Los dos artistas en una escena de su vídeo «APES**T»
Los dos artistas en una escena de su vídeo «APES**T»
ARTE

Beyoncé y Jay-Z, rapeando en el museo

Beyoncé y Jay-Z graban en el Louvre y nos muestran sus obras maestras a golpe de cadera. El museo se vende a los «youtubers»

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Vamos (ligerito) a decir unas (santísimas) verdades, estrictamente perogrullescas: los niños vienen de París, el ratoncito Pérez es un poco rácano, Jay-Z es guapísimo y Beyoncé es la que mejor baila. Discutir estos axiomas es tontería. El rapero con cara de estar enfadado hasta el infinito y más allá fue capaz de ilustrar a las tropas «»hipsterizadas en una galería neoyorquina repitiendo hasta la saciedad algo sobre «baby Picasso». Tras devaneos adúlteros, cacareados en forma de cantinela pop, reaparece con su mujercita en el Louvre. Poderío estético y siete millones de visitas en YouTube en 24 horas. Ya habían posado, hace cuatro años, delante de «La Gioconda» ajenos al desmadre de teléfonos móviles que a diario intentan captar algo de aquella misteriosa sonrisa.

Tenemos noticia de que, cuando robaron este cuadro, algunos incluso hicieron cola (entre ellos Franz Kafka, el escritor que mejor diagnóstico el nihilismo burocrático que nos atenazaría) para ver su «ausencia». En el vídeo «APES**T», realizado por Ricky Saiz, a mayor gloria de J&B, ahora reconvertidos en The Carters, tenemos la museificación definitiva del «empoderamiento» en versión pop. Esto suena peor, no hace falta decirlo, que el temazo que comienza con ruido de sirenas y campanas casi vaticanas.

Contrapunto cursi

En este «tour-VIP» por el Louvre se sirve un cóctel del «pathosformel» warburgiano con ejercicios de punctualización en cuadros como «El juicio de los Horacios», de David, «La balsa de la Medusa», de Géricault o la «Venus de Milo». No faltan «córeos» de Sidi Larbi Charkaoui, con movimientos pélvicos ante «La coronación de Napoleón» o, para ser más preciso, el amoroso gesto imperial de poner el emblema del poder sobre la cabeza de Josefina. La ropa de Versace introduce un contrapunto cursi en tanta erudición pictórica.

Las cantinelas al amor monetarizado penetran en un museo que cobraba 15.000 euros en 2015

El futurismo, valga otra obviedad, ha quedado viejuno cuando unas contorsiones de Beyoncé son más bellas que la «Victoria de Samotracia». Precisamente en esas escalinatas dominadas por la diosa de la Fortuna sestea, con cierto tono a lo Vanessa Beecroft, el cuerpo de baile. La «odalisca» negra y su maridito que es todo dientes pretenden hacer una reivindicación racial y, así, buscan la marginal presencia de la negritud en cuadros como «Las bodas de Caná», de Veronese (enfrentado a la «Gioconda» en una gran sala y, por tanto, condenadas a no tener otra cosa que miradas furtivas) o en el «Retrato de una negra», que pintara Marie Guillemine Benoist en 1800. Por cierto, en ese cuadro, el pezón ha quedado cercenado para no herir sensibilidades «facebookeras».

Las cantinelas raperas sobre el poder -evidentemente monetarizado- del amor penetran en un museo que, por lo que dicen, cobraba en 2015 la cantidad de 15.000 euros en concepto de alquiler para rodajes. Con los palos que pegan en los hoteles parisinos, pronto surgirá una «app» para montar una mezcla del Blabacar y Airbnb para que las masas puedan roncar a pierna suelta entre infinitas obras maestras. No han faltado los herederos de Laocoonte y Casandra, encarnando otro modo del «apeshit» (literalmente, «ponerse hecho una fiera o hasta enmierdarse»), avisando que este fiestorro en el museo es casi más funesto que el Caballo de Troya.

Al final del vídeo, Jay-Z parece pedir perdón o, sencillamente, está rezando entre dientes mientras Beyoncé es poseída por los bailoteos de Shakira. De postre, unas risitas de la pareja que sutura infidelidades delante de «La Gioconda». Esa enigmática sonrisa, dicen los expertos, ha mutado en rictus: congelada, «selfiada»,« rapeada.