agua fría. Estaba helado y hundido. Teodoro, el entrenador, que estaba también al cargo de las duchas, me vio y me dijo: «Chaval, dedícate al cine». Él ni sabía que me gustaba ja ja ja. Era una frase muy de entonces.

¿Había ambiente cultural, o cinéfilo, en su casa?

Nada. La mía era una familia de eso que se llama clase media, o media baja. Yo era hijo único y mis padres tuvieron una intuición enorme. Mi padre era un hombre como del «pop art», muy abierto a todo lo que llegaba. Lo mismo me regalaba el «Pascual Duarte», de Cela, o «La Colmena», que me llevaba al boxeo, o al Campo del Gas a una velada de lucha libre. Era pintor. Iba al Museo del Prado con él y mi madre. Su pintor favorito era Vermeer, pero no podíamos verlo allí, entonces me hablaba de «la luz convaleciente de "Las Meninas"» pintadas en la hora de la siesta. Pero lo mismo me hablaba de música, o de deporte. Yo iba más por el Atlético que por el Madrid. Él era de Gijón y del Sporting. Vimos juntos el famoso gol de tacón de espalda de Di Stefano. Yo salí triste, porque el Atlético había perdido. Pero mi padre me decía: «Chico, no estés así, que siempre podrás decir que has visto el famoso gol de tacón». Más tarde hice amistad con Alfredo y se lo comentaba.

Qué suerte tratarlo.

Mucha. He conocido a gente magnífica, que para mí ha sido como ir a la universidad. Estar con Manuel Alcántara, al que considero un hermano mayor en todo; Santiago Amón, cuyo hijo es un escritor estupendo, tantos...

«Para mí ir al cine era como ir a Marte. Todavía hoy no sé si me gusta más ir al cine, ver las películas o hacerlas»

Percibo que siente mucho cariño por sus padres, lo que me gusta.

Es que eran estupendos. Visto con ojos de hoy se sacrificaron mucho, se dejaron muchas cañas y muchos vestidos por mí. Me decían: «Tú tienes que aprender inglés, porque eso va a ser más importante que el Bachiller, que el Preu, que todo». Debía costar 170 pesetas por semana ir a la academia. Pero yo me portaba mal. Hacía pellas y paseaba por la Gran Vía, a ver las carteleras de los cines, a jugar en los billares y futbolines de Callao. Era un mundo como de cine negro, aunque yo todavía no lo sabía. Era como esas películas de billar de Paul Newman.

Dicen que haber sido un niño feliz da mucha seguridad en la vida. ¿Está de acuerdo?

Sí, lo creo. Es algo fantástico. Fui un niño muy feliz. Éramos los tres, y no es que aquello fuese una película de Frank Capra, pero sí, estábamos muy unidos. Mi madre leía novelas de amores de Pueyo. Qué mundo.

Estamos en el año 18 del siglo XXI, pero a usted lo veo como un hombre del siglo XX. ¿Es así?

Claro. Nací en el 44, pocos meses después fue el día D en Omaha. No tengo nada en contra del siglo XXI, pero sí, soy del XX. Creo que seré el último en Madrid que comprará el periódico, ya todo el mundo lo lee en el teléfono. Compro todas las mañanas ABC y a veces el As. Leer el periódico... esa sensación, tocarlo...

¿El hecho de que no tenga móvil es un acto de rebeldía militante?

No. Me pasó igual que con el coche. Nunca he conducido, ni en los coches de choque de las verbenas. Se me pasó la edad de tener coche ¿Qué me gustaría tener ahora? ¡Pues chófer ja ja ja! Pero no he llegado a ese estatus. El móvil nunca lo he necesitado, ya tengo el teléfono fijo si necesito hablar.

«Llegué a Nueva York a los 28 años y me fascinó. La había visto tanto en el cine que la conocía mejor que Guadalajara»

¿Ha cambiado mucho su Madrid?

Sí. Esta mañana, por ejemplo, estaba localizando por la Gran Vía y ya no tiene que ver con la que yo conocí. Fue la calle que más he pateado en mi vida, más incluso que Narváez, donde nací. Pero hoy ha perdido aquella cosa cosmopolita que tenía. Era una calle muy neoyorquina, con edificios maravillosos, alguno de estilo Chicago. Hasta los números de algunos portales son «art-decó»

Al hilo de su evocación de la Gran Vía entiendo que está preparando una nueva película. Eso es una noticia, porque la última fue en 2012 y hasta se llegó a decir que se retiraba del cine.

