Javier Gomá en su despacho de la Fundación Juan March, en Madrid
Javier Gomá en su despacho de la Fundación Juan March, en Madrid - GUILLERMO NAVARRO
ENTREVISTA

Javier Gomá: «La ejemplaridad debe ser un ideal de dignidad, no un aparato de linchamiento»

El filósofo y escritor, autor de la «Tetralogía de la ejemplaridad» que ahora se reedita, reflexiona en una entrevista sobre la dignidad de una vida basada en principios éticos, sobre la muerte y la posteridad

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Una bendición. Así define Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965) la reedición por parte de la editorial Debolsillo de su Tetralogía de la ejemplaridad pasados quince años de la aparición del primer volumen de la serie, Imitación y experiencia, y en el décimo aniversario del tercero, Ejemplaridad pública, tal vez el que más dio que hablar, el más interpretado por exégetas no siempre bienintencionados. ¿Cuatro tomos de filosofía que desbordan el ámbito del gafapastismo teórico y plantean un plan de vida basado en la ética y la dignidad? «Una bendición», insiste Gomá. «Eso significa que interesa a la gente». El pensador y escritor, director de la Fundación Juan March, es un seductor de manual, un dandi impecable en su aspecto, modales y discurso, y paladea las palabras como los profesores de antaño. La relectura que hace de su tetralogía, ya en la edad madura, le ha dado para un prólogo donde matiza a esos exégetas, y también para explorar el lado cómico de la ejemplaridad en una obra teatral que se publicará en primavera y que veremos sobre las tablas. El argumento: qué ocurre cuando tienes cerca una persona tan perfecta -digamos un cuñado- que ocasiona bloqueo y dolor.

¿Cuál fue el «big bang» de la tetralogía? ¿Tenía clara su estructura desde el principio?

Se puede dividir a los escritores entre los que se alimentan de la infancia y los que se alimentan de la adolescencia. Yo soy de los segundos. Los escritores de la infancia tienen un acento melancólico; los de la adolescencia, no, porque es una época conflictiva, manadero de muchas cosas, pero no una arcadia de armonía a la que uno quisiera volver. Cuando todo surgió en 1980, a la edad de 15 años, ni siquiera sabía que iba a ser filosofía. Tu experiencia del mundo es fragmentaria, así que completas con la imaginación las piezas que le faltan al puzle. Y cuando tienes esa visión de la totalidad, sientes la necesidad de darle permanencia. Un escritor puede tender a recrear el mundo, a imitarlo, y entonces es novelista, o puede tender a definirlo: entonces es filósofo. Durante muchos años pensé que iba ser una imitación del mundo, y escribí una novela temprana, poemas, relatos cortos, pero las ideas no acababan de agotarse, y en la veintena me fui orientando hacia la definición. Tenía que conocerlo todo, leer todos los libros, no tanto por un afán de erudición como por devoción. Hice muchos esbozos, y el plan se desatascó cuando decidí desarrollarlo en varios volúmenes. Ya en la treintena, cuando empecé a escribir Imitación y experiencia, tenía maduro ese plan.

En su caso, ¿la pulsión literaria es superior a la filosófica o son complementarias?

Es que yo defiendo que la filosofía es literatura. Conceptual, pero literatura. A diferencia de la ciencia, que propone una verdad que es verificable empíricamente, la literatura propone una verdad que reside en el consenso. Nadie ha verificado a Platón, ni a Aristóteles, ni a Descartes, ni a Kant, ni a Hegel. La legitimidad de estos autores es similar a la de Homero, Sófocles, Cervantes, Shakespeare y Tolstói. Además, la verdadera filosofía nace de un enamoramiento muy parecido al del auténtico artista literario, una emoción hacia el mundo. Si no experimentas un rapto por las musas no eres filósofo. Cuando la filosofía tiende a la ciencia se vuelve hermética. Es normal que la biología molecular sea impenetrable para los no iniciados; lo que no es normal es que un autor escriba filosofía destinada a ser leída por otros filósofos. La filosofía debería contribuir a que nuestra vida sea más digna, profunda, gozosa, consciente. Tiene que ser tres veces mundana: primero, porque hable del mundo, no de otros libros, no de lo que han escrito Nietzsche o Heidegger; debemos tener el atrevimiento de apropiarnos de nuestra época a través del pensamiento, no ser serviciales respecto a lo que han dicho otros. Segundo, filosofía para todo el mundo, igual que el teatro, la novela, no para especialistas. Y por último, filosofía con un poco de mundo, es decir, con gracia, belleza, humor, alejada de una prosa árida, abstrusa, que expulsa a quien desea vivir con conciencia. Se echa de menos el tiempo en que se daba el Nobel de Literatura a filósofos como Sartre o Russell, que escribían con estilo.

¿Es preferible imitar el mundo o definirlo?

