Claudio López Lamadrid, fotografiando en el Club Matador, durante la última Feria del Libro de Madrid
Claudio López Lamadrid, fotografiando en el Club Matador, durante la última Feria del Libro de Madrid - David Trías
CINCO MINUTOS DE GLORIA

Claudio López Lamadrid: sencillamente, un editor

¿Cómo no decirle gracias a quien nos trajo a Pamuk, Rushdie, Coetzee...?

Actualizado:

Les aseguro que esta es una de esas semanas en que uno tras otro se han ido cayendo, sumidero abajo, los asuntos que venían hasta mi cabeza para este artículo. Desde el pasado 11 de enero, día en el que falleció, de repente, a traición, Claudio López Lamadrid, hasta el momento en que me he sentado a escribir, me he estado preguntando si debía dedicarle estas líneas por temor a seguir removiendo la pena y a un cierto oportunismo sentimentaloide. Claudio era el director editorial de Penguin Random House y yo le conocía, pero ni tanto ni tantísimo como los que han escrito sobre él con un dolor y un cariño que han hecho de sus textos unas elegías a la muerte de un padre, porque en todas ellas se hilvana un profundo sentimiento de orfandad. Desde Inés Martín Rodrigo en ABC, a Miguel Aguilar en El País o a nuestro crítico Rodrigo Fresán. Pero, ¿cómo no decirle adiós y gracias a quien desde la silenciosa labor de un editor con las altas miras de Claudio -tan altas como su elevada figura de dandi catalán- nos trajo a Pamuk, a Rushdie, a Didion, a Coetzee...? Y, sobre todo, ¿cómo no decirle gracias y adiós, desde este suplemento, que sin esta literatura de ambiciosos vuelos no tendría materia con la que amamantar a sus fieles lectores?

Desde el pasado viernes 11 de enero, a mí, que ni le conocía tanto ni tantísimo, me pueden dos imágenes que se me repiten con ese implacable eco del «no puede ser verdad que haya muerto». La primera, en una comida de prensa para presentar un libro de César Aira. Claudio, en mitad de la nada (entre plato y plato, y preguntas absurdas), sacó su móvil y se hizo un selfi que estará, en el cielo de Instagram, donde le gustaba colgar todo. Pensé: «Vaya tío… no se corta un pelo». La segunda, en la pasada ceremonia de entrega de los Princesa de Asturias. En la marabunta de una comida protocolaria, se acercó a mi mesa y me dio un beso en la frente. Mano de santo: pasé de sentirme una pequeña persona en la inmensidad del protocolo a ser distinguida por alguien especial.