Sí, voy a ver si en otoño ruedo una precuela, palabra horrible, sobre el inicio de «El Crack». Eso quisiera hacer. La película se desarrolla en 1975, cuando el personaje de Germán Areta deja la Policía y pone su agencia de detectives en la Gran Vía de Madrid. Pero es que la calle ya no se parece en nada. En cualquier lado te aparece un chino con sus letras chinas [se ríe].

En 1983 recibió el Oscar a la mejor película extranjera por «Volver a empezar». En la imagen, celebrándolo con José Bódalo y Encarna Paso
En 1983 recibió el Oscar a la mejor película extranjera por «Volver a empezar». En la imagen, celebrándolo con José Bódalo y Encarna Paso

Va a dar una alegría a sus seguidores.

Eso me han dicho cuando estuve en la Feria del Libro. No pensaba hacerla, pero es por un motivo sentimental. Antes de que muriese Alfredo Landa había intentado rodarla con él. Cuando estaba enfermo iba casi todos los días a verlo, a casa o al sanatorio, y aunque estaba en silla de ruedas, yo le decía: «No te preocupes, coño, que aunque sea lo hacemos en la silla, como Ironside». Pero se murió. Un día, hablando con Mayte, su mujer, que también ha fallecido, ella me dijo: «¿Por qué no haces lo del Crack? Busca a alguien y lo haces».

«Han empezado a morirse mis amigos y me doy cuenta de que estoy en un campo minado»

Lo animó su viuda. Qué curioso.

Así fue. «Sería bonito que cerrases la trilogía, como en "El Padrino". Hazla de tres», me dijo Mayte. Ella me dio la idea de coger al personaje de joven. El actor ya lo tengo. Va a hacerlo Víctor Clavijo, con el que trabajé en «Sangre de mayo» y en «Holmes». Es muy buen actor y me gusta mucho. El problema no es ese, sino dónde encuentro yo un tramo de la Gran Vía para rodar un plano. No hay.

Borre las huellas del presente con el ordenador.

Pero eso sale más caro y tampoco tengo dinero.

Se le han muerto en nada Mercero y Horacio Valcárcel. ¿Cómo lleva ver que se están yendo sus amigos?

Mal. Te das cuenta de que estás en un campo minado. Antes veías la guerra, pero ahora ya estás metido en ella. Se me fue también Manolo Martín Ferrand, con el que hice la mili y que después me llevó siempre a todo lo suyo. Y Forges, compañero de mili con Manolo y conmigo, que también se ha ido. Estábamos en el mismo batallón y en camas contiguas.

Decía el Doctor Johnson que «aquel que no tiene un miedo cerval a la muerte es un cretino». ¿Concuerda?

¡Te ha jodido! Hombre claro. Te haces preguntas, pero solo caben dos cosas: o cuando te vas de aquí no hay nada, o hay misericordia, algo que no sabemos qué es, que no podemos entender. Existe un misterio y una de las pocas veces que he podido acercarme a él ha sido con la música. Si escuchas a Bach, a Beethoven, a Mozart... Ahí hay algo. O en las matemáticas. Son como un resquicio para el sudoku raro de la vida. Entras en otra dimensión. Un misterio, como cuando llegó la televisión: los caballos corrían, pero no salían de la pantalla. No se podía entender. En los pueblos de Castilla, al principio, las mujeres no se desnudaban delante de la televisión. «Este me está viendo», pensaban, ja ja ja.

«Con la Transición, España subió de Segunda División a Primera. ¿Y ahora me van a decir que no fue importante?»

¿Le intimida volver a hacer cine? ¿Le preocupa el reto que supone retomar el Crack?

No, qué va. A estas alturas.... Al contrario. Yo nunca voy a ser John Ford, ni Hitchcock, ni Leo McCarey o Billy Wilder. La talla que me gustaría dar es la mía y voy a poner mis cinco sentidos para eso. No tengo ningún problema, porque no voy a ser ninguno de esos cineastas maravillosos.

Cada aficionado tiene una película suya predilecta, según se percibe en ese estupendo nuevo libro que recoge toda su carrera, «E-motion pictures». Personalmente creo que en «El abuelo», obra de madurez, es donde usted alcanza hechuras de clásico. Pero hay quien dice que es muy difícil superar el brillo del despuntar. Bob Dylan reconoce que nunca volvió a tener el don de sus inicios.