Es casi una cuestión de estrategia comunicativa. El concepto tiene varias ventajas. Iluminas con las dos funciones de la luz, dar prioridad y dar calor con una prosa clara. Si la vida es un libro, puedes leerlo dos veces. La primera vez tu lectura está distorsionada por la emoción del descubrimiento. De igual manera que si has leído el Quijote con veinte años y lo vuelves a hacer con 50 es un Quijote distinto, cuando hablamos del libro de la vida es también diferente. En mi caso, la primera lectura me llevó a la Tetralogía de la ejemplaridad y otros libros (Filosofía mundana, La imagen de tu vida). Pero en esta segunda lectura se me ha hecho más evidente lo que llamo el suelo no urbanizable de la vida, lo que no es susceptible de integrarse en un plan civilizatorio, los contornos ingobernables e irreductibles de la existencia humana.

«Hay más mezquindad en nuestro corazón de la que imaginaba. Nace del tedio, del cansancio, de las pequeñas heridas»

Thoreau decía que no nos pertenecemos, que perdemos nuestra vida tratando de ganarla. ¿Una vida ejemplar puede lograrse aligerando nuestro equipaje?

Recuerdo una frase que decía mi padre cuando entraba en un supermercado o en unos grandes almacenes: «¡Cuán grande es el número de cosas que no necesito!». Aplaudo los valores de Thoreau, no el procedimiento de conseguirlos. No es en la cabaña junto al lago, sino en el proceso de socialización cuando aspiramos a alguna forma de ejemplaridad. Si me preguntas qué lecciones he aprendido en esta segunda lectura del mundo, creo que hay mayor mezquindad en el corazón humano de la que yo imaginaba, empezando por uno mismo, una mezquindad que nace del tedio, del cansancio. No tanto la maldad con mayúscula sino la mezquindad de las pequeñas cosas, de las pequeñas heridas. También me choca que la gente viva tan a corto plazo mentalmente, que esté en el mundo sin tener un plan, como adentrarse en un territorio desconocido sin mapa. No solo en la política, que es el arte del cortoplacismo, sino en las relaciones personales, económicas, sentimentales. Se idolatran cosas insignificantes. La codicia por el dinero o por el estatus social tiene mucho de hortera, de mal gusto.

Hay un fenómeno apoyado en esos patios vecinales que son las redes sociales y en un puritanismo posmoderno que consiste en poner la lupa en todo comportamiento, en juzgar al prójimo con una dureza inusitada. No hay quien resista un escrutinio feroz.

Hace poco leí las Vidas paralelas de Plutarco. En la biografía que dedica a Pericles ya se ve la extrema mezquindad de las pasiones humanas, cómo trataron de desprestigiarlo sus rivales, y hablamos de la edad de oro de la democracia ateniense. Mi idea de la ejemplaridad ha sido tomada de forma transversal, no adscrita a un ideario o un sector, pero también como un instrumento para desacreditar al contrario, incluso para lincharlo. Una persona que ha sido pillada sustrayendo una crema en un supermercado, o tiene una deuda con Hacienda, o se ha saltado un semáforo en rojo, aparece en los titulares de prensa y es juzgada sin compasión por una jauría opinativa. La ejemplaridad es un ideal de indulgencia, benevolencia y dignidad que no debe utilizarse como instrumento de anulación del rival político; entonces se desvirtúa y se transforma en una ejemplaridad antipática.

¿Podríamos decir que los gobernantes que pilotan hoy el mundo no son un ejemplo de ejemplaridad pública?

Tenemos que prescindir de la beatería de la política. No podemos esperar que los políticos sean ángeles. Lincoln, ideal de político decente, compraba votos. Mientras la esencia de la economía es obtener el máximo beneficio, la de la política es conseguir el poder, y mantenerlo. ¿Cómo podemos civilizar la política o la empresa? ¿Confiando en que sus responsables sean una especie de entes seráficos o más bien imaginando una ciudadanía ilustrada que exija del empresario y del político determinados comportamientos?

En «Aquiles en el gineceo», el tercer volumen de la tetralogía, habla de la evolución del hombre del estado estético al ético. Sin embargo, mucha gente vive presa de un narcisismo hipertrofiado.

Karl Jaspers definió la Era Axial (periodo entre el 800 a. C. y el 200 a. C.) como la línea divisoria más profunda de la historia, un tiempo-eje de conciencia colectiva en el que coincidieron el nacimiento de la filosofía en Grecia, los grandes profetas judíos y Confucio y Buda en Asia. Mi tesis es que el paso de los siglos XVII al XIX es un tiempo axial mucho más importante que aquél, que estaba basado en modulaciones de un mismo paradigma, el del cosmos, mientras que lo ocurrido a partir del siglo XVII es un cambio completo de paradigma, la sustitución de la totalidad del cosmos por el nacimiento de la subjetividad moderna. Es el primer momento de fascinacion voluptuosa del propio yo y de la autoconciencia del romanticismo. El hombre descubre su dignidad de forma incondicional, una dignidad que se resiste a todo, incluso al interés general, al bien común. Eso no lo hubieran entendido en Grecia y Roma, y mucho menos en la Edad Media. Fue un momento brillante y embriagador que produjo toda una literatura, toda una filosofía que exalta la juventud, la sensibilidad, la pasión, el vértigo... pero también la amargura, la ruptura con lo social. De ahí vienen las vanguardias, la transgresión, el nihilismo, elementos típicamente adolescentes. En el estadio estético uno se autopertenece; el estadio ético implica una alienación de tu propio yo, aprendes que eres sustituible, descubres la mortalidad y experimentas un proceso de socialización. El romanticismo se ha convertido en cultura popular, y hoy ves Disney Channel o lees un best seller escrito por el hombre del tiempo y lo que subyace es el universo romántico vulgarizado, te insisten en valores como la juventud, la intensidad, la autenticidad, la sinceridad, el ser tú mismo... pero nunca la socialización, la civilización, la virtud, la renuncia, la educación, la ejemplaridad. En un reality show el valor supremo es la sinceridad. Puedes decir y hacer lo que sea, que si lo haces sinceramente y a la cara quedas legitimado, aunque sea una barbaridad. En esta época los valores adolescentes se llevan al paroxismo. Y lo importante no es ser libres, sino ser libres juntos. Coges una foto familiar antigua y aparece el padre con unos bigotazos, la madre y dos o tres hijos; el mayor de ellos, tratando de imitar el decoro del padre. Ciento cincuenta años después, en la foto vemos al niño con unos pantalones rotos, un tatuaje y un piercing, y al padre intentando imitarlo. Durante siglos, el estadio estético tendía hacia el ético, y ahora gente que está supuestamente en el estadio ético anhela una vuelta al estético.

«Dejemos la beatería, no podemos esperar que los políticos sean ángeles, pero sí que estén exigidos por ciudadanos ilustrados»

Billy Wilder dijo que «ninguna buena acción queda sin castigo». ¿La injusticia del mundo -con la muerte como coda final- no es un veneno contra la ejemplaridad?

En esa época cósmica a la que me refería antes, el mundo era bueno, no era injusto; si alguien moría era una desgracia para su familia, pero no menoscababa la belleza del cosmos. Cuando llega la subjetividad moderna descubrimos la dignidad, pero también que estamos condenados al indigno anonimato de los sepulcros, como decía el poeta Leopardi. Y nos revolvemos: cómo es posible que la naturaleza sea capaz de crear algo tan elevado, tan digno, y le reserve el mismo destino que un gusano. La ejemplaridad es un ideal de dignidad. La felicidad es un concepto inventado en una época que no es la nuestra, en un mundo cósmico en el que todo estaba armonizado. Propongo cambiar el concepto de felicidad por el de no tener deudas con la vida. Se puede ser digno en cualquier circunstancia, no necesariamente feliz. Que el mundo sea injusto no desmiente el ideal, lo corrobora.

No le gusta el Dios del vasallaje, de la obediencia. ¿Poner la otra mejilla ante la injusticia es el gran error del cristianismo o su gran revolución?

Jesús era un gran creador de metáforas. Por un lado estaría el personaje histórico, el galileo -como lo llamo en mis libros- y todo lo que genera para la reflexión filosófica. Luego está el movimiento religioso y cultural que produjo, el cristianismo, y por último el pensamiento general sobre la religión. Es cierto que ha sido un elemento de mandato y sumision, pero eso no agota el fenómeno religioso, que puede mover a la resistencia. Frente a la docilidad, la ejemplaridad es conflictiva, no tiende a la obediencia. Una persona ejemplar abre juicio a los que están alrededor: si yo te demuestro que la virtud es posible, ¿por qué eliges la barbarie? Por eso la virtud genera resentimiento y es frecuente que la ejemplaridad sea crucificada.

Dice que la experiencia no tiene el monopolio de la realidad, pero ¿cómo es posible la continuidad de lo humano más allá de la experiencia, más allá de la muerte?

Me parece una anomalía que, después de Kant, la inmortalidad del alma, un tratado clásico durante la Antigüedad, haya sido cancelado como problema filosófico en los últimos siglos. Y más anómalo si se repara en que a partir de la modernidad la subjetividad ya no es parte de un todo, como antes, sino una nueva totalidad, para la cual la muerte deja de ser un accidente en el mundo, sino la realidad radical, la tragedia absoluta. Si hay una pregunta pertinente en la filosofía contemporánea es la de bajo qué condiciones podríamos pensar una continuidad de lo humano, de la individualidad, más allá de su muerte. Pero se ha olvidado por completo. Kierkegaard y Unamuno la tocan, pero como vivencia subjetiva, sin entrar en su contenido material. En cambio, es el tema central de Necesario pero imposible, la obra que cierra la tetralogía. Y para pensar esa esperanza, no hay más remedio que tomar en consideración su más ilustre precedente, la hipótesis cristiana de la resurrección, y extraer de ella sus consecuencias filosóficas, que yo redefino en mi libro como «mortalidad prorrogada».

¿Se considera Javier Gomá ejemplar?

Me gustaría ofrecer una imagen de dignidad, matar un poco a la muerte con un ejemplo de afabilidad, entusiasmo, idealismo e indulgencia.