Imagen de normalidad en el metro de Tokio, donde ocurrió el atentado con gas sarín el día 20 de marzo de 1995
Imagen de normalidad en el metro de Tokio, donde ocurrió el atentado con gas sarín el día 20 de marzo de 1995 - abc
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Murakami, reportero sin anestesia

En «Underground», Murakami se convierte en reportero e investiga los atentados con gas sarín en el metro de Tokio. Más como médium que como creador, presta su voz a las historias de la gente

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Todo aquel que haya viajado alguna vez al Tokio de Haruki Murakami (Kioto, 1949) ya sabe que allí suceden cosas extrañas: cruces interdimensionales, chicas fatales o fatalistas, el pasado que no vuelve porque jamás se fue, extraños hombres con vocación mesiánica, jazz lisérgico y gatos que hablan. De ahí que lo que sucede en Underground no extrañará a nadie, por más que, sí, sea una historia verdadera.

El mismo Murakami nos marca el ritmo y nos afina la mirada en un párrafo de la introducción: «Me gustaría que durante la lectura de este libro prestasen atención a las historias de la gente. Antes de eso quisiera que imaginaran lo siguiente: es 20 de marzo de 1995. Lunes. Una mañana agradable y despejada de principios de primavera. El viento aún es fresco y la gente sale a la calle con abrigo… Así que usted se ha despertado a la hora de siempre, se ha lavado la cara, ha desayunado, se ha vestido y se dirige a la estación del metro. Sube a un tren lleno, como de costumbre, camino de su puesto de trabajo. Una mañana como muchas otras. Uno de esos días imposible de diferenciar en el transcurso de una vida, calcado a muchos otros, hasta que cinco hombres clavan la punta afilada de sus paraguas en unos paquetes de plástico que contienen un líquido extraño…»

Lo que sigue –la segunda de dos grandes catástrofes Made in Japan de una «violencia aplastante y arrolladora», pocas semanas después del gran sismo de Osaka-Kobe del 17 de enero de 1995– fue el virulento y mortal ataque con gas sarín en el metro de Tokio a cargo de la secta/culto Aum Shinrikyo o Verdad Suprema.

Con las grietas abriéndose

Recuerden: el tan absurdo como atemorizante gurú ciego Shoko Asahara llamando a una suerte de apocalipsis a su medida, un puñado de fieles obedientes yendo a predicar la tóxica mala nueva, once cadáveres bajo tierra y las secuelas en los cuerpos y almas de los cinco mil supervivientes que inhalaron el gas durante la hora de mayor tráfico de pasajeros.

Con las grietas abriéndose y los edificios derrumbándose, Murakami –no hacía mucho regresado a su país tras un autoexilio para tomar distancia de su fama y de su mito– armó uno de sus mejores libros de relatos: Después del terremoto. Con el horror entre túneles y vagones, Murakami prefirió atenerse a la realidad de los hechos y funcionar más como un médium que como un creador. Murakami –como nos pide en su introducción a Underground– prestó atención a las historias de la gente. La dejó hablar, descargarse, preguntarse y buscar respuestas a lo sucedido, sin encontrar una respuesta que convenciese.

Murakami desciende más hondo que mucho del Nuevo Periodismo

En este sentido, Underground va mucho más lejos y desciende mucho más hondo que mucho del Nuevo Periodismo y sus derivados. Murakami parece menos preocupado o seducido por la pirotecnia verbal; prefiere la carga de profundidad para sacudir con el convencimiento de que lo personal debe terminar justo donde empiezan las personas –víctimas y victimarios, locos y cuerdos, iluminados y opacos– y comienzan a fluir sus historias.

Modales de novelista

Jay Rubin, su traductor al inglés y autor de la biografía y análisis de su obra Haruki Murakami and the Music of Word –quien señala al clásico Work, de Studs Terkel, como el modelo y antecedente directo de Underground, donde se registran y apenas se ordenan los testimonios, sin anestesia y casi sin intervención del entrevistador–, apunta una de las más grandes virtudes del asunto.

Un logro y temblor acaso involuntario –y con el que no puedo sino coincidir– que, aunque Murakami se resista, en más de una ocasión nos lo muestra como a ciegas y perdido en la oscuridad, tropezando por el eco de las réplicas, intentando comprender, con modales más de novelista que de reportero, cómo es que una historia sin sentido puede tenerlo de algún modo y dónde está y cómo desenterrarlo. Y qué sitio ocupa él –japonés diferente, de ida y vuelta– allí y en toda esa tierra devastada.

De las historias siempre sin terminar trata este libro

Tiempo después, entrevistado en los días que siguieron a otra locura terrorista/religiosa –la del 11 de septiembre de 2001–, Murakami le respondía a un periodista de The New York Times que «lo que yo suelo escribir son argumentos en los que el héroe busca el camino correcto en un mundo caótico… La mayoría de los protagonistas de mis libros habitan dos mundos al mismo tiempo: uno real y otro subterráneo… Ese es Mi Tema. Pero en el llamado mundo real, las cosas son mucho más incompletas».

De exactamente eso –de las historias siempre sin terminar en las incompletas vidas de la gente– es de lo que trata Underground.