Vista del montaje de «Sombras» en el Guggenheim de Bilbao
Vista del montaje de «Sombras» en el Guggenheim de Bilbao
ARTE

Warhol, humor y sufrimiento vital

La obsesión de Warhol por las repeticiones tuvo un porqué. Y la culpa de todo fue siempre del implacable efecto del paso del tiempo. La analizamos con la excusa de su exposición en el Guggenheim de Bilbao

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«No tengo ningún mensaje concreto –dijo–. Ojalá lo tuviera. Sería fantástico. No hay mejor mensaje que la diversión, así que intentemos ser divertidos». Saturados de lo obsceno, apenas somos capaces de comprender otro arte que el de la banalización; Warhol buscó, a la manera baudeleriana, lo eterno en lo efímero, consciente de que la obra parece decir algo elemental: «Esto es lo que hay». Puede que no haya que hacer nada (en un deseo negativo y resistente, a la manera de Bartleby), o solo pasar la aspiradora. A este maestro de la apropiación le gustó trabajar con sobras: «Las cosas desechadas y que todos saben que no valen para nada –podemos leer en « Mi filosofía de A a B y de B a A»– pueden ser divertidas. Es como un trabajo de reciclaje. Siempre pensé que había mucho humor en las sobras». Aceptó que no hacía falta ser original, que el arte mecánico, de la foto a la serigrafía o a la filmación cruda, tenía legitimidad plena. No tiraba nada porque incluso las conversaciones anfetamínicas, como la de Ondine, pudieron servir para «transcribir» la novela que tituló «A».

Las sobras son espléndidas, aunque si apartamos el prisma warholiano la presencia superestelar tiene algo de insignificante, incluso de impotencia. A Warhol le interesaba la cosa adecuada en el momento inapropiado. Supo crear su espacio porque se sentía «fuera de lugar». El chismorreo, los dramas sin pausa que surgían a su alrededor, las paranoias y trivialidades quedaron convertidas en «monumentales». Reivindicó el paso de la comedia al desastre en una cotidianeidad alterada narcóticamente. Disfrutaba de la repetición, mostrándose frío y distante, pero también dando la impresión de que esperaba algo porque acaso esa «demora» era la clave de toda excitación.

«¿Y qué?»

Había comido diariamente durante veinte años las latas de sopa Campbell, y en esos cuadros monótonos había algo de guiño de complicidad, de biografía cifrada. Su tiempo estaba encapsulado, constituyendo un inmenso «mensaje en la botella». Reconoció que una de sus frases favoritas era: «¿Y qué?». Su impasible perversidad no hace que aflore en nuestros labios una expresión semejante.

Warhol consideraba que todos deberíamos vivir en un gran espacio vacío, pero él tenía su casa colapsada por culpa del furor recolector. Entre la claustrofobia o la agorafobia, decidió habitar en la «realidad filmada», dejar la mente en blanco frente al flujo ininterrumpido de la televisión. El único tiempo en el que puede pensar es en «el que fue». No había ansias de nada, todo parecía venir dado. La mirada mecánica intentaba dejar de lado el sufrimiento vital. Warhol ©: un nombre promocional para casi cualquier cosa. Había lanzado una mirada tierna y dilatada al que respira. Ahí fijó un sueño de belleza. En la Factory espiaba a gente que se tiraba días y días sin dormir, así como conoció a alguien que dormía de un tirón, sin culpa, con inocencia total. Le fascinaba el mundo porque «sea lo que sea, es precioso».

Sin sitio para la locura

Warhol pensaba que el mejor argumento es el tiempo: «El suspense de ver si recuerdas». Su mente de grabadora tiene solamente el botón de borrar. Su cuerpo atravesado por cicatrices marcó un desplazamiento hacia una factoría aséptica, dejando atrás a los dementes.

En la nueva Factory ya no había plata: todo era blanco. La vieja locura ya no tenía cabida. La tertulia bacanal había terminado: bastaba hacer una y otra vez el mismo cuadro, filmar lo que pasaba, firmar si la ocasión lo requería, dar rienda suelta al aburrimiento... Nada especial. En el universo de la repetición, cuando la sopa se queda fría, el deseo soñado es únicamente del extraño «deseo de desear». Billy Name se encerró en la «nueva» Factory en una pequeña despensa; Ondine afirmó que eso era lo único que quedaba de la antigua. Allí dentro leía obsesivamente a Alice Bailey con luz negra, lo que le provocó incluso un cólico retinal. Se dejó crecer las uñas y no hablaba con nadie esperando acaso una voz amistosa que lo llamara. Un día, tras dos años de reclusión voluntaria, apareció una nota: «Andy: ya no estoy aquí pero estoy bien. Un abrazo. Billy». Las últimas palabras del gurú gélido del «empresarialismo-artístico» son conocidas: «Adiós».