Estela Baz
Estela Baz - PEDRO URRESTI
LIBROS

La inocencia arrebatada por ETA

Estela Baz realiza un ejercicio catártico en «Los niños de Lemóniz», una historia real de la infancia golpeada por el terrorismo

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La central de Lemóniz, en Vizcaya, parece hoy un decorado de una serie de televisión distópica: podría ser una guarida de zombis o la zona cero tras un desastre nuclear. En esta instalación abandonada, ruinosa, un quiste en el precioso paisaje costero del País Vasco, habitan en cambio unos fantasmas muy reales que viajan desde un tiempo no tan pretérito, apareciéndose entre la bruma de la memoria, en conversaciones perdidas, en gestos de preocupación y tristeza apenas disimulados o en una carta oculta en una caja de recuerdos. Esos fantasmas visitaron a Estela Baz, una bilbaína licenciada en Dirección de Empresas y Marketing, experta en el mundo audiovisual, que se ha descubierto escritora mientras se obligaba a un ejercicio catártico para espantarlos y, por ende, a un acto de justicia para dar voz a los niños que fueron golpeados por el terrorismo etarra.

La autoficción como categoría literaria tiene riesgos que Estela Baz regatea desde el saque. No todos los relatos autobiográficos o basados en «hechos reales» poseen el mismo interés para los lectores que para sus autores, que caen en la tentación de querer convertir lo anecdótico en memorable. Su coartada para escribir Los niños de Lemóniz no puede ser más convincente: su padre, ingeniero, trabajó en la construcción del complejo en las décadas de 1970 y 1980, cuando ETA decidió convertir el proyecto en objetivo de su cruzada criminal. De repente, los asesinos se hicieron «ecologistas» y no repararon en gastos: cinco muertos y decenas de atentados después, las obras se paralizaron y la banda cobró su trofeo. El padre de Estela sobrevivió, pero tanto él como su esposa decidieron convertir aquel drama en un área de exclusión, cubriéndola de olvido del mismo modo que un sarcófago contiene la contaminación radiactiva en Chernóbil.

Aunque la mirada de la niña Ángela, trasunto de Estela, es el cauce por el que transcurre la novela, la autora no cae en la simplificación: el terror se abre camino en mitad de la ternura, tratando de hacer presa de forma sibilina en una familia donde los adultos tratan primero de quitar hierro a las amenazas y, después, cuando la evidencia de la muerte, de los funerales, de las despedidas, les golpea de forma explícita, de maquillar en lo posible la tragedia para proteger a la pequeña. Los capítulos, cortos, tienen en su encabezamiento titulares de prensa de aquellos años de plomo. ¿Una realidad paralela a la que vive Ángela, que hace planes con sus amigos, monta en bici, celebra su cumpleaños? No, porque la niña ve a su madre llorar, ve a su padre desolado... Y siente miedo, porque es consciente de la presencia del mal. Estela Baz no busca victimizar de nuevo a aquellos niños, sino contar su historia en unos tiempos de memoria histórica selectiva y de blanqueamiento de unos (también) asesinos de la inocencia.