¡Me citas a Bob Dylan! Yo me partí el pecho en los Príncipe de Asturias para darle el premio. Pero le llaman y va y dice que no, que no viene a recogerlo. Y desde entonces... Dylan era mi ídolo. Con él fue la primera vez que escuché un disco varias veces. En cuanto al libro sobre mi cine, se debe a Luis Alberto de Cuenca, que es el que se ha preocupado de todo. El libro me deja perplejo, porque hay cosas que dicen de mí que no son verdad. Yo conozco el cine y hay cosas que no son tuyas, son de otros, o del equipo.

No me sea modesto.

Que es verdad. Lo hablaba siempre con Fernando [Fernán Gómez], que me decía, con aquella voz suya [lo imita]: «Tú te das cuenta que no valemos para nada. La luz nos la ponen, los decorados nos los hacen, los actores interpretan... Somos solo guardias de tráfico».

«Mayte, la viuda de Alfredo Landa, fue quien me animó a convertir "El Crack" en una trilogía»

¿Es posible ser un gran actor sin tener nada en la sesera? ¿Es necesario interiorizar e intelectualizar al personaje o un gran actor puede ser un saco vacío?

Sí, sí. Cary Grant tomaba el té mejor que nadie. Era ligero como el champán, efervescente. Él mismo decía: «A mí me gustaría ser Cary Grant». No necesitaba procesar en su cabeza una serie de experiencias. Los del Actors Studio se torturaban buscando que sus traumas aflorasen en cada personaje, gente tipo Brando o Montgomery Clift. Pero llegaba un actor natural, como Bogart o Cary Grant, y se limitaba a decir aquel texto del mejor modo posible: «Te quiero mucho, fulanita», y ya está. Y tú te decías: ¡Vaya, es verdad que la quiere! No hace falta farfullar. Nunca te fíes de los que farfullan [estalla en una risa]. Alfredo Landa, Fernán Gomez, José Sacristán... podían ser naturales o del método, lo que tú les pidieses. Lo más difícil es la naturalidad, transmitir emociones. Clark Gable como coronel Butler. ¿Quién podría hacer mejor aquel papel?

Lo que el viento se llevó...

Antes decías que soy un hombre del siglo XX. Pero si lo pienso, en mi infancia vi cosas que todavía eran del XIX. Recuerdo de niño a las mujeres en la puerta del metro sacándose las barras de pan del pecho. El estraperlo. Hasta 1952 hubo racionamiento. Como quien dice, yo soy un cinéfilo del racionamiento.

¿Le apena que con lo que ha mejorado España seamos a veces tan duros y despectivos con el país?

Tómate otra cervecita, ¿no? [propone señalando a una camarera que pasa] Pues sí, claro. Este país es ahora infinitamente mejor. De los mejores que yo he visitado. Voy a cualquier lugar y me digo: coño, si esto lo tengo en casa. Eso se nota cuando vuelves. Cualquier ciudad española: Oviedo, La Coruña, Sevilla, San Sebastián... paseas por ellas y dices, joder, ¡qué país!, interclasista, avanzado. Yo soy de la Transición. La gente no sabe ahora lo que supuso que en el año 75 muere Franco, se acaba la dictadura y se hace un pacto que fue como un encadenado suave, que decimos en el cine, sin un tiro, tranquilo. Y llega un nuevo Rey, algo que no había desde Alfonso XIII. Y España empieza a subir. Y en los setenta y ochenta esto era maravilloso. Cada uno desde su profesión; el arquitecto, el músico, el abogado, el escritor, el cineasta; todo el mundo pensaba en España, y el país subió a Primera División, cuando estábamos en Segunda, y ahí se mantuvo. ¿Y ahora me van a decir a mí que la Transición no fue importante?

«Antes de la entrega del Oscar tuve la suerte de ir al baño con Paul Newman. Era la típica meadilla del miedo previo»

Tal vez hubo una generosidad que hoy escasea.

Hubo gente que venía de Falange, como Adolfo Suárez; del Partido Comunista, como Carillo; Fraga, que había firmado sentencias de muerte con Franco. Pero todos dijeron: ¿Qué importa ahora? Pues España. Carrillo dijo: «No hay banderas republicanas, por supuesto, aquí hay la bandera de España». Todo el mundo notó eso. Por primera vez en muchísimos años, desde las guerras carlistas, que también fueron guerras civiles, parecía que este país estuviese como de vacaciones. La gente hablaba más en los bares, se saludaba más en la calle, era un país con una comunicación magnífica. Habíamos saltado del XIX al XX.

¿Por qué hemos entrado en esta suerte de depresión?

Creo que alguien empezó a tocar lo que estaba como medio olvidado. En la época de Zapatero sale la Alianza de Civilizaciones, la Memoria Histórica, el Estatut de Cataluña... todo aquello fue como remover un hormiguero. Yo no soy político. Lo que sé es que España es un país maravilloso, y he recorrido unos cuantos. Pero teníamos un país de sospechosos y estamos construyendo un país de culpables. Es algo increíble. El pasado está cada vez más presente. Tendríamos que estar pensando en otras cosas. Pero España es un misterio.

¿Le ha tratado bien su país? ¿Se siente reconocido?

Cuando vas cumpliendo películas, o libros, vas avanzando, porque la gente que estaba antes de ti va desapareciendo. No es por méritos, simplemente subes en el escalafón, como en el Ejército. Pero yo he tenido mucha suerte, si no lo reconociese me podría dar una enfermedad.

Hay quien cree que la suerte no existe.

¡Joder que no existe! Mira el fútbol. La suerte es más importante que el talento. Hay gente de mi generación con más talento que yo que por circunstancias, o por vidas oscuras, no ha salido adelante. El sentido común es muy importante. Yo nunca digo que voy a hacer una obra maestra, sería ridículo, pero sí digo siempre que voy a intentar sacar de mí lo más posible. Estoy contento. Pero es cierto que con el tiempo... No sé como expresarlo, a ver: según pasa el tiempo ves que antes estaban Adolfo Marsillach, Fernán Gómez, Bódalo, Alfredo... pero ya no están. ¿Y quién queda? Sacristán, al que se lo comentaba el otro día cenando. Yo escribí su primera película y soy padrino de su hija. Pero Pepe tiene ya ochenta años, aunque está fenómeno, hecho un chaval.

«Ligar en los rodajes es otro mito del cine. He visto ligar más en la oficina del banco en que trabajé que en el cine»

¡Ochenta tacos Sacristán! Se conservan ustedes en formol.

Es que yo creo que la envidia es mala, te carcome, te jode. No ganan nada con ella. La cosa sexual, la gula... pues bueno. ¿Pero qué coño ganan con la envidia?

Yo sí creo que está usted algo desconsiderado en relación a lo que ha aportado. Si llega a haber ganado aquel primer Oscar algún otro, lo ponen en un altar perpetuo...

Yo he sido independiente. No he sido de nadie. Ni del PP ni del PSOE ni de nada. Ya lo decían mi madre y los del colegio: «Este niño es muy independiente». He podido hacer una película como «Asignatura pendiente» y otra como «Canción de cuna». ¿Cómo puedes ser de un partido y votar siempre todo lo que dice, darle al botón? Habrá veces que no estés conforme. Nunca lo he entendido, ya desde chaval. Hay cuatro o cinco cosas en las que todos estamos de acuerdo: los niños de once años no pueden trabajar; o la libertad, que como decía Julián Marías «se cura con más libertad». Pero bueno, yo no me voy a quejar. He trabajado en lo que me ha gustado.

Ha tenido una vida maravillosa, cierto.

¡Imagínate! Un chaval de Letras, al que en el Preu le tocó Cervantes y el «Fedón» de Platón, que empezaba así: «¿Estuviste tú, Fedón, el día en que murió Sócrates y tomó la cicuta o se lo escuchaste a algún otro?».

«¿Cómo puedes ser de un partido y apoyar todo lo que dice? Habrá veces que no estés de acuerdo. Nunca he sido de nadie»

Luego me dice que ha perdido la memoria.

Memoria: imagínate que viene tu padre y te dice que hasta aquí hemos llegado, que a ver qué quieres ser. Y le respondes que escritor. Y él te dice: pues ponte a trabajar y escribes por la tarde, porque la cosa ya no da para más. Entonces yo me meto con 16 años en el Banco Ibérico, en 1960. ¿Quién me iba a decir a mí que iba a hacer películas? Empiezo a estudiar Derecho. Pero dejo de ir a clase y me voy todos los días a ver a Kim Novak en la Gran Vía, y a Audrey Hepburn. Trabajaba en la Gran Vía y cobraba 1.316 pesetas con diez, el sueldo del auxiliar administrativo. Entregaba mil en casa y con las 316 restantes tenía para ir todos los días al cine. Ahora creo que no lo haría. Pero de chico eras valiente e inconsciente. Empecé a escribir de cine a los 19 años, todo copiado del «Cahiers du Cinéma», que podía leer con mi francés del Bachiller. Y me dije: yo me dedico a esto. Hablaba entonces de «la importancia dramática del color», cuando soy daltónico, ¡imagínate! Pero el entusiasmo ya era suficiente. Aunque lo que de verdad me gustaba era Hollywood. Para mí ir al cine era como ir a Marte. Era tan importante el hecho de ir al cine como la película que ibas a ver. Todavía ahora no sé si me gusta más ir al cine, ver el cine o hacer el cine.

¿Cuándo fue por vez primera a Estados Unidos?

Fui un privilegiado. Con Mercero, en 1972, tenía 28 años. ¡Nadie de aquí había ido a Nueva York! Habíamos hecho «La cabina» y nos invitaron de una tele hispana de allá para ver si hacíamos algo con ellos. Estuvimos en un hotel muy barato de la calle 42. Aquello, uff... ¡ríete tú de «Taxi Driver»! Ahora es maravillosa la 42, pero entonces: frikis, zombis, prostitutas. Pero allí vimos «La naranja mecánica», «The Last Picture Show»... y, sobre todo, «El Padrino», que para mí fue... La vimos cuatro días después de su estreno. Fue algo así como ver «Ciudadano Kane» en su hora. En «El Padrino» me encontré la luz de Rembrandt [y canturrea la sintonía, elogia a Mario Puzo y diserta sobre el papel de las naranjas en la película]. Me quedé helado con Nueva York, fascinado. La había visto en tantas películas que me decía: «Si esto me lo conozco mejor que Guadalajara».

«Quise rodar una película en Galicia con Paul Newman»

¿Se liga mucho en el cine?

Eso es otro mito del cine. Yo he visto ligar mucho más en las oficinas de los bancos que en las películas, mucho más. En la hora de los veinte minutos del bocadillo en el banco muchos de los oficiales que tenían un ligue utilizaban esa media hora en habitaciones de «meublé» en las calles de los alrededores de la Gran Vía, en la calle del Barco, del Desengaño. Yo me quedaba asombrado con lo rápidos que eran. En el cine existe como un «glamour» de que se liga mucho y no es verdad, aunque pueda haber casos. Incluso los pocos ligues se caen de una película a otra. Te levantas a las seis de la mañana. No estás para líos.

Cuénteme algo del Oscar.

Aquella noche, antes de la entrega, tuve la suerte de ir al baño con Paul Newman. Era la típica meadilla del miedo previa a la gala, con la pajarita, la chaqueta blanca. Y ya en el baño le digo a Enrique Herreros en español: «Mira, que estoy meando con Paul Newman». Y él, con Jack Lemon. Allá estábamos los cuatro. Luego en el auditorio Newman estaba sentado delante de mí, junto a su mujer, y me deseó suerte, y yo a él, porque también estaba nominado, aunque ganó Ben Kingsley...

«La envidia es mala, te carcome, te jode y no ganas nada con ella»

¿Nunca le tentaron tras su Oscar para hacer cine en Hollywood?

Sí, pero para cosas que yo no podía hacer. Me propusieron una tipo «El Zorro», la cosa de la revolución mexicana... Yo eso no lo sé hacer. Lo que yo quería hacer era una película con Paul Newman.

¿Y qué pasó?

Tenía un guion bueno, una historia que valía la pena, e intenté hacerla. Con el productor de «Taxi Driver» y «El golpe» nos fuimos a verlo a Chicago, donde él estaba rodando «El color del dinero» con Scorsese. Le conté la historia y me dijo: «Ni siquiera voy a leerla, no te haré perder el tiempo». Me explicó que tenía varios rodajes programados y no podía. La historia se desarrollaba en Galicia, en San Andrés de Teixido, y él era un escritor desengañado que había ganado el Nobel de Literatura y de repente desaparecía de la circulación y se iba a Galicia. Era el año 85 y la película se llamaba «Finisterre», «Finisterrae». Era muy Hitchcock.

Habrá que intentarla otra vez, con Michael Caine.

Tampoco con él, que ya está mayor. Ni con Redford, que anda en ochenta y tantos. La cosa era Newman. También había un personaje loco, un chaval, que queríamos que hiciese Tom Cruise. Yo jugué al número, a ver si salía la suerte, pero fue imposible. Me volví aquí e hice «Asignatura aprobada», en Asturias, con Jesús Puente, Victoria Vera y Teresa Gimpera. Pero siempre le he tenido cariño a Newman, me trató muy bien. La historia de la película aquella daría una novela; escríbela tú, que conoces aquella tierra. Escribidla.