CRÍTICA DE:
'La nueva era del kitsch', de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy: demasiado para nada
Ensayo
El nuevo trabajo de los dos ensayistas franceses defiende un paisaje cultural saturado de estímulos, brillo y exceso
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Iniciar sesiónAlgunos intentan apagar el incendio con gasolina, otros pretenden superar la catástrofe siguiendo a pie juntillas el «más madera esto es la guerra» sin que falten los que consideran que cuanto peor mejor.
Salir en defensa del kitsch en una época de 'planetarización' viral ... de las tonterías 'inmundas', puede ser un síntoma delirante o, como en el caso de Lipovetsky y Serroy, una consecuencia de su optimista asunción del individualismo o, por emplear, un latiguillo de su cosecha el «hiper-individualismo».
ENSAYO
'La nueva era del kitsch'
- Autores Gilles Lipovetsky y Jean Serroy
- Editorial Anagrama
- Año 2025
- Páginas 480
- Precio 25,90 euros
No hay que comulgar con el dogma, inercial en el mandarinato cultural, de que hemos degenerado inevitablemente y que el combate, expuesto sobriamente por Clement Greenberg en 1939 cuando el totalitarismo imponía su atroz ley, entre la vanguardia y el kitsch lo ha ganada por KO técnico el gusto más sórdido y 'freak' gracias al tsunami de naderías y frivolidades 'estetizadas'.
Reciclando cantinelas que ya entonaron en el libro 'La estetización del mundo' (publicado también por la editorial Anagrama), Lipovetsky y Serroy, se desembarazan del tono apocalíptico para «correr la imagen de un kitsch dirigido por el conformismo». Para estos ensayistas de intensidad 'light' es un error garrafal ver en el kitsch un fenómeno que se alimenta de la desaparición del aura de autenticidad, de la nostalgia de un pasado en el que los hombres vivían en armonía con la naturaleza: «No es tanto Tánatos quien habita el kitsch, sino Eros, haciendo valer sus derechos a través de la sensualización de las condiciones de existencia, la estetización del consumo, el deseo de posesión de belleza, el amor y el fetichismo de los objetos».
El entusiasmo con ese 'neokitsch' hace que este análisis de la civilización del exceso sea excesivo
El entusiasmo con eso que llaman «neokitsch», por cierto, sin definirlo con mínima precisión, hace que este análisis de la civilización del exceso sea excesivo. Casi quinientas de reiteraciones y acumulaciones de todo tipo de cosas, desde la cultura mediática al 'show-business', de las arquitecturas de las ciudades pastiches a la moda desbordantes, de la 'barroquización' a las producciones cinematográficas, de los parques de atracciones a la política. En el batiburrillo puesto en páginas incluso Derrida puede ser descalificado como pedante y kitsch. Demasiado ('trop' en el título original) para el cuerpo.
Aunque Lipovetsky y Serroy citan gran parte de lo que se ha escrito desde hace décadas sobre el kitsch, no da la impresión de que traten a Broch, Adorno, Celeste Olalquiaga o Umberto Eco con otra actitud que la condescendencia y, en definitiva, la incomprensión completa.
No basta con parafrasear las consideraciones de Abraham Moles para superar el nivel del tratamiento superficial del pantano de la superficialidad pseudo-cultural. Tampoco sorprenderá que el cine de Almodóvar aparezca en la página 403 como ejemplo paradigmático de ese mundo «de dolor y gloria» maravillosamente kitsch o, tal vez tendríamos que considerarlo cursi sin recurrir al elogio de Ramón Gómez de la Serna.
El lucro: el mejor postor del arte contemporáneo
Laura Giménez PérezMilan Kundera escribió en 'El telón' (2005) que los que conocieron la tiranía secular del kitsch «sienten una irritación muy particular contra el velo rosado arrojado sobre lo real, contra la exhibición impúdica del corazón incesantemente emocionado, contra el 'pan sobre el que habrían vertido perfume' (Musil); hace mucho tiempo que el kitsch se ha convertido en un concepto muy preciso en Europa central, donde representa el mal estético supremo». En verdad ese mal no es nada 'neo' y, desde hace décadas, afecta a un planeta desquiciado que abraza lo cuqui como si así pudieran exorcizarse las peores pesadillas.
Eso que Lipovetsky y Serroy califican elogiosamente como el neokitsch postconformista puede también calificarse como el modo post-Manzoni de enlatar mierda con pretensiones artísticas. Repetir hasta el infinito y más allá que no se ha producido un empobrecimiento estético del consumidor no supone que pongamos remedio a la flojera 'cultural' que tenemos.
Si el mejor argumento es que todos necesitamos cosas distraídas, divertidas y, en ocasiones, sensuales, en una desmesurada hipertrofia de la pretendida 'creatividad', podemos recurrir la viejuna fórmula de que para ese viaje no hacían falta alforjas: bastaba con administrarse, con nostalgia y sin ira, dosis letales de programas pretéritos de 'Sálvame de luxe'. Buena forma de asumir que no hay salvación posible.